Opinión
Ver día anteriorSábado 17 de abril de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Desfiladero

Drogas: la guerra siempre estuvo perdida, hay que ponerle fin

Jaime Avilés
R

azonemos: las únicas armas que pueden acabar con el tráfico de drogas son las bombas nucleares, siempre y cuando sean arrojadas sobre los cinco continentes, los siete mares y los millares de islas que hay en el mundo, hasta consumar la extinción total de la humanidad. De lo contrario, siempre habrá productores, distribuidores y usuarios de sustancias ilícitas, recreativas o lenitivas, sobre las superficies sólidas del planeta, incluyendo el piso de los barcos que cruzan o bordean océanos y lagos. En otras palabras, es imposible vencer militarmente al narcotráfico.

A lo que sí tenemos derecho a aspirar como sociedad, y a exigirle al gobierno, es a que regule el comercio de estupefacientes, atenúe sus efectos sociales y aplique medidas en verdad eficaces para reducir su consumo, empezando por ofrecer a los jóvenes una realidad menos insoportable, en la que encuentren acceso al estudio, al trabajo, a la salud, al deporte y a una vida libre y plena, que en serio valga la pena vivir y disfrutar, con la mente limpia, sin venenos contra el dolor, la frustración perpetua y la certeza de que el futuro no existe.

Felipe Calderón engañó al país con la mentira de la guerra contra el narcotráfico, sabiendo que no tenía la más mínima posibilidad de ganarla. Hoy, cuando todos vemos que la perdió, debería asumir las consecuencias. En 1982, en Argentina, una de las dictaduras militares más sanguinarias de Latinoamérica le declaró la guerra a Inglaterra, con el propósito de obtener apoyo político entre la sociedad civil. La superioridad de los británicos en cuanto a armamento y poder de fuego no sólo causó la muerte de miles de jóvenes patriotas enviados al frente, sino que destruyó al ejército de ese país del sur. Menos de dos años después, la dictadura cayó y, por decisión de los gobiernos civiles que la sucedieron, las fuerzas armadas jamás volvieron a reponerse del golpe.

De algún modo, Calderón ha repetido esa historia. Después de robarse la Presidencia en medio de un enorme repudio popular, lanzó una guerra para legitimarse y también la perdió, pero lejos de mostrarse dispuesto a imitar a los generales argentinos, renunciando al poder que el pueblo no le confirió, pretende aprovechar su derrota para mantener a las tropas indefinidamente en las calles, y a través de éstas imponerle líneas de acción a quien lo remplace al frente del Poder Ejecutivo (o lo que de esa entelequia quede cuando se vaya, si es que se va).

De diciembre de 2006 a abril de 2010 han muerto más de 22 mil personas –en su mayoría, ya no cabe duda, víctimas inocentes–, pero la exportación de cocaína a Estados Unidos desde México ha registrado un aumento constante, y el uso y abuso de esa y otras drogas dentro de nuestro país sigue expandiéndose. En lugar de proteger la salud de la población con el despliegue de soldados y marinos, Calderón ha ocasionado un grave desgaste a las fuerzas armadas: las quejas por sus abusos contra civiles indefensos se elevaron 500 por ciento en estos más de tres años (según la CNDH), pero los tribunales militares no han procesado a ningún elemento involucrado en crímenes de esta índole.

Por desgracia, el Ejército Mexicano actúa cada vez más como el de Colombia. Allá, merced a un programa del gobierno de Álvaro Uribe, los soldados cobran recompensa en efectivo, en días de vacaciones, o en ascensos de grado, si matan a un guerrillero. Sin embargo, para no molestarse en pelear contra la guerrilla y hacerle bajas, los soldados colombianos secuestran a civiles, los disfrazan de guerrilleros, los asesinan y los presentan como trofeos. Esto también empieza a suceder en México. No en balde, el Plan Colombia y la Iniciativa Mérida tienen como fuerza de inspiración común al ejército de Estados Unidos. No en vano, Calderón admira profundamente a Uribe, y Enrique Peña Nieto babea por él.

El pasado 3 de marzo, en Ciudad Anáhuac, un pueblo de Nuevo León al norte de Monterrey, Juan Carlos Peña Chavarría y su compañera, Rocío Elías Garza, ambos de 30 años, bien conocidos en aquella comunidad, salieron de la empresa Delphi, donde trabajaban, a bordo de un coche Lumina gris, modelo 96, placas de circulación SDD-5108, cuando quedaron atrapados en una balacera entre narcos y el Ejército. Cuatro sicarios murieron frente a Delphi y otros dos en la preparatoria pública número 24, muy cercana, pese a que ya se habían rendido.

En la refriega, una bala hirió en el brazo a Juan Carlos, y cuando él y Rocío creyeron que todo había terminado, ella salió de su escondite para pedir auxilio a los soldados; éstos le dispararon a quemarropa y le dieron un tiro en la cabeza que le desfiguró el rostro; a Juan Carlos le hicieron lo mismo; luego colocaron una pistola en la mano derecha del cadáver de Rocío y la denunciaron como integrante del crimen organizado.

El viernes 19 de marzo, Jorge Antonio Mercado y Javier Francisco Arredondo, estudiantes de posgrado en mecatrónica, fueron asesinados al salir del Tec de Monterrey y el Ejército los presentó como sicarios. En Colombia, cuando un soldado mata a un guerrillero de verdad, se dice que protagonizó un acto positivo. Pero a los inocentes que asesinan y disfrazan para cobrar la resistencia se les llama falsos positivos. ¿Esto explica no sólo las muertes recientes en Monterrey sino la desaparición de jovencitos secuestrados por el Ejército Mexicano en Ciudad Juárez y diversos puntos de Tamaulipas?

Ebrard contra AMLO en la UACM

El próximo miércoles 21, los 42 miembros del Consejo Universitario de la UACM, la casa de estudios superiores creada por Andrés Manuel López Obrador, se reunirán para decidir quién sucederá al rector Manuel Pérez Rocha. Esther Orozco tiene amarrados 18 votos porque ése es el número de consejeros que pertenecen, como ella, al área de ciencias; Hugo Aboites cuenta con 11, de humanidades y ciencias sociales; un tercer aspirante reunió seis y quedan siete indecisos.

Marcelo Ebrard y la Asamblea Legislativa del Distrito Federal disminuyeron en un tercio los recursos que le correspondían este año a la Autónoma de la Ciudad de México; sus cabilderos dijeron bajo cuerda que el resto del dinero se entregaría si la doctora Orozco resultaba electa. Ella, en su campaña, ha criticado el hecho de que, de la primera generación de estudiantes de la UACM, sólo se han graduado 24, lo cual no es exacto, porque de ellos 237 aprobaron todas sus materias, 28 se titularon, cuatro están a punto de hacerlo, 203 siguen escribiendo su tesis de licenciatura y dos desertaron.

La UACM es la única universidad que no rechaza a ningún estudiante; los acepta a todos para ratificar el derecho universal a la educación, pero como no puede atenderlos al mismo tiempo los somete a un sorteo para ver quiénes entran primero y quiénes después. Ese modelo, que incluye la impartición de clases de licenciatura en las cárceles del Distrito Federal, podría ser sustituido por uno que privilegie el eficientismo, aumente el número de graduados pero excluya a los que estudiaron primaria y secundaria en condiciones más adversas y llegan con menos pertrechos intelectuales.

Aboites, por su parte, garantiza la continuidad del modelo que impulsó López Obrador por medio de Pérez Rocha. La inclinación de Ebrard por la doctora Orozco es una señal más del alejamiento del alcalde capitalino, no sólo del proyecto alternativo de nación, sino de los propios chilangos, que no quieren ser expulsados de sus casas por un viaducto de paga estilo Peña Nieto que la ciudad no necesita. ¿Funcionará el chantaje en la UACM?

Ya se sabrá el miércoles. Por lo pronto, en Cancún, el Ejército desmanteló un muy sofisticado centro de espionaje político al servicio del fanático predicador luterano Gregorio Sánchez Martínez, Greg, candidato de Dios, de los legionarios de Cristo, de Manuel Camacho y de Jesús Ortega al gobierno de Quintana Roo...