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Se preparan actos y discos para conmemorar el bicentenario del compositor polaco

Chopin, el héroe romántico de 2010, era un genio muy malcriado

Se atribuye su naturaleza insufrible a la tuberculosis que padeció toda su vida

El poeta Adam Mickiewicz lo definía como vampiro moral

Es todo tristeza, decía el músico Franz Liszt

Jessica Duchen
The Independent
Periódico La Jornada
Sábado 2 de enero de 2010, p. 2

Nunca será buena idea juzgar el arte según el carácter del artista, como con demasiada frecuencia hacemos en estos días.

Pocos ejemplos son mejores al respecto que Frédéric Chopin, a quien se prepara para ser el héroe romántico de 2010, el año de su bicentenario: salas de concierto y compañías discográficas alistan una batería de actos y discos conmemorativos. Pero los aniversarios son bendiciones mezcladas para los difuntos: basta ver de cerca cualquier objeto de adoración para que aflore algo menos grato. La grandeza de la música del pianista y compositor polaco está fuera de duda, pero esa grandeza se logró a un alto costo para quienes estuvieron cerca de él o lo intentaron.

El mismo Chopin lo sabía. “No es mi culpa ser como un hongo que parece comestible pero envenena si uno lo recoge para probarlo –escribió en 1839–. Sé que nunca le he servido de mucho a nadie, ni siquiera a mí mismo.”

Sin duda era un genio, y también un personaje complicado: frío, vanidoso, calculador, esnob, mordaz, antisemita e hipersensible al extremo. La mayor parte de su vida padeció tuberculosis: su naturaleza insufrible se ha atribuido a la enfermedad que acabó con él cuando tenía 40 años. Pero eso es sólo parte del cuadro.

Su relación con George Sand

Películas de romanticismo exagerado muestran a Chopin como figura delicada que tose sangre sobre las teclas del piano, o como romántico revolucionario en Varsovia. La enfermedad y el exilio le ganan simpatía, con justa razón. Pero su salida de Polonia fue para escapar de la revolución, no para apoyarla. De héroe romántico no tenía nada. El poeta Adam Mickiewicz, a quien Chopin admiraba y que era, como él, exiliado polaco, lo llamaba vampiro moral por su adoración de la aristocracia y su actitud un tanto hipócrita hacia la tierra natal que tanto extrañaba, para no mencionar su relación con la novelista George Sand, mayor que él, con quien vivió nueve años.

La relación tuvo muchos altibajos, y si bien Chopin era demasiado frágil para infligir daño físico a la pareja que a veces lo adoraba, su predilección por el preciosismo y su mal humor eran una carga para ella y llegaban a integrar una suerte de tortura sicológica. Ella pronto se vio actuando más como enfermera que como amante, y su exasperación y claustrofobia son patentes en algunas de sus cartas, en las que se queja de los celos excesivos del músico: “El amor de Chopin por mí tiene un carácter exclusivo y celoso. Es un poco fantasioso y enfermizo, como él… le duele tanto, que me veo forzada, a mis 40 años, a lidiar con el ridículo de tener al lado un amante celoso”.

Ella encontró desahogo a sus frustraciones en su novela Lucrezia Floriani, que para todos los amigos de la pareja resultó ser un retrato de su relación. El neurótico e irascible príncipe Karol, cuya enfermedad es espiritual más que física, es un reflejo de Chopin. Poco a poco desgasta a la heroína, quien antes de desvanecerse y morir exclama que fue asesinada a berrinchitos.

La pareja se vino abajo a causa del matrimonio de la hija de ella, Solange, que Chopin aprobaba contra la voluntad de su amante. La situación estalló en forma por demás irracional: una histérica Sand acusó a Chopin de estar enamorado de la joven, entonces de 17 años. Pero amigos de la pareja entendieron que las frustraciones de casi un decenio salían por fin a campo abierto.

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La música de Chopin se beneficiaba de su hipersensibilidad, no así su vida personalFoto Tomada de Internet

Chopin dependía tanto económica como emocionalmente de Sand, cuyos libros tenían gran venta. Aunque reverenciado como pianista, detestaba dar conciertos. Cuando accedió a presentar un recital en París, en 1841, Sand escribió a su amiga, la cantante Pauline Viardot: No quiere carteles, ni programas, ni mucho público. No quiere que nadie hable del concierto. Tiene miedo a tantas cosas, que le he sugerido tocar sin velas ni público en un piano sordo.

Como detestaba actuar en público, Chopin ganaba dinero sobre todo dando clases. Una joven pianista llamada Zofia Rozengardt viajó de Polonia a París expresamente para estudiar con él. El retrato que ella hace de este hombre extraño e incomprensible no lo favorece mucho.

“No es posible imaginar una persona más fría e indiferente a cuanto lo rodea –escribió–. Es cortés en extremo, y sin embargo hay tanta ironía, tanto desprecio oculto en el fondo. ¡Ay de la persona que se deja atrapar…! Está dotado de ingenio y sentido común, pero con frecuencia tiene momentos delirantes y desagradables en los que se muestra maligno y enojado; rompe sillas y estampa los pies en el piso. Llega a ser tan petulante como niño mimado, intimidando a sus alumnos y mostrándose muy frío con sus amigos. Ésos son días de sufrimiento, extenuación física o peleas con madame Sand.”

La música de Chopin salía beneficiada con su extrema sensibilidad. En cambio, en la vida cotidiana esa sensibilidad lo hacía un hombre acomplejado por el tamaño excesivo de su nariz, que rara vez se quitaba sus guantes de cabritilla –sus colores favoritos eran el blanco y el lila– y que quizás era dominado por los nervios más que por su enfermedad. Su temple quisquilloso –era sumamente delicado con sus exquisitas casacas, su papel tapiz color gris paloma, sus cortinas de muselina blanca y sombreros de última moda– formaba parte de una coraza bajo la cual se podía ocultar hasta cierto punto. Franz Liszt, pianista y compositor como él y su amigo en un tiempo, si bien lo admiraba como artista, no lo tomaba muy en serio. “Chopin es todo tristeza –escribió en una carta de 1834–. Los muebles salieron un poco más caros de lo que pensaba, así que ahora nos espera todo un mes de preocupación y nervios.”

Antisemitismo

En cuanto al antisemitismo, no era algo poco común en el siglo XIX, en especial en Polonia, pero aun así es una de las características más deprimentes de Chopin. Intrigó para malquistar entre sí a sus editores, a quienes consideraba judíos. Tampoco los alemanes le agradaban mucho. “Los judíos serán judíos y los hunos serán hunos; así es, pero, ¿qué puedo hacer? Me veo forzado a tratar con ellos –escribió en 1839 a un amigo que lo ayudaba en unas negociaciones–. Los Preludios ya están vendidos a Pleyel (un editor), así que se puede limpiar el otro lado del estómago con ellos si así lo desea, pero, como todos son una cáfila de judíos, detenlo todo hasta que yo vuelva.”

El espíritu egoísta y neurótico de Chopin probablemente iba de la mano con la imaginación que producía su música extraordinaria. Trabajaba sus obras hasta la perfección, no así su personalidad. Así pues, al acercarse su aniversario, no nos quedará más que amar sus creaciones y desechar el resto.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya