Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 6 de junio de 2010 Num: 796

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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Fernando Arrabal y lo exultante
JOSÉ LUIS MERINO

Dos poemas
YORGUÍS KÓSTSIRAS

El puente del arco iris
LEANDRO ARELLANO

La victoria del juez Garzón
RODOLFO ALONSO

Miguel Delibes contra los malos amores
YOLANDA RINALDI

La edición independiente
RICARDO VENEGAS entrevista con UBERTO STABILE

251 años de Tristram Shandy
ENRIQUE HÉCTOR GONZÁLEZ

Kandinsky y su legado artístico
HÉCTOR CEBALLOS GARIBAY

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Columnas:
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Paso a Retirarme
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CRÍMENES DE 8 A 5

YURI HERRERA


41,
Rogelio Guedea,
Mondadori,
México, 2010.

41, la nueva novela de Rogelio Guedea, empieza con la escena de un niño que ha descubierto manchas de sangre en una cajuela; adentro está el cadáver de un hombre asesinado a soga, fuego y cuchillo, pero el niño es ignorado por el adulto a quien dio la señal de alarma. En esa primera escena ya están algunos de los elementos centrales de 41: la lucidez de unos para percibir los horrores del mundo, la indiferencia de otros, y la certeza de que debajo de nuestra plácida ignorancia se encuentra algún secreto espantoso y retorcido.

La novela está articulada por dos tramas paralelas: la infancia solitaria y violenta del Japonés, quien se convertirá en un asesino en serie, y la investigación que de sus asesinatos hacen los agentes de la ley Sabino y Román. Las tramas se alternan con textos “extraídos” del expediente judicial donde se consigna la investigación, y en ese contrapunto ético y estilístico avanzan hacia un desenlace que no intenta despejar incógnitas, sino mostrar los resortes del poder a los que están vinculados víctimas y victimarios.

Aunque 41 es una historia que prolifera a partir del asesinato del hermano homosexual de un aspirante a la gubernatura de Colima, no se trata de una novela sobre la homosexualidad, ni solamente sobre el odio a los homosexuales, sino sobre las prácticas de algunos sujetos entre los cuales el acto sexual es una moneda de cambio o un arma para humillar. El peligro en el que están los personajes de la novela no se deriva tanto de sus elecciones sexuales, sino de la impunidad de algunos poderosos.

La mutilación y asesinato de homosexuales, el incesto, la pederastia, el desprecio por las mujeres son presentados no como fallas premodernas dentro del orden social, sino como algo mucho más terrible: como parte del tejido con el que está hecha nuestra modernidad. El catálogo de personajes que realiza la historia en 41 incluye personajes siempre al filo del abismo, siempre a punto de hacer o descubrir algo –en el mundo, en los otros, en sí mismos–, y en ese titubeo existencial se revelan como sujetos contradictorios: el mismo comandante que habla de los homosexuales como “maricones de mierda”, por ejemplo, admira a su jefe el procurador, con un miedo y deseo similares a los que éste siente por el gobernador. Y el machismo pedestre de los policías investigadores no impide que uno de ellos busque un cuadro de girasoles para su casa –pintado por un tal Vangó, que solía ser mochaorejas.

Los diálogos entre Sabino y Román, los investigadores, tanto como los que sostienen El Japonés y El Ferras, protagonistas de la historia paralela en la que presenciamos los resortes originarios del asesino, postulan un universo en el que todos están sujetos a jerarquías arcaicas. Es esta textura del mundo, mucho más que la nota al inicio del libro, la que hace al lector intuir que la historia está basada en hechos reales. La connivencia de las autoridades con el narcotráfico, el gober que protege pederastas, la corrupta repartición del poder entre las élites son, a estas alturas, casi un matiz costumbrista. 

Guedea exhibe la entraña podrida de Los Jefes describiendo sus cálculos políticos, su utilización de los organismos judiciales y su manipulación de la prensa, pero el recurso más interesante es cómo muestra la facultad de la institución que representan para otorgar nombres. Los personajes a los que la voz narrativa llama como se llaman ellos a sí mismos –la Chiva, el Japonés, etc.–, a la hora en que son sometidos a la estructura de poder, aparecen con otro nombre, el oficial, el que no se han dado ellos ni los suyos, el que denota que están siendo interpelados por el poder: la inclusión de nombre de pila y dos apellidos no es señal de respeto, sino regaño intimidatorio.

Invariablemente, al aparecer en el expediente judicial, los individuos se vuelven frágiles y asustadizos. Si en el resto de la novela podemos advertir que éste es un libro que se alimenta con el rumor de la calle (como si, al agitarlo, sonaran las botellas, la bomba de gasolina, los albures), los fragmentos en los que se imita el lenguaje judicial se burlan de la imposibilidad de éste para dar cuenta de los dramas que originan la investigación o del carácter y la complejidad de los individuos que hacen esos dramas. La utilización virtuosa de este recurso es una de las diversas formas en que Guedea se aleja de los clichés que parasitan las representaciones de la violencia: aquí no hay repetición maniática de estereotipos, sino historias complejas e ironía del lenguaje de barandilla en el que se archiva la tragedia nacional.

Dentro de esa realidad, el margen de acción de la justicia parece extremadamente limitado si uno piensa que la resolución de la novela tiene que estar en el descubrimiento de una Verdad con mayúsculas. Ésta no se nos oculta en ningún momento, nos ofende –y nos divierte– desde la primera página. Si hay algún misterio, es el de cómo hacen los individuos para preservar su humanidad en medio de tal degradación, y este desplazamiento del meollo del asunto, de lo meramente policial a lo social, es una de las cosas que hacen de 41 una novela necesaria. Otra, por supuesto, es que con este libro Guedea se consolida como uno de los mejores narradores mexicanos, merced a su capacidad para tomar la desgracia, transfigurarla poéticamente, y entregarnos algo que es a la vez un objeto hermoso y una máquina de pensar.  

Al final, 41 no es un libro de denuncia, o en todo caso es uno que denuncia pero no lapida sino que exhorta a hacernos preguntas. Quizá ya no aquella de ¿cuándo se jodió todo esto? sino ¿cómo nos convertimos en cómplices de esta jodedera?


LA LITERATURA POLICÍACA CONTEMPORÁNEA

RICARDO GUZMÁN WOLFFER


Con los muertos no se juega,
Andreu Martín y Jaume Ribera,
Ediciones Urano,
España, 2009.


Cinco balas para Manuel Acuña,
César Güemes,
Alfaguara,
México, 2009.


Dinero fácil,
Jens Lapidus,
Suma de letras/Santillana,
México, 2009.

Mucho se habla de que la literatura costumbrista ha tomado camino a la literatura policíaca. Es entre los crímenes y sus soluciones donde van apareciendo las formas y las preocupaciones de la sociedad moderna. Claro, según la nacionalidad del autor y sus ganas de innovar en este género que tiene tantos caminos como autores.

Andreu Martín, conocido escritor español, retoma los clásicos estadunidenses de los años cincuenta para situar a su detective Esquius en una Barcelona donde el crimen se tiñe tenuemente de crítica social. A partir de un caso en apariencia inocuo, las cosas se complican al mejor estilo de Chandler para mostrar una sociedad española donde las dificultades entre las clases sociales emergentes son fondo para hablar de la corrupción de la mafia blanca que forman los médicos con los laboratorios, donde el soborno resulta cosa común para que los hospitales y pacientes consuman los productos de ciertas marcas de laboratorio. Se advierte el oficio de Martín para darnos más de lo mismo, con un poco de humor y algunas divagaciones sobre la muerte de Shakespeare y el poeta Marlowe, que habrá quien disfrute, pero que nada tienen que ver con la trama de enredos que hacen de esta novela un texto entretenido y cumplidor, pero que ni a los seguidores de Martín parecerá mejor (o siquiera a la altura) que sus notables trabajos anteriores. Martín ha dejado de ser puntal del texto policíaco español actual, con este detective que termina siendo una mezcla de Chabelo (es abuelo y galán) con los cómics juveniles, donde el personaje cae de un piso, se pelea, corre y aún así tiene tiempo de coyuntar con su cliente, una joven rica que parece confirmar el dato de que todas las féminas de la novela son entre tontas y resentidas. Tanto como para querer tener algo que ver con Esquius.

En México hay muchos exponentes del género. Güemes es de los destacados. Con Cinco balas... torna el policíaco a la novela histórica, pero a la mexicana, lo que es mejor. Bajo el encargo de saber cómo fue la muerte del poeta Manuel Acuña, famoso en el siglo XIX que le tocó vivir al lado de otras figuras destacadas en su época, el detective billarista (vive en un búnker donde se juega billar todo el santo día) aprovecha las pocas fuentes para rastrear la vida del poeta. Con una sospechosa claridad, advierte que el suicidio tan publicitado puede no serlo. A diferencia de los otros autores aquí analizados, Güemes evita por completo las descripciones de lugares y personajes. Habrá quien preferiría saber punto a punto cómo era ese México donde las preocupaciones literarias parecían tan importantes como las pugnas de Estado y donde las mujeres célebres no requerían de silicón ni de telenovelas pedestres para abrirse paso en los círculos de poder. Empero, Güemes escoge la literatura de las sensaciones (donde los personajes transmiten las sensaciones del acontecer interno) para evitar hacer descripciones puntuales que podrían distraer la trama alrededor de Acuña y el México que mediante él se muestra al lector. En contraste, el detective billarista y fumador hace su chamba auxiliado por una peculiar ayudante. Una obra distinta de las anteriores de Güemes, que revive la veta de la trama histórica bajo el axioma de una narrativa que apunta fuera de la acción para regocijo de quienes no gustan de los balazos fáciles.

La sorpresa policíaca de la temporada es esta primera entrega de una trilogía escrita en Estocolmo. La trama podría parecer conocida: la droga y sus problemas internos: los nuevos ricos que buscan los caminos para disfrutar de sus ganancias inmensas sin que se note la bonanza; los negocios subsidiarios al narcotráfico (así como aquí secuestran, allá se encargan de la trata de blancas o a cobrar derecho de piso a los guardarropas de los antros y bares lujosos, por ejemplo) y, por qué no, la vida en la cárcel. Los temas suenan conocidos, pero su tratamiento no lo es. La sorpresa de Lapidus reside no sólo en mostrar las peculiaridades de la mafia yugoslava. No es lo mismo ser narco en el México panista que serlo como resultado de un proceso histórico derivado de guerras recientes, donde han participado varios de los mafiosos de la trama, de modo que la mafia resulta una suerte de refugio étnico en el nuevo orden regional. Tampoco es lo mismo serlo en un país en retroceso económico, donde ser estudiante es un lujo precario, que en el primer mundo donde los universitarios pueden subsistir dignamente con la beca estatal. Un acierto de esta primera parte de lo que se anuncia como una trilogía, es el detallado análisis de las altas sociedades europeas: cómo se mezclan entre sí y cómo las marcas de ropa son estatus en los bares donde la cocaína es común. Para quienes gustan de mirar ese mundo bajo una lupa de laboratorio, Lapidus será una diversión garantizada. Empero, el mayor logro de esta obra que realmente puede ser memorable, es que logra armar la estructura literaria como si fuera uno de los megafilmes que se transmiten por temporadas televisivas (Los Soprano, Lost, Shield, etcétera). La importancia de estas series, estética aparte, es el armado temático y de desarrollo de personajes con vista a lograrlo en proyecciones que duran días o semanas (la serie de Los Soprano acumula siete temporadas con el equivalente a una semana de transmisión ininterrumpida). Lapidus ha hecho su paralelo literario con buenos resultados. Es necesario leer con calma Dinero fácil para comprender el desarrollo interno del latino Jorgelito, o del nuevo rico JW que de manejar un taxi se vuelve financiero experto en el lavado de dinero, e incluso del yugoslavo Mrado, quien entre los esteroides y el gimnasio muestra ser un padre amantísimo de su única hija –lo que no le impide violar y matar prostitutas. El jet set local emparentado con la mafia, en una trama que da giros inesperados como en las entregas por folletines de otros siglos. Este es el magnifico inicio de una trilogía que hace esperable la continuación para verificar si el autor logra sostener la calidad y la trama por otras dos mil páginas.