22 de mayo de 2010     Número 32

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada


FOTO: Hernán García Crespo

Pueblos chinamperos
de la Ciudad de México

José Genovevo Pérez Espinosa

A poco más de 20 kilómetros, en línea recta del Zócalo de la capital mexicana, todavía se encuentran comunidades originarias que practican la agricultura peculiar de la Cuenca del Valle de México, un sistema de cultivo que se desarrolló en los tiempos de esplendor de esos antiguos lagos, mucho antes de la construcción de México-Tenochtitlan por los mexicaaztecas. Es la agricultura chinampera, que sobrevive en dos delegaciones del sur del Distrito Federal en Xochimilco y Tláhuac.

Son pueblos chinamperos Mixquic San Andrés, Tláhuac San Pedro, Tlaxialtemalco San Luis, Atlapulco San Gregorio. Pero la reina de las comunidades chinamperas es Xochimilco, como bien lo afirma el investigador estadounidense William T. Sanders (+), de la Universidad de Harvard.

En su tesis doctoral de 1957, Sanders escribió un capítulo con el nombre de “El lago y el volcán: la chinampa”, con descripciones del chinamperío de San Gregorio Atlapulco. Aún ahora en la Mesoamérica moderna se puede ver cómo se conserva con tesón la agricultura tradicional, que resiste en el seno de lo que hoy es la ciudad muy populosa del mundo.

De esos orgullosos campesinos-chinamperos- productores, que en el pasado fueron el sostén de México-Tenochtitlan, no sólo queda el recuerdo, la añoranza, el monumento arqueológico. Las chinampas (palabra náhuatl que quiere decir sobre el seto de cañas o varas) y los chinamperos no son un vestigio del pasado que debe ser estudiado por historiadores, agrónomos, antropólogos, biólogos y demás.

Por el contrario, la agricultura de chinampa es una actividad que se sigue practicando y cuya elaboración admiran propios y extraños. Desde la misma construcción –levantamiento de parcelas rectangulares largas y angostas, en el interior y bordo de las ciénegas de los lagos de Chalco y Xochimilco–, hasta su altísima producción de hortalizas, maíz y plantas de ornato, con hasta tres cosechas anuales de espinaca, lechuga, cilantro o verdolaga.

El jardín milenario náhuatl se restringe pero se niega a desaparecer. Antes ya existieron chinampas en Iztapalapa e Iztacalco, fueron famosas las de Culhuacán, Mexicalzingo, Santa Anita y la de Magdalena Mixhuca, que los abuelos chinamperos conocieron al transitar por el antiguo canal de Chalco y de la Viga. Ahí están esas palabras antiguas que aún se emplean: zoquimáit, o cuero para extraer el lodo para el almácigo o semillero; acalote o canal; apantle o zanja, ahuejote (salís bonplandiana) y ahuehuete o sabino (taxodium mucronatum), árboles típicos en las orillas de estos terrenos, y acalle o canoa. O la palabra acomanear, que significa aflojar las plantas del almácigo. O el mismo nombre de los parajes chinamperos como Atenco, Tototliapan, Acuexcómac, o el de los pueblos chinampanecas como Acalpixca, donde guardan las canoas; Atlapulco, donde revolotea el agua; Tlaxialtemalco, el lugar donde está el bracero de mano para el juego de pelota, y Xochimilco, el lugar de la sementera de flores.


FOTO: Eneas De Troya

Ahora escasea el agua tanto para el campo chinampero como para consumo humano, cuando en el pasado abundantes manantiales y ojos de agua de la región abastecían al viejo lago de Xochimilco y su zona chinampera. Los muchos pozos profundos, que extraen el vital líquido a 400 metros de profundidad, han ocasionado, por la sobreexplotación de los mantos freáticos, que esta agricultura sea cada día más limitada. Si a ello agregamos el agrietamiento, los hundimientos diferenciales del suelo, el ensalitramiento, el crecimiento desordenado de la mancha urbana, el abandono de las chinampas y la falta de apoyos para todos los chinamperos, veremos muy pronto la desaparición de estos terrenos ancestrales, únicos en el mundo.

Investigadores universitarios auguran que en menos de 50 años ya no habrá chinampas, y otros más pesimistas calculan que la extinción ocurrirá en menos de dos décadas.

Tenemos que aprender a convivir con las chinampas, ya que son el jardín milenario de la ciudad de México, que con su paseo festivo y su alta producción de plantas de ornato y verduras siguen siendo el gran proveedor de vida para esta ciudad.

El paisaje de las ahuejoteras y la maravilla agrícola de las chinampas con esa geometría de canales y zanjas hicieron posible que en diciembre de 1987 la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) declarara a Xochimilco Patrimonio Cultural de la Humanidad. Pero ahora, por tanto desorden, está el peligro de que Xochimilco sea incluido en la lista negra del patrimonio mundial en riesgo.

Los problemas son tantos que los cultivos de antes ya no se dan tan fácilmente. Son contados los que siembran maíz chinampero, y algún pueblo apenas llega a tener una decena de productores de maíz. Ahora la agricultura se dedica más a las flores y plantas de ornato que a la producción de verduras.


FOTO: Carlos Ramos Mamahua /
La Jornada

Ahí están las plagas: gusano de bolsa o malacosoma azteca y el muérdago, que están acabando con los ahuejotes, estos preciados árboles que dan fisonomía a las chinampas.

La ciudad de México debe pagar la deuda que tiene con las chinampas y los chinamperos por tantos bienes ambientales que le han prestado desde tiempos inmemoriales.

Y en el debate sobre la conservación de este agro ecosistema debemos estar involucrados todos quienes incidimos en el tema: políticos, académicos y chinamperos.

Por cierto, un reducido grupo de chinamperos ha sido invitado a participar en el Smithsonian Folkfest Festival, que es el festival de las culturas populares que organiza el Instituto Smithsoniano, en la ciudad de Washington del 24 de junio al cinco de julio de 2010, con una expresión de la “Las chinampas de Xochimilco”, donde demostrarán la tradición agrícola que aún sigue.

Productor chinampero

Juan y Sergio, productores orgánicos de Morelos


FOTO: Lourdes Edith Rudiño

Salud y conciencia ecológica

Lourdes Edith Rudiño

A unos pocos kilómetros al sur de Cuautla, Morelos, en el pueblo de Tenextepango, del municipio de Ayala, hay cuatro productores que han decidido prescindir de las semillas comerciales y los agroquímicos, que tienen una producción impresionantemente variada que consumen de manera local y comercializan en el mercado de Cuexcomate, y que han adoptado la filosofía de la agricultura orgánica: “lo que producimos es salud”, dicen.

Hablamos con dos de estos productores, Juan Rosas Mejía y Sergio Ortiz, y visitamos parte de las dos hectáreas propiedad de este último, un tramo de cinco mil metros cuadrados, donde Sergio realiza sus prácticas de experimentación, con semillas nativas y traídas de otros lugares de México, y donde se da el lujo de tener un espacio para que “crezca todo lo que allí se dé”, sin límites, pues aspira a consolidar un área de recuperación de la zona nativa y recrear así el microclima y el ambiente natural, lo cual fortalecerá la biodiversidad y la presencia de enemigos naturales de las plagas, y beneficiará así toda la producción aledaña.

El “laboratorio” de experimentación de Sergio cuenta con un gran número de cultivos: empieza por múltiples maíces y frijoles incluyendo criollos y continúa con hortalizas como brócoli, jitomate, varios tomates, pepino, calabaza, cebolla; una serie de plantas medicinales y comestibles como el pápalo, la verdolaga, el eneldo, el diente de león, la capitaneja, el venenillo, la alfalfa, la albahaca, el alache, el toloache, los quelites, las verdolagas y también ajo-cebolla, flor de calabaza, guayaba, guaje, pistache, nim, caña de azúcar, entre otros, además de que hay flores de girasol, cuyo color amarillo intenso sirve para atraer a los insectos polinizadores. Juan Rosas, por su parte, con dos hectáreas, comenta que produce maíz, cacahuate, calabaza y jamaica. Todo orgánico. Antes, hace casi tres lustros usaba agroquímicos y tenía ejote y maíz.

La vida de estos productores dio un giro en 1993-1994, cuando el gobierno federal decidió construir la carretera interoceánica Siglo XXI, ligada a lo que fue el Plan Puebla Panamá. El proyecto inicial, recuerda Sergio, abarcaba los municipios de Zacualpan, Temoac, Yecapixtla y Ayala, en Morelos, así como parte del estado de Puebla. El plan preveía afectar un gran número de tierras agrícolas de riego y temporal en diversas comunidades, como Ocotlán, Tecaje, San Juan Huesca, Los Limones, Las Piedras, entre otras, y en el propio Tenextepango los predios de Sergio, Juan y otros productores estaban programados para desaparecer, iban a quedar enterrados “en ese proyecto ecocida de chapopote”. Los campesinos de estos poblados se unieron, dieron una lucha organizada con acciones tales como evitar el paso de las brigadas de construcción, borrar señales topográficas, hacer obstrucciones, realizar reuniones sociales y políticas “y otras que el Estado y los intereses empresariales consideraban ilegales, pero que sabemos que son legales porque el derecho a defenderse es legal siempre”, dice Sergio.

El proyecto al final cedió a las acciones campesinas y fue desviado hacia el sur. “Desafortunadamente están construyendo y afectando otras tierras agrícolas”, señala Sergio, quien ronda los 50 años de edad, y explica que para él modificar su producción dependiente de agroquímicos a la forma orgánica “fue una consecuencia casi obligada de esa lucha social. Si defendemos la vida, la tierra, hay que defender el cómo producir alimentos defendiendo la vida.

“Esto fue un parteaguas, pues después de hacer un culto a mi profesión de ingeniero agrónomo, donde tuve la educación de la Revolución Verde, empecé a ver formas de producción orgánica; recuperé lo que se hacía hace 40 o 50 años, incluida la elaboración de abonos orgánicos y la producción de semillas propias”.

Juan Rosas dice: “Regresamos a lo orgánico porque nos ha pegado la carestía (los insumos se han vuelto inaccesibles; la semilla de maíz para sembrar dos hectáreas cuesta 10 mil pesos), pero sobre todo porque es más saludable y esa es la cultura que teníamos de nuestros antepasados. Ellos nunca produjeron con químicos, usaban majada de res, de borrego y de caballo. Esa es una riqueza que hemos dejado perder. El campesino de ahora se volvió muy comodino, le gusta que le den todo en la mano, no hace el sacrificio de producir sus semillas, porque eso representa más trabajo.

“Al producir orgánicos estamos produciendo salud, no enfermedades, mejoramos la calidad de vida de las personas, de la familia y estamos dejando esta herencia de nuestros antepasados a nuestros hijos”, dice Juan, quien es técnico en agronomía y comenta que productores vecinos los ven a ellos, se dan cuenta de que no gastan en agroquímicos y les preguntan cómo le hacen, pues los rendimientos de unos y otros son similares (“produzco 3.5 toneladas de maíz por hectárea, igual que en el cultivo con químicos, pero lo mío tiene mejor calidad”).

“Me preguntan ‘¿qué le echas a tus tierras?’, y les digo ‘pues mierda. ¿Quieres oler a mierda, júntate con nosotros’”, comenta Juan, quien tiene dos hijos varones y dos jovencitas y relata que aun cuando tiene empleos alternos al campo, su fuerte en ingresos es la producción agrícola. Además actualmente se está adentrando a la producción de borregos con zacate orgánico. “Ya tenemos 20 cabezas para barbacoa. Vamos a vender animales y a producir nosotros mismos la barbacoa”.


FOTO: Lourdes Edith Rudiño

Sergio señala que desde su época de estudiante encontró que los extractos vegetales sirven para controlar plagas, y “me topé con lo absurdo de lo académico: me dijeron ‘eso ya se dejó de usar, lo de ahora son los insecticidas industriales’, pero yo seguí con el gusanito por conocer eso, el sulfato de nicotina, la rotenona... Después de la lucha contra el proyecto carretero, promoví algunos talleres con estudiantes, invité a algunos campesinos de aquí a talleres de producción de insumos, y la mayoría comenzó a producir sus abonos; éramos unos diez, ahorita continuamos cuatro en Tenextepango, pero en Popotlán, Las Piedras, Ahuehueyo siguen otros con esta forma de orgánicos, la cual implica producir la propia semilla también. Hay algunos que lo hacen a medias, por flojera o desconocimiento, pero allí sigue la inquietud”.

Dice Sergio que a los productores orgánicos les interesa convencer a sus vecinos de que tomen el mismo camino, entre otras cosas porque un predio orgánico rodeado de otros que usan agroquímicos sufre la contaminación por vía del agua y del viento. Pero hay otras razones.

“Muchas cosas nos motivan. Una es comer sano. Otra, seguir haciendo conciencia de que no podemos depender de insumos. De 20 años para acá, y en particular desde hace diez años, ha aumentado la dependencia de semillas. Antes durante tres décadas la gente cultivó frijol elotero, negro, e iban sacando semilla año con año. Las empresas semilleras introdujeron semillas comerciales que desplazaron a la otra y ahora cada temporada los productores deben comprar semillas”.

Otra motivación, agrega, es recuperar suelos. “Da una gran tristeza ver suelos pobres. Es absurdo que haya suelos de alta fertilidad enfermos. Tienen sales que les impiden la germinación. Los agrotóxicos matan a los micro organismos y a los macro organismos, matan la vegetación nativa y destruyen el equilibrio ecológico”. La cuarta razón es el derecho ambiental de las generaciones, pues el uso de insecticidas y otros agroquímicos genera enfermedades que entran al humano por las vías respiratorias y la piel, y esas enfermedades a veces resultan en los nietos o bisnietos de quien trabaja las tierras”.

Ambos productores llevan sus cultivos al mercado de orgánicos de Cuexcomate, que inició hace tres años en Cuautla, pero que enfrentó muchos problemas allí porque las autoridades gubernamentales “nos daban trato de comerciantes”; no entendían la importancia de acercar al consumidor alimentos sanos. Ello frenó los espacios para el mercado y los campesinos eran acosados con la petición de licencias. Esto bajó la asistencia de productores. A partir de este 2010 el mercado se instala mensualmente en Yautepec y cada semana en Tepoztlán.

Pero este mercado no es como cualquier otro. Sobre todo en Yautepec, además del comercio, hay actividades culturales: hay una mesa bibliográfica y social de lo orgánico, hay una mesa interactiva de juegos, hay un trovador, hay pláticas de temas tales como el consumo responsable. “Ofrecemos cultura y salud”, afirma Sergio.

Morelos

El nopal en la cotidianidad comunitaria de Tlalnepantla

Álvaro Urreta

El nopal como eje de nuestra vida productiva. Somos un pueblo de productores de nopal asentados en las faldas del Chichinautzin, en el Anáhuac. Ya tenemos dos mil 800 hectáreas plantadas, que producen nopalitos de gran calidad. De jóvenes, de dos o tres años, nuestras plantaciones dan poco; cuando tienen más de siete años, pueden dar 120 toneladas por hectárea al año; si están cuidadas, pueden tener una vida de hasta 15 años. A esa edad dejan de ser productivas y entonces renovamos la producción arrancándolas de raíz para sembrar nuevas plantas. Como poseemos parcelas con plantaciones de edades distintas, siempre hay cosecha. Tenemos de cien toneladas por hectárea al año en promedio. La producción anual de nopal de toda la comunidad es de unas 280 mil toneladas.

Utilizamos abono orgánico; lo común es el estiércol, pero también gallinaza, no con mucha frecuencia pues su abuso afecta la calidad de nuestros suelos. Los comerciantes que nos venden el abono lo traen de las regiones donde hay establos o granjas de pollos; como tiene mucha demanda, cada día es más caro. En Milpa Alta el gobierno del DF subsidia a los productores de nopal para comprar abono. A nosotros no nos dan el subsidio; eso es una desventaja.

Todo el año nos levantamos muy temprano a trabajar nuestras parcelas, pero no nos alcanzan los brazos y el tiempo, por eso contratamos jornaleros de la Mixteca oaxaqueña, la Sierra de Puebla y la Montaña de Guerrero principalmente, para cortar y empacar; les pagamos entre 160 y 190 pesos por jornada de siete de la mañana a dos de la tarde y los tratamos bien, con compañerismo.

Al principio, cuando la producción era pequeña, vendíamos sólo en los alrededores pero, poco a poco, empezamos a vender en la Central de Abastos de la Ciudad de México (Ceda). Nos organizamos en un grupo que logró su carácter de permisionario en el Mercado de Flores y Hortalizas dentro de la Ceda; poco después formamos un nuevo grupo; seguimos así y hoy ya somos cinco sociedades de producción rural (SPRs) las que vendemos ahí, en lo que llamamos nuestro mercado comunitario.

Desde hace nueve años realizamos la defensa de nuestro espacio comercial de la mano con otras 16 organizaciones de horticultores que producen betabel, rábanos, brócoli, lechugas diversas, coles, espinacas, acelgas, poros, etcétera y que vienen de comunidades de Puebla, el Estado de México, Tlaxcala y el sur del DF (Xochimilco y Tláhuac). La venta de nuestros nopales en la Ceda siempre ha estado amenazada; incluso hemos realizado movilizaciones.

Las autoridades de la Ceda han apoyado mucho nuestras demandas para reordenar el mercado a últimas fechas; pero nos preocupa que la Secretaría de Desarrollo Económico del gobierno del DF esté pensando en crear nuevas formas de comercialización sin consultarnos. Ha dado señales de ello. Intuimos que pretenden quitarnos nuestro mercado comunitario, pues el valor catastral ha subido mucho después de que levantaron, junto a nosotros, un centro comercial que tiene cines y tiendas como Suburbia, Sears y Liverpool. Nosotros no nos rendimos; seguiremos dando la pelea.

En los años recientes hemos variado nuestra comercialización para desahogar la producción que ha crecido mucho, pues en el país hay ya más de 12 mil hectáreas de nopal, así que tenemos hoy compradores en Monterrey, Tijuana, Guadalajara, Acapulco, Toluca, California, Chicago, Nueva York y Mac Allen, entre otros.

Hace ocho años nos nació la inquietud de procesar nuestro nopal, para aprovecharlo cuando el precio del producto fresco está por los suelos. Creamos la empresa Nopalvita, que luego se unió con Nopalixtli, y posteriormente, al fundirse ambas, dieron vida a la Sociedad Cooperativa Nopalvida. Se obtuvieron recursos del gobierno para construir una industria rural; todo iba bien pero en 2004, unos 800 policías y 200 francotiradores, enviados por el gobernador Estrada Cajigal, entraron al pueblo para desconocer por la fuerza al ayuntamiento que habíamos elegido por usos y costumbres; mataron a un socio de Nopalvida, apresaron a más de 150 compañeros y provocaron la huída de la comunidad al monte y albergues en el DF y Tlayacapan. Así, se perdió la producción de ese año, se desorganizó la venta y los proveedores aprovecharon el desconcierto para robarnos.

En el 2006, ya instalados de regreso en el pueblo y con una nueva autorización de recursos federales, se reiniciaron los trabajos, pero surgió un nuevo problema. Descubrimos que la Unión Nacional de Trabajadores Agrícolas (UNTA) nos robó más de medio millón de pesos, y la obra quedó inconclusa.

Pero somos tercos y estamos tratando de obtener nuevos recursos para que la obra, al pie de la carretera que va a Oaxtepec, no quede parada. Estamos haciendo directamente la gestión, pues tenemos miedo de nuevos atracos.

A la vez, el Consejo Municipal del Nopal y las SPRs están construyendo otra agroindustria con presupuesto federal, estatal y municipal, pero han surgido algunos problemas, al parecer por prácticas poco claras de los diseñadores de la maquinaria. Tenemos fe en que no haya nuevos abusos, porque de ser así el avance que han logrado los chinos al instalar agroindustrias de nopal en ese país, según dicen las noticias, se convertirá en una competencia desigual y desfavorable pues nuestros clientes les comprarán el nopal procesado en harina, tiras, salmuera, etcétera.

Productor de nopal, director de Nopalvida y secretario técnico de las sociedades de producción de nopal de Tlalnepantla, Morelos