Opinión
Ver día anteriorMiércoles 24 de marzo de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Trasplantes de órganos: algunos dilemas
Arnoldo Kraus
A

unque los trasplantes de órganos no deberían ser motivo de muchos dilemas sí lo son. Múltiples son las aristas, buenas y malas, de las ciencias médicas. El quid fundamental en relación con los trasplantes es que el acceso a órganos divide a la población entre quienes tienen los recursos para optar por ellos, y quienes carecen de dinero. Los primeros salvan sus vidas o recuperan las funciones perdidas. Los segundos fallecen o perviven en malas condiciones. En la mayoría de los sistemas de salud del mundo los ricos tienen más posibilidades para recibir algún órgano; la diferencia entre pobres y ricos se hace más evidente cuando los ricos cruzan el mundo para comprar el órgano que les hace falta. La prensa ha creado el término turismo de trasplantes para referirse a esa situación. El término es adecuado. Falta apellidarlo: injusticia, medicina para ricos y pobres, atropello a las normas éticas y aplicación inadecuada de la medicina son algunos de esos apellidos.

Algunos periódicos han llamado recientemente la atención sobre el turismo de trasplantes tras conocerse el caso de un español que viajó a China para recibir el hígado de un donador innominado. Los dilemas éticos emergen precisamente porque el donador carece de rostro, de nombre y, de no ser por el dinero que recibirá por la venta de su órgano, de futuro; la excepción a la última idea, la del futuro, como en tantas otras circunstancias, es China. En ese país, en muchos casos quien dona sus órganos tiene su futuro asegurado: la muerte. No por malas técnicas quirúrgicas –imposible que las avalase el partido comunista–, sino porque los órganos proceden de reos sentenciados, muchas veces sin juicio, a la pena de muerte.

De acuerdo con Amnistía Internacional, China es primer lugar en la aplicación de la pena de muerte y adalid en condenar a sus presos sin procesos judiciales limpios. Es muy probable, imposible afirmarlo por lo subrepticio del procedimiento, que China sea también el principal exportador de órganos, lo cual, en atención a la pujanza del modelo económico (y comunista) del país asiático no debe sorprender a nadie. Los trasplantes devienen mucho dinero. Si los cirujanos son hábiles, si los receptores extranjeros –nunca chinos– son muchos y si los quirófanos son abundantes cada prisionero chino puede aportar dos córneas, dos pulmones, un corazón, un hígado y dos riñones. Del dinero recabado los familiares del reo reciben muy poco.

En el país asiático la falsificación de la verdad es tan grosera que cualquier aproximación a lo que sucede antes y después de la muerte del paciente es imposible. Los atropellos a la ética siempre tienen más de una cara. Si bien el gobierno comunista chino es el responsable principal de violar la ética y la justicia, no menos cuestionable es la disposición de los cirujanos extranjeros que participan en esos procedimientos, así como las conductas de las compañías farmacéuticas y de tecnología médica que suministran los apoyos necesarios para el éxito de la empresa.

Ese entramado poco ético se entiende si se disecan algunas de las acciones del gigante asiático. Su silencio ante las masacres de Darfur –son socios de los asesinos que gobiernan–, su callar frente a las atrocidades cometidas por la junta militar en Myanmar, o su mutismo, debido a la necesidad del petróleo iraní, ante la brutalidad del régimen de Ahmadinejad forman parte del mismo tejido. En ese telar los hilos desconocen el significado de la palabra ética. En China se asesina a connacionales y después se venden sus órganos a extranjeros.

He escrito de China porque, al igual que en muchos rubros de la economía mundial, es líder en la venta ilegal de órganos y es, hasta donde la globalización difunde, el único país que comercia las vísceras de sus reos. Es decir, infringe con mayor descaro los principios éticos que suponen deben regir la conducta humana. Otras naciones, como Egipto, Turquía, Moldavia, Perú y Ecuador también forman parte del turismo de trasplantes. Huelga decir que los donantes son pobres y que, incluso en algunos casos, como sucede en India, venden su córnea, procedimiento que deviene pérdida de la visión monocular.

En el caso de los enfermos que sólo venden un órgano, sobre todo riñones, pero que conservan su vida, la ética plantea un dilema interesante y complejo. Son dos las posibilidades. Hay quienes aseguran que es lícito vender órganos para mantener a la familia por un buen tiempo, sanar a un ser querido, pagar la casa o sortear deudas asfixiantes. Otros aseveran que la pobreza más extrema no puede justificar la venta de órganos ni atenuar la conducta inmoral de los compradores. Dilema complejo e interesante: ¿es ético vender y comprar órganos para que todos sobrevivan?

Pretendía contar la historia del paciente español que viajó a China en busca de un hígado cuyo costo fue de más de 130 mil euros. No la conté. No lo hice porque esa historia es igual a muchas otras; tampoco escribí el nombre del receptor porque no tiene importancia. En el turismo de trasplantes quienes menos violan los principios éticos son los compradores de órganos. La atención –no sé de quién–, y la condena –tampoco sé quién lo podría hacer– debe centrarse en las maquinarias estatales, médicas y tecnológicas, a la postre, los responsables de atentar contra la ética.