Opinión
Ver día anteriorLunes 22 de marzo de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Salvados por Mozart
Hermann Bellinghausen
Íb

amos a deriva por las interestatales, tratando de poner los más condados posibles entre nosotros y nuestros acreedores en Petaluma, que ya habían acudido a la policía. Dejamos la casa de noche, con apenas nuestra ropa, los juguetes y las almohadas de los niños, los aretes y collares de Geraldina, y los violines. Nos tiramos a rodar en el viejo Buick verde, deteniéndonos en las ciudades pequeñas para sacar algo de plata, aunque fuera para seguir huyendo.

Los niños se portaban bien, acostumbrados a nuestra inestabilidad geográfica, que constituía en sí una forma de estabilidad. A mucha gente, supongo que con razón, le gusta quedarse quieta, piensa que así es más probable ser estable. Pero si te mueves con ritmo regular, como navegando aquellas aguas del Pacífico norte, siempre frías y picadas, acabas en un estado de balanceo. La cosa es tener suerte. Esa vez la tuvimos.

Rodeamos por el este el área de la bahía para ahorrarnos el Golden Gate, no fueran viéndonos, de seguro nos habían boletinado. Nos metimos por las montañas hasta los bordes del desierto, pueblos y ciudades chicas donde la gente era medio bruta, no apreciaba la música de violín como no fuera fiddle, para nada lo nuestro. A los migrantes mexicanos sí les tocábamos algunos sones huastecos, pero eran pobretones y sus propinas magras.

En un arrebato y un poco por error, yendo al sur cogimos a la derecha en una conjunción y de pronto ya volvíamos al oeste. Hacia San José. A los dos nos vino en mente lo mismo: Santa Cruz. Habíamos pasado buenos tiempos allí. Tras una considerable distancia cruzamos la 101 y nos internamos en la costa. Merodeamos Santa Cruz, pero nos dio mala espina y seguimos al sur de su bahía. En un lugar llamado Aptos nos dirigimos al muelle, encontramos una pequeña multitud; Geraldina se puso a tocar el violín, dejando el estuche abierto y me llevé a los niños a dar una vuelta. Venían hartos de la carretera, al borde de un ataque de nervios. Y el mar estaba bonito. Caminamos por la playa, recogiendo conchas, mojándonos los pies y buscando cuevas.

Regresamos al atardecer para encontrar a Geraldina de superbuenas. No sólo levantó 400 dólares, una fortuna, sino que le ofrecieron un trabajo. El fin de semana, la sociedad artística de Aptos organizaba un festival con música de Mozart. De último momento la orquesta se quedó sin uno de los violines, y le preguntaron si ella, acaso, podía. Era un suburbio de gente blanca y próspera, cultivada, menos pretenciosa que la de Big Sur, pero igualmente feliz. La paga sería astronómica, pero ella contaba con sólo tres días para repasar las partituras. De todo: arias de Don Giovanni y La flauta mágica, piezas religiosas, la sinfonía Praga, un concierto para piano, el 20, y otro para violín con una solista famosa. El primero lo tocaría el maestro de piano, pequeño empresario y presidente de la sociedad artística de Aptos.

Hasta me espanté. Geraldina tenía preparación, más que yo, pero aquello parecía una locura. Entre los paseantes del muelle había estado un míster Rudolf Reiner, director de la orquesta local. Reanimando el espíritu de la edad de la Ilustración se llamaba el festivalito. Por todas partes había carteles con un retrato de Mozart, uno donde sale bastante feo, nariz bultosa, ojeroso y mirada rara. Se supone que de los centenares que existen, es de los más fieles.

Mientras Geraldina ensayaba como posesa, entretuve a los niños con historias exageradas del pobre niño genio Wolfgang Amadeus tocando el piano en las Cortes de los reyes de Europa, cual chango de circo, vestido ridículamente y con peluca, pastoreado por su ambicioso y cruel padre Leopold. Y les conté, como pude, el argumento absurdo de La flauta mágica. Les divirtió enormidades y los predispuse para aguantar dos conciertos enteros. Además no les quedaba de otra.

Geraldina dejó de hablar, comer y dormir. Todo sucedió rápido. En la sala de conciertos de Cabrillo, tres días después, las veladas salieron bien, en especial la segunda, un mediodía de domingo. Las atrilistas rusas terminaron radiantes de satisfacción, el atormentado míster Reiner quedó invadido por la paz interior que da el aplauso y Geraldina recuperó el habla. Recibió además una promesa de sesiones en Los Ángeles, que es un buen lugar para esconderse cuando vienes huyendo de Petaluma.