Opinión
Ver día anteriorJueves 25 de febrero de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Calcuta y la diosa Kali
L

a india, sí, la India, en este mi tercer viaje al subcontinente asiático. De inmediato recuerdo las palabras del escritor trinitario de origen indio V.S. Naipaul: India es para mí un país difícil; no es mi casa ni puede serlo, y con todo no puedo mirarlo con indiferencia. Empiezo en Calcuta, famosa por sus tigres de Bengala casi desaparecidos: en efecto, en el aeropuerto de Delhi (remozado, moderno, primer mundo) un gran anuncio: sólo quedan mil 311 tigres; en el palacio de Udaipur, en el Rajhastan –repleto de gente, tanto como las calles de coches o como el Metro en Pino Suárez de pasajeros– pinturas con marajás cazando, encaramados en casetones muy protegidos, mientras los tigres van cayendo uno a uno distribuidos en el paisaje.

Cerca del aeropuerto de Calcuta puede verse con nitidez cómo la ciudad se va tragando al campo. Se construye un enorme fraccionamiento, los campesinos se transforman en albañiles, sus familias se alojan en chozas miserables y sus vacas, las numerosas y flacas vacas que pululan por las calles –city people se mueven con incertidumbre entre la tierra y el asfalto, pastando en medio de la basura. Los coches se mueven muy lentamente entre los tic tocs –moto y bicirikshos– movidos algunos todavía, como en los viejos tiempos, por tracción humana, único lugar en la India donde aún esto sucede, nos explica Ravi Shanlar, nuestro guía que habla sin parar con tono dictatorial. En las calles los hombres se bañan, otros se afeitan, las mujeres despiojan a sus hijos y los embotellamientos son prodigiosos.

Luego vamos al mercado de las flores, elemento indispensable en todos los rituales, las guirnaldas para los templos o las pujas –oraciones–; los pétalos de distintas flores se rebanan con un instrumento especial y arcaico; cada tipo de flor dedicada a un dios en particular o a ciertas ceremonias, con excepción de las rosas siempre presentes por ejemplo en Delhi, cubriendo la tumba del profeta sufi Namuzadin o como adorno en las casas colocadas en vasijas repletas de agua. Su olor se confunde con el del excremento, los orines y las especias. En la noche, una boda en el lujoso hotel donde nos albergamos, millares de flores suntuosas de distintos tipos –incluyendo las orquídeas– se reparten artísticamente en los salones donde se desarrollará la ceremonia, un verdadero desenfreno floral: febrero es un mes propicio para las bodas.

A un costado del mercado de las flores, el Ganges, ya muy estrecho y extremadamente sucio; como siempre la gente se baña, ora, lava su ropa, hace yoga o saluda al sol. Cerca de la orilla una estatua de la diosa Kali –imagen venerada en Calcuta– enteramente embadurnada de pintura roja muy espesa, de pie sobre un dios en actitud de triunfo. Kali suele representarse con un collar de cabezas degolladas, la cara negra y la lengua de fuera, quizá un buen emblema para nuestros narcotraficantes. Su templo es sobrecogedor, muy sucio, como casi todos los espacios públicos en la India –excepto los monumentos y los jardines–. La gente se arremolina y se empuja para entregarle sus ofrendas a la diosa, en tanto que unos hombres vigorosos con unos trapos sebosos en las manos oponen resistencia para impedir que la gente se precipite dentro del altar.

Afuera, un templete. Varias cabritas negras esperan el momento de ser sacrificadas, un hombre las sostiene y, presintiendo lo que les espera, balan lastimeras; un verdugo les rebana el cuello, la sangre se mezcla con el agua y la basura, otro hombre recoge el cuerpo cercenado y un niñito como de cuatro años carga la cabecita sanguinolenta y las gotas de sangre se esparcen por el suelo. Hemos entrado obviamente sin zapatos.

En la India nos enteramos Myriam Moscona y yo de la muerte de Esther Seligson: por desgracia ya no pude reconciliarme con ella. En Varanasi arrojamos al Ganges unas guirnaldas de flores y unas veladoras para recordarla.

Descansa en paz, muy querida Esther.