Opinión
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Bolívar Echeverría (1941-2010)
José María Pérez Gay
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El siglo XXI será el escenario, según Bolívar Echeverría, de la última lucha de la moral universal ¿Lograremos ponerle fin al invernadero del bienestar en que se ha convertido el mundo o nos habituaremos a la desigualdad descomunal que gobierna el planeta? La imagen corresponde a 2004Foto María Luisa Severiano
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ecuerdo a Bolívar Echeverría, mi compañero ecuatoriano, discutir apasionadamente sobre Martin Heidegger y el destino fatal de la filosofía alemana en el Seminario de filosofía de la Universidad Libre de Berlín con nuestro profesor Hans-Joachim Lieber –que había sido en el exilio profesor adjunto de Karl Mannheim y Norbert Elias. Me admiraba siempre su dominio de la lengua alemana, el alemán de Bolívar era perfecto. Nos conocimos en el semestre de invierno de 1965, y comenzamos una amistad entrañable. A pesar de nuestras diferencias políticas, siempre sobrevivió nuestra amistad, porque Bolívar carecía de toda retórica en la amistad.

A partir de la Segunda Guerra Mundial, la filosofía alemana recorrió un largo camino entre la culpa y el silencio. Martin Heidegger es todavía hoy piedra de escándalo. El autor de Ser y tiempo cambia radicalmente el rumbo de la filosofía contemporánea al comprometerse, aunque sólo fuese por un breve periodo, con la política de los nazis: acepta el nombramiento de rector de la Universidad de Friburgo, pronuncia un célebre discurso sobre la razón de ser de la universidad alemana y sostiene que Adolf Hitler, el Führer, se ha convertido en una suerte de providencia divina. Los filósofos alemanes poseían, como los filósofos griegos y romanos, una tenaz influencia en las elites políticas y financieras. Por ese entonces tenían un inmenso prestigio académico que los llevaba a compenetrarse con todo género de iniciativas políticas durante la República de Weimar y a producir sin cesar nuevos temas de investigación. Así, Martin Heidegger, entre otras cosas, redujo la oposición filosofía–crítica hasta hacerla desaparecer. Al final de la Segunda Guerra Mundial, las cifras hablan por sí solas: según cálculos conservadores 42 millones de seres humanos perdieron la vida, otros comentaristas están seguros de que fueron 55 millones.

Toda la metafísica occidental ha sido platónica –me decía por ese entones Bolívar Echeverría–, porque ha procurado extraer la esencia del hombre fuera de la vida diaria; inventó siempre un observador omnímodo, un agente cognoscente y ficticio desprendido de nuestra experiencia común. Muy pocos filósofos han explicado como Heidegger la naturaleza de la condición humana, cuyo punto medular es la alltäglichkeit, que significa la vida diaria o, como la traduce José Gaos, la cotidianidad. Nos entusiasmaba la idea de una filosofía concreta, cuya explicación de la vida diaria fuese el eje cardinal de la realidad.

Nuestros fueron los sueños de la juventud. Nuestra gran diferencia filosófica y política que se resumía así: Karl Marx había condenado a la filosofía durante mucho tiempo a la esterilidad: Los filósofos sólo han interpretado el mundo; de lo que se trata es de cambiarlo, esta tesis sobre Feuerbach silenciaba a la filosofía, la desacreditaba como un instrumento de los ideólogos de las clases dominantes, una de las grandes estupideces del siglo pasado. El Bolívar joven afirmaba lo contrario; argumentaba desde la perspectiva de la filosofía de la praxis. Como dos buenos amigos, nunca más volvimos a tocar el tema ni discutimos de ningún tema filosófico, nos unía la presencia abrumadora de Walter Benjamin, su filosofía, sus interpretaciones y nuestras traducciones. Las verdaderas amistades nacen en la adolescencia y en la primera juventud, Bolívar se colocó siempre en el primer rango de mi vida. No sólo por el rol que jugaba Alemania, sino también porque la rebelión estudiantil alemana de los años sesenta entró de repente en nuestras vidas.

Nos unió una larga amistad con Rudi Dutschke, a quien conocimos en el Seminario del profesor Lieber. Dutschke, el líder estudiantil de Berlín víctima de un atentado en 1968 que, 14 años después le costó la vida. Rudi le decía a Bolívar, Roter Front Bolívar, señalando con ese nombre su espíritu combativo. Antes de su regreso a Latinoamérica, le dije que México era el país donde debía trabajar, le di varias direcciones, una casa de huéspedes y sobre todo un nombre: Adolfo Sánchez Vázquez. Por fortuna Bolívar Echeverría vivió el resto de sus días en México, se nacionalizó mexicano y formó una hermosa familia con la profesora Raquel Serur, tuvo dos hijos, Alberto y Carlos.

En la Vuelta de siglo (2002), Bolívar Echeverría sostiene que civilización y técnica son términos casi sinónimos. El gran conflicto, más exactamente, radica en que Occidente no cuenta con ofertas morales y políticas razonables para Oriente Próximo, América Latina, África y gran parte de Asia, donde la desigualdad social y la demografía degradan el carácter sagrado de la vida.

La exportación del Estado–nación ha resultado no sólo un fracaso, sino una absurda quimera. En muchas culturas no europeas, la gente tiene que buscar nuevas fuentes de sentido y nuevas formas de orden social, y la retórica occidental de los derechos humanos y de los estados nacionales se queda muy corta a la hora de abordar los verdaderos problemas políticos. Este vacío es una de las razones por las cuales el islam o las religiones domésticas, como el hinduismo y el animismo, logran una afluencia cada vez mayor; son energías comunitarias, escribía Bolívar Echeverría, de una fuerza inimaginable que interpretan necesidades vitales inmediatas. Lo hemos olvidado: el ser humano es el único animal que puede interpretar sus necesidades. La vida siempre se nutre de dos fuentes: la técnica vital para sobrevivir y la inspiración moral. El islam es irremplazable para millones de personas. Occidente carece además de un sentido del martirio: el cristianismo moderno es una religión posheróica mientras que el islam aún es heroico. Esa es la diferencia.

El siglo XXI será el escenario, según Bolívar Echeverría, de la última lucha de la moral universal. ¿Lograremos ponerle fin al invernadero del bienestar en que se ha convertido el mundo o nos habituaremos a la desigualdad descomunal que gobierna el planeta? ¿Miraremos impasibles cómo los países ricos y poderosos, gracias a los avances de la medicina y la genética, llegan a ser los propietarios del potencial antropológico mientras el resto de los individuos queda excluido del proyecto de la felicidad? La gran amenaza es una plutoracia antigualitaria que lleve a cabo una selección genética de los mejores, y que establezca quiénes son los verdaderos seres humanos. Bolívar Echeverría es, para mí, una conversación que tendré siempre.