Opinión
Ver día anteriorViernes 5 de febrero de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Modelo juvenicida
Víctor M. Quintana S.
M

ientras los medios nacionales celebraban que Salvador Cabañas pudo hablar, a ellos los silenciaron. Como para lanzar un mensaje terrorista a gobierno, candidatos y sociedad. Veintiocho personas, la mayoría jóvenes menores de 20 años, acribillados el sábado 30 de enero en Villas de Salvárcar, suburbio popular de Ciudad Juárez. Dieciséis muertos, 12 jóvenes y cuatro adultos que se acercaron a ayudar a sus amigos o hijos. Como llegó, el comando asesino se fue: en siete vehículos con la música a todo volumen.

La ciudad que se ha caracterizado por los feminicidios ahora destaca también por el juvenicidio. Tan sólo de septiembre para acá van tres masacres de jóvenes juarenses: 18 en el centro de rehabilitación El Aliviane, 10 más poco después en un centro similar, y la del sábado. Contamos sólo las de más impacto colectivo, porque en estas calles día a día siguen cayendo los jóvenes. Un 30 por ciento de los 4 mil 500 homicidios cometidos en Juárez entre 2007 y 2008 corresponden a jóvenes de menos de 19 años. (La Jornada, 2 de febrero de 2009, nota de Miroslava Breach). Si se cuentan los menores de 30, resulta que en la guerra contra el narco calderoniana los jóvenes han puesto más de la mitad de los muertos.

Y sin embargo, hace apenas dos semanas el Congreso del estado, con el solo voto en contra de Nueva Alianza y el PRD, reformó el Código Penal para incrementar de cinco hasta 15 años de prisión a los adolescentes infractores. Para muchos, los principales actores de la inseguridad son los jóvenes.

Lo que en Juárez sucede con nuestros jóvenes no es excepción o una típica excentricidad de la frontera norte del país. Los juvenicidios en Juárez son la comprobación palmaria del triple fracaso de las políticas del Estado mexicano. Son el resultado acumulado de muchos años de descuido o de maltrato estatal hacia los jóvenes. El futuro nos alcanzó: ahora son los jóvenes de Juárez, pero luego seguirán los de otras ciudades.

Fracaso en la estrategia contra el crimen organizado: la ofensiva militar y mediática de Calderón, hay que repetirlo por enésima vez, no ha funcionado ni en su variante “operativo conjunto”, conducida por el Ejército, ni en su variante operación coordinada, conducida por la Policía Federal. Las calles se llenan de soldados y policías, quienes, sin embargo, nunca llegan a tiempo, no digamos para prevenir los homicidios, sino ni siquiera para atrapar a los asesinos, apenas pueden controlar el metro cuadrado en que se paran. Los espacios públicos se pierden a manos de las fuerzas del orden o de las del desorden sangriento. El espacio privado, como la casa donde se celebraba la fiesta del sábado, es violentado por las armas asesinas con toda impunidad. A los jóvenes se les expulsó de sus antros, de sus discos, y ahora van a cazarlos a su propia casa.

Fracaso estructural en la política de Estado hacia los jóvenes. Pocos o nulos programas gubernamentales de prevención y atención a adicciones. Descuido total de la economía del cuidado que permita a padres y agencias de gobierno brindar protección, salud y educación a los niños y adolescentes. El Estado justifica la exclusión de la mayoría de solicitantes de educación superior mediante la sofisticada coartada del Ceneval. Claudica de promover, difundir y apoyar las expresiones culturales juveniles, en aras de ceder al duopolio televisivo la función educadora cotidiana. En el país donde hay 7 millones de ni-ni es, decir, jóvenes que ni estudian ni trabajan, Chihuahua era el estado que porcentualmente más contribuía ya en 2007. Una política torpe que en 2009 expulsó a 700 mil muchachos del sistema escolar por falta de recursos para sostenerse y que provocó casi 350 mil intentos de suicidio. (La Jornada, 12 de enero de 2009, reportaje de Karina Avilés).

Fracaso histórico del modelo económico y social. Una economía oligopolizada y subordinada que cada año les cierra el paso al millón 200 mil jóvenes que llega cada año al mercado de trabajo; que condena al subempleo o a ingresos precarios a quienes han logrado terminar su carrera universitaria. Tan sólo entre 2008 y 2009 la tasa de desempleo entre los jóvenes de 15 a 24 años se disparó de 7.6 a 10.3 por ciento, dos veces y media más que la tasa de desempleo de los adultos, según la Organización Internacional del Trabajo. Los jóvenes que ahora delinquen son los hijos de los ajustes estructurales, del neoliberalismo, del Estado mínimo de los errrores de diciembre y Fobaproa, señala un periodista chihuahuense. La emigración forzada, el suicidio o la sicariada son las únicas opciones. ¿Por qué le vamos a tener miedo a la muerte si ya nacimos muertos?, decía un joven pandillero de Juárez.

No son las balas: es una perversa política de Estado en lo político, en lo económico, en lo social, en lo cultural, lo que mata a nuestros jóvenes. En Juárez, pero no sólo en Juárez, en la nación entera, ya sean asesinados, ya sean gatilleros, todos nuestros jóvenes son víctimas.