Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 6 de junio de 2010 Num: 796

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Fernando Arrabal y lo exultante
JOSÉ LUIS MERINO

Dos poemas
YORGUÍS KÓSTSIRAS

El puente del arco iris
LEANDRO ARELLANO

La victoria del juez Garzón
RODOLFO ALONSO

Miguel Delibes contra los malos amores
YOLANDA RINALDI

La edición independiente
RICARDO VENEGAS entrevista con UBERTO STABILE

251 años de Tristram Shandy
ENRIQUE HÉCTOR GONZÁLEZ

Kandinsky y su legado artístico
HÉCTOR CEBALLOS GARIBAY

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Columnas:
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ANA GARCÍA BERGUA

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Miguel Delibes contra
los malos amores


Foto: EFE/ Archivo/ Nacho Gallego

Yolanda Rinaldi

El escritor español Miguel Delibes, quien vivió el siglo XX en toda su pesadilla de violencia y miseria –pero también de ilusiones– declaró que si hubiera nacido mexicano se habría ido a novelar a Chiapas. Porque en su concepción, aunque el campesino de Chiapas no viene del mismo tiempo histórico que el español, están articulados por una amarga experiencia, la injusticia y la explotación de los poderosos.

Delibes, quien falleció en Valladolid el pasado 12 de marzo (territorio en donde había nacido en 1920), creó en sus novelas un mundo mucho más próximo, más íntimo, del que le rodeaba, en temas como la injusticia, la desesperanza, el abandono o la incomunicación.

Volcado a favor de las víctimas, con una extraña fascinación ante la presencia de la muerte, Delibes fue siempre un crítico intransigente de la falta de amor o los malos amores. Inició su obra literaria con la publicación de La sombra del ciprés es alargada (Premio Nadal 1947) donde asomaban ya las cuestiones de su interés humano.

A partir de ahí, el escritor, periodista (desde 1940) en El Norte de Castilla y académico de la Real Academia Española (ingresó en 1973), desencadenó un torrente de imaginación que plasmó en más de cincuenta libros; así sucede en La mortaja (cómo olvidar la pérdida de la inocencia infantil de Senderines ante la insolidaridad humana); Cinco horas con Mario (cómo borrar de la memoria a Carmen Sotillo y el soliloquio ante el cadáver del marido, revelando así de golpe su pobreza espiritual, la grandeza de Mario y la realidad de la España franquista); Los santos inocentes (es la tristeza de Azarías al perder su milana, bonita, en la sublime denuncia de la opresión campesina; relato que se encumbró más con la versión cinematográfica de Mario Camus y la actuación del gran Paco Rabal); La hoja roja (cómo pasar por alto no sólo el abandono de los viejos, como don Eloy, sino la dramática certidumbre de que el hombre está ontológicamente solo); El camino (quién olvida al pequeño Daniel, el Mochuelo, incapaz de comprender el porqué de esa nostalgia, al verse obligado a emigrar para alcanzar un sueño). En cada uno de ellos Delibes ofreció una lección de vida.

En rigor, Miguel Delibes tenía la facultad singular de escapar del círculo de la mentira, a pesar de que con su imaginación recreaba la realidad mintiendo. Una actitud cautivadora como la de Juan Rulfo cuando decía que sus paisanos lo criticaban mucho porque contaba mentiras y no hacía historia. En la primavera de 1994, tras recibir el Premio Cervantes de Literatura, amenazó con su retiro, incluso en 1995 publicó Diario de un jubilado, para que no quedara duda.

Sin embargo, a los setenta y ocho años sorprendió con El hereje y un nuevo género: la novela histórica, de impecable calidad y un lenguaje, tan permanente, que jamás suena anacrónico. Para dicha de sus lectores mintió y entregó su última novela. Un verdadero examen de conciencia.

Con la historia de un vallisoletano, Cipriano Salcedo en la ficción creada por Delibes, el libro narra el auto de fe colectivo del Tribunal de la Inquisición que tuvo lugar el 21 de mayo de 1559, domingo, fiesta de la Trinidad, en la plaza mayor de Valladolid. Veintiocho personas fueron acusadas de herejía protestante, en una solemne ceremonia presidida por doña Juana de Austria, que gobernaba aquellos días España en ausencia de su hermano Felipe II, entonces viajando por el extranjero.

Quince de los acusados fueron condenados a muerte, agarrotados y quemados (uno vivo), y el resto a diversas otras penas de infamia, prisión y confiscación de bienes. Se dio la circunstancia de que la madre de los principales acusados, los hermanos Cazalla, doña Leonor de Vivero, en cuyo domicilio se reunían los herejes, había fallecido poco antes, pero aun así sus restos fueron desenterrados y quemados y su casa destruida y sembrada de sal.

Y como la tortura no satisface nunca al peor de los criminales, unos meses después, el 8 de octubre del mismo año, se efectuó una ceremonia similar en el mismo escenario, presidida esta vez por Felipe II, en la que condenó también por protestantes a otras dieciocho personas encabezadas por don Carlos de Seso y fray Domingo de Rojas, con el resultado de doce condenas a muerte y a la hoguera, dos fueron quemados vivos.

Delibes se acercó a estos hechos históricos para enmarcar la última y mayor de sus novelas. Un canto a la verdad y a la libertad, una reflexión sobre las víctimas de la historia frente al poder perverso de la Iglesia, la Inquisición, la monarquía y también, de paso, mostrar el retrato estremecedor de la condición humana, al constatar que la fraternidad se convierte en delación cuando llegan los apuros.

En todo caso fue El hereje la novela que hizo faltar a Delibes a su palabra de “jubilado de las letras”, explicable sólo porque era hombre de fidelidades. Hasta las más hondas raíces de su corazón. Fiel a la misma ciudad, al mismo periódico, a sus quereres. La constatación es la dedicatoria: “A Valladolid, mi ciudad.” Igual que Faulkner, fue escritor con territorio. En pocas ocasiones salió de ese mundo.

Delibes despertó el interés de los estudiosos de la literatura española y su celebridad aumentó desde que recibió el Premio Nacional de Literatura (1955), por Diario de un cazador; al cual siguieron: Premio Fastenrath de la Real Academia(1957) por Siestas con viento sur; el de la Crítica (1963), por Las ratas; Príncipe de Asturias (1982); Premio Juan March, por La hoja roja; Libro de Oro (1984) que le otorgaron los libreros; Premio de Periodismo Ramón Godo (1985), año en el que también recibió el Premio de las Letras de Castilla y de León; Premio Ciudad de Barcelona (1987) por Madera de héroe; Nacional de las Letras Españolas (199l) y el Premio Cervantes de Literatura (1993). Sólo faltó el Nobel, que se merecía, sin duda. Posibilidad que hoy es historia. Se fue y legó una novelística nada complaciente ante el alma humana, menos delante de los poderosos que ignoran la misericordia y la justicia.