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Se cumple parcialmente la anunciada ayuda humanitaria masiva a víctimas del sismo

Espectacular despliegue de marines en el Palacio Nacional de Haití

Hace casi 16 años, otros Black Hawk trajeron de regreso a ese lugar al derrocado presidente Aristide

Los Topos de Tlatelolco, al margen de las directrices de la Misión México, realizan labores solidarias

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Familiares cargan el cuerpo de Fabianne Geismar, de 15 años, muerta de un balazo durante el saqueo de una tienda en Puerto PríncipeFoto Reuters
Blanche Petrich
Enviada
Periódico La Jornada
Miércoles 20 de enero de 2010, p. 19

Puerto Príncipe, 19 de enero. El despliegue de asistencia humanitaria masiva que las agencias oficiales y no gubernamentales propusieron ayer a las autoridades haitianas para este martes –cuando se cumple la primera semana del terremoto de 7.3 grados que demolió la capital y sus alrededores– se cumplió hoy parcialmente desde 250 puntos de distribución de agua y raciones alimentarias en esta capital. Pero la acción, todavía, fue eclipsada por un despliegue de espectáculo de solidaridad militarizada por parte de los marines estadunidenses.

En lugar de los esperados técnicos, rescatistas y médicos del gobierno de Barak Obama –cuyo rostro mitificado aparece en algunas tap-tap (camionetas de transporte público) junto a Nelson Mandela y el Che–, miles de damnificados que pueblan hacinados los espacios del Campo Marte, en el corazón de la ciudad, observaron este martes, pasmados, la aparición de cuatro enormes helicópteros Black Hawk de la 82 división aerotransportada.

Ruidosamente se plantaron en los jardines del Palacio Nacional. De su interior salieron, como en una película de acción bélica, medio centenar de marines con la ametralladora en mano. En formación militar se desplazaron hacia el cercano Hospital General, colmado de heridos graves, supuestamente para asegurar la atención humanitaria.

En esta acción, el Pentágono jugó con todo un símbolo bien plantado en el imaginario popular de los haitianos. El 15 de octubre de 1994, en ese mismo lugar, otros Black Hawk idénticos trajeron de regreso, como a un mesías, al ex presidente Jean Bertrand Aristide para reponerlo en la silla presidencial (tutelada por Estados Unidos) después de que había sido derrocado por militares cercanos a la vieja guardia duvalierista en un golpe de Estado al que Washington tampoco fue ajeno.

Aristide en ese momento era casi una deidad. Lo que pasó después con su gobierno es harina de otro costal.

Pero hoy, los marines en el Palacio Nacional simbolizan otra cosa. Desde hace días, representantes de los gobiernos que participan en las misiones humanitarias repiten machaconamente el argumento de un ambiente tenso y la violencia a punto de desbordarse entre los más de 3 millones de damnificados que se quedaron sin techo y desprovistos de todo. Y, efectivamente, la seguridad en una ciudad traumatizada, sin policía ni autoridad, sin agua y que a las 18 horas cuando apenas anochece queda hundida en la oscuridad, vive un deterioro constante.

A los ojos de los millones que pernoctan desde hace una semana en las calles, sin más protección que la luz de una vela y a merced de los pillajes que continúan, el nuevo desembarco militar estadunidense puede representar una sensación de protección en medio del naufragio que viven.

Pocas horas después del desembarco de los marines en el centro, varios helicópteros anaranjados, también de la US Navy, empezaron a hacer lo que no hicieron en días anteriores: sobrevolar los bolsones de damnificados más aislados en las colinas que rodean la capital para arrojar suministros desde el aire.

Adicionalmente, el secretario general de la Organización de Naciones Unidas (ONU), Ban Ki-moon, anunció que autorizaría incrementar el número de cascos azules en Haití a 11 mil. A partir de ahora la ayuda humanitaria a las víctimas del terremoto se hará entre un cerco de fusiles.

Pero el Pentágono no limitá su acción humanitaria militar a Puerto Príncipe. Por la tarde se reportó –sin mayores precisiones– que cientos de paracaidistas saltaron desde helicópteros procedentes de un portaviones fondeado frente a las costas de Leogan, a 30 kilómetros de aquí. La ciudad demolida no tiene puerto de gran calado y constituye otro centro neurálgico de la catástrofe. Los militares reunieron en un descampado de la lastimada ciudad a un grupo de sobrevivientes y su comandante les anunció que venían a ayudar.

Pero no toda la solidaridad se ejerce en medio de esa parafernalia. En el suburbio de Carrefour un inmenso campamento de damnificados va tomando formas de vida más organizadas en los terrenos de la Escuela Don Bosco, de los padres salesianos. Ése es el centro de operaciones de los Topos de Tlatelolco, que optaron por ejercer sus labores de solidaridad al margen de las directrices de la Misión México, que coordina la Secretaría de Gobernación, a través de la Dirección de Protección Civil y la Marina. Estas directrices limitaron enormemente los trabajos de los grupos de socorristas que vinieron y que ya fueron devueltos al país, con el pretexto de la inseguridad.

Jorge Guzmán, un topo joven, conoció hoy por la mañana el rescate de una anciana. Y anoche la de un niño, ambos vivos. Para él, los muertos cuentan igual que los sobrevivientes. Y su grupo se empeña a fondo también para rescatar cadáveres. Esta tarde le tocó guardia, lavarse y cuidar del campamento. Aprovecha para reponerse de una emoción fuerte, otra más de las muchas vividas estos días. Se trata del rescate de tres bebés muertos en sus cunitas en una guardería. Al pie de los escombros esperaban sus madres para llevarse a los pequeños en una carretilla. Y para esta labor humanitaria –dice con una franca sonrisa–, ellos no requieren la protección de ningún marine.