Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 6 de junio de 2010 Num: 796

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Fernando Arrabal y lo exultante
JOSÉ LUIS MERINO

Dos poemas
YORGUÍS KÓSTSIRAS

El puente del arco iris
LEANDRO ARELLANO

La victoria del juez Garzón
RODOLFO ALONSO

Miguel Delibes contra los malos amores
YOLANDA RINALDI

La edición independiente
RICARDO VENEGAS entrevista con UBERTO STABILE

251 años de Tristram Shandy
ENRIQUE HÉCTOR GONZÁLEZ

Kandinsky y su legado artístico
HÉCTOR CEBALLOS GARIBAY

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Columnas:
Prosa-ismos
ORLANDO ORTIZ

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
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El puente del arco iris

Leandro Arellano

¿Qué atributo de su especie no poseía? Quizás también era una virtud la suya mostrarse indiferente con ciertas personas a las que no abría su afecto. Lo habíamos elegido cuando nos mostraron la camada, acaso porque entre los siete hermanos él solo se dirigió a nosotros y fue a plantarse a nuestros pies con resolución. Hubo que aguardar semanas hasta el destete para llevarlo a casa. Noticias de años más tarde nos confirmaron que fue él quien mayor tamaño alcanzó: cuando galopaba se asemejaba a un león o a un oso pardo y su gravísimo ladrido provocaba temor en cualquiera, a pesar de su mansedumbre.

En Seúl o Bucarest salíamos a caminar de madrugada, sin reparar en los veinte grados bajo cero o ante el riesgo de un desliz en la nieve congelada, y de tarde en el verano desafiábamos el sol inmisericorde con más de treinta grados, asediados por las mordaces agujas de la humedad. Su larguísima cabellera lo agobiaba entonces, pero su dicha al marchar le hacía ignorar las contrariedades. Su apostura seducía a cualquiera, su prestancia cautivaba a los transeúntes en todas partes. Si al marchar por la Avenida Álvaro Obregón en Ciudad de México hacía que los dueños de otras mascotas se detuvieran a contemplar aquel enorme pastor belga, más de una ocasión en Seúl, ante la contemplación de los niños, el tráfico se detenía por completo sin que nadie se alterase.   

Callejero no lo fue porque contaba con amos, pero pertenecía a un espacio distinto y alejado –superior– al de los canes buenos que alaba el poeta francés. Lo bautizamos con el nombre de uno de los contados personajes simpáticos de la película más famosa de Leone. Su devoción y su cariño fueron extraordinarios. Nos enseñó el significado de la lealtad y a reconocernos humildes con la naturaleza.

Se levantaba de mañanita con nosotros y buscaba la vida o corría a sus quehaceres. Con los años compartimos su lenguaje: cuando la urgencia fisiológica exigía que lo sacáramos al patio, las pocas veces que lo atacó la fiebre, su desencanto por el paseo cotidiano insuficiente, etcétera. Además de cereal comía lo que le acercábamos a la boca: yogurt, helado, tortilla, Coca Cola, fideos chinos, caviar, tacos, queso o arroz.

Su nobleza era tan grande como su linaje, y éste opacaba a varias casas reales. Comprendía todo lo que escuchaba y entendía nuestros movimientos, olfateaba nuestro estado de ánimo. Convivió con nosotros como un miembro del grupo familiar y los planes se armaban o deshacían en función de su bienestar. Unos días antes de que viajáramos a México por vacaciones –adonde no podía acompañarnos por su volumen y las molestias que los viajes le causaban– afloraba a sus ojos el desamparo e iba a refugiarse en un rincón, desde donde nos observaba con tristeza. Su mirada brillante nos reprochaba las vanas palabras de consuelo que le dirigíamos y que no conseguían ahuyentar su desvalimiento.

Por trece años “Tuco” nos acompañó a lo largo de cuatro continentes. Creció en África, donde su compañía hizo que volvieran las ráfagas de la infancia y de los tiempos felices. Allá, en Europa, Asia o América, no importaba dónde, lo que contaba para él era hallarse junto a nosotros. Iba con la misma sensación de incertidumbre que sentíamos nosotros ante la partida hacia un destino desconocido. Parafraseando a Cat Stevens: todo lo que necesitaba era amor y sabía que lo tenía.

En el libro VIII de su Historia,Plinio recrea el carácter y temperamento de su especie. Escribió que de los animales que viven con nosotros hay muchos dignos de conocimiento, sobre todo el más fiel al hombre: el perro. Una de las escuelas filosóficas más originales e incorruptibles de la Antigüedad fue llamada La secta del perro, y es fama que su más insigne representante aseguraba que entre más conocía a los hombres más amaba a su perro.

Sergio Pitol –que en su ensayo “Corazón de perro” narra las hazañas de varios canes memorables– nunca se repuso del todo de la muerte de “Sacho”, nunca más volvió a la propiedad donde sepultó los restos de su amigo y más tarde se deshizo de ella. ¡Y hay viajeros que al partir abandonan a su suerte a sus mascotas o se deshacen de ellas como de un objeto inservible!

La literatura conoce pocos momentos más emotivos que el del reconocimiento de Odiseo a su vuelta a Ítaca como un anciano mendigo, luego de veinte años de ausencia. Viejo y agobiado por las garrapatas, “Argos” reconoce a su amo antes que cualquiera de los suyos y muere casi enseguida. ¿Dónde se habrá visto mayor lealtad? Y al volver del destierro a su patria en 1952, Neruda fue aclamado en la estación por miles de compatriotas, pero el saludo más tierno –lo cuenta una de sus biografías– lo obtuvo de “Calbuco”, quien abrazó amorosamente al poeta alzándose en las patas traseras.

Hay fatalidades contra las que nada podemos. El primer diagnóstico reveló que padecía displasia (una malformación), padecimiento normal en su raza y tamaño. Lo cierto es que hacía unos meses que la cadera izquierda se le caía y en su última etapa le fue imposible sostenerse en sus patas traseras. Al cabo de los días se fueron acumulando los achaques: artritis, una neuropatía en la columna y a fin de cuentas la vejez que a todos abate. Para un animal de más de cincuenta kilos que en los días finales no podía sostenerse en pie era una situación calamitosa.

Provino el agotamiento biológico, el desenlace, y un desgarramiento. La ciencia hizo lo que estuvo a su alcance, pero el veredicto de la Providencia dispuso otra cosa. Quizás él mismo presentía el final, bien que su voluntad, su apego a la vida lo mantenían en la brega. La moza que nos ayudó a velar por él en los meses postreros asegura que no se acababa de ir por la pena de abandonarnos. Antes de su aliento final escuchó nuestras voces agradecidas. Sus restos descansan en suelo mesoamericano, en un rincón de un jardincito en San Salvador. La orfandad y el desamparo que nos ha heredado es la de alguien a quien se ha amado con el amor de la carne.

En la clínica veterinaria donde fue atendido en su agonía había un cartel ilustrado, en el cual se lee que a un lado del cielo existe un lugar llamado El puente del arco iris y que, al morir, las almas de las mascotas se dirigen allá y más adelante se juntan con sus amos a las puertas de la gloria. Puede que sí, puede que no; que cada uno crea lo que quiera. Mas tanto apego y tanta ley no pueden ser recordados con indiferencia.