Opinión
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Carlos Monsiváis, el coleccionista
José María Pérez Gay
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Objetos de decoración en la casa del cronistaFoto Barri Dominguez
M

oscú, 14 de junio de 1991. Carlos Monsiváis, caminando por una calle del barrio de Arbat en el centro de Moscú, me contaba que había encontrado en el bazar sabatino de la Plaza del Ángel, en la ciudad de México –que él y Rafael Barajas, El Fisgón, frecuentaban todos los sábados– un ejemplar de los seis volúmenes –de la primera edición– de la Historia Ilustrada de la Moral Sexual, de Eduard Fuchs, publicado el año de 1911 por la Editorial Albert de Langen de Munich, y que además –para mi envidia– se lo había obsequiado al pintor Francisco Toledo. Le dije que aquel ejemplar era una joya invaluable, porque los nazis –hasta donde yo sabía– no sólo habían incinerado, en 1934, las setenta y tantas ediciones de la Historia Ilustrada de la Moral Sexual, sino también –y sobre todo– habían incinerado una parte –y subastado la otra– de la colección de pinturas y grabados eróticos y sexuales de Fuchs, que quizá –hasta ese momento– era una de las colecciones privadas más importantes de Occidente.

Eduard Fuchs (1886-1940), periodista y anticuario socialdemócrata cercano a Franz Mehring –el Lenin alemán–, cofundador con Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht del SPD (Partido Socialista Alemán). Fuchs resultaba un personaje interesantísimo, pues provenía de una familia proletaria que lo formó para impresor, no había tenido formación universitaria, había participado en los círculos anarquistas de Munich, poseía una desordenada y vasta cultura, era conocido en los círculos burgueses alemanes como el coleccionista de arte más consultado antes de la Primera Guerra Mundial y el principal poseedor de las caricaturas de Honoré Daumier (considerado padre de la caricatura política moderna). Además, era millonario.

Invitados por una fantasmal Asociación de Escritores Soviéticos –que en paz descanse– al llegar a Moscú nos hospedaron en un extraño lugar a orillas de un lago; a la mañana siguiente nos dimos cuenta de que nos encontrábamos en el Asilo de Escritores Ancianos Soviéticos en Piridielkino, un lugar que Carlos Monsiváis vio como una premonición ineluctable de nuestro destino más próximo. Situado a setenta kilómetros de Moscú, Piridielkino el pueblo donde nació Boris Pasternak y el escenario de La Casa Rusia, una de las últimas novelas de John Le Carré. Al día siguiente nos anunciaron que viajaríamos a Kyrguizia; en un avión de Aereoflot cruzaríamos 9 horas de uso horario. Al llegar a Kyrguizia le dije: Carlos estamos en Arabia. Me respondió: Nos hace falta Simbad, el Marino. El maestro Lenin no se quejaba de las distancias. Después nos trasladamos a Leningrado –hoy, según el santoral: San Petersburgo–, caminamos a lo largo de la perspectiva Nevski, sin mencionar a Gógol–, cuatro kilómetros, se dice fácil, nos encontramos por primera vez en el Museo de L’Hermitage, y doy fe de un hecho para mí asombroso. Monsiváis me guió por las salas como si hubiera estado varias veces antes en ese lugar, lo conocía de memoria, en especial las salas de Matisse, conocía cuadro por cuadro, época por época.

Al regresar a Moscú, nuestro guía, un escritor ruso–soviético, cuyo nombre he olvidado para siempre, nos llevó a visitar librerías de anticuarios. Por ese entonces, en plena época de la Perestroika, los habitantes de Moscú habían exhumado todos sus libros y los ponían a la venta. Cuando entramos en la primera librería, Mosiváis se adelantó entre las mesas llenas de libros y, unos minutos después, me señaló el tercer estante, a la izquierda, arriba del mostrador. Ahí estaban perfectamente alineados los seis volúmenes de la Historia Ilustrada de la Moral Sexual, de Eduard Fuchs en la primera edición de 1911. Un acto mágico, sin lugar a dudas.

Conocí a Carlos Monsiváis una mañana de 1971, en casa de Carlos Pereyra y Eugenia Huerta, en una reunión del Consejo de Redacción de La cultura en México, suplemento de la Revista Siempre!, a la que me llevó Aguilar Camín. Nos dimos cita, hasta donde recuerdo, David Huerta, Jorge Aguilar Mora, Rolando Cordera, Héctor Aguilar Camín, José Joaquín Blanco y el mismo Carlos. Por ese entonces yo vivía en Alemania y le prometí a Carlos la traducción de unos textos de Elias Canetti y Hans Magnus Enzensberger. Permanecí muchos años en el Suplemento de la revista Siempre!

En el enorme fragmento Libro de los pasajes de París, Walter Benjamin afirma que el coleccionista ve al mundo en cada uno de sus objetos ordenados de acuerdo a un plan sorprendente que el profano nunca entendió ni entenderá. El coleccionista desprende a sus piezas del disparatado curso de la historia –del mundo falso– y las ennoblece al incluirlas en un nuevo orden creado sólo para ellas. Las borrosas fotografías enigmáticas que acompañan el texto, las proyectadas incursiones en la historia de las construcciones y edificios, los planos de elevación de las fortalezas y los planos de los campos de concentración y, sobre todo y ante todo, el alemán que escribe con un tono y una sintaxis de principios del siglo XX, garantizan la resurrección del pasado. No se puede leer Imágenes de la Tradición Viva sin conocer el Museo del Estanquillo.

Walter Benjamin se interesó en 1937 por la naturaleza del coleccionismo a propósito de su encuentro con Eduard Fuchs, propietario de una de las mayores colecciones del mundo de caricaturas, arte erótico y cuadros de costumbres. En su ensayo Eduard Fuchs: historia y coleccionismo, Benjamin plantea el doble problema de los caracteres sicológicos del coleccionista y de la naturaleza del coleccionismo en tanto que traslación de la historia de la cultura a un patrimonio de bienes. En relación con el primer problema, Benjamin detecta ya en Fuchs (y por extensión en todos los coleccionistas) los atributos de una sensibilidad ligada a un pathos (‘pathos’, voz griega que significa ‘sufrimiento y pasión’) específico, unos atributos que convierten al coleccionista en un individuo perteneciente a las minorías más excéntricas y complejas de la sociedad: A la figura del coleccionista, que con el tiempo aparece cada vez más atractiva, no se le ha dado todavía lo suyo. Nada nos impide creer que ninguna otra hubiese podido deparar ante los narradores románticos un aspecto más seductor. Son románticas las figuras del viajante, del jugador, del virtuoso. Pero falta la del coleccionista. Benjamin insiste luego en el interés que dicha figura presenta para la sicología. Y sabemos que la sicopatología moderna considera abiertamente el coleccionismo como una conducta ligada a naturalezas maníacas y megalómanas, estrechamente relacionada con comportamientos premórbidos, como la usura o la avaricia.

Sin embargo, más allá de los caracteres sicológicos del coleccionista, Benjamin se interroga, a propósito de Fuchs, sobre el sentido del coleccionismo en relación con la memoria y la recuperación de la historia. Para Monsiváis, tras la conducta del coleccionista privado se esconde la obsesión de visualizar el legado del pasado y de convertirlo en un patrimonio valiosísimo de bienes, unos bienes que no poseen valor pecuniario alguno, y que sin embargo constituyen un incalculable tesoro.

El arraigo de la propiedad en el espíritu del coleccionista –decía Monsiváis– y sólo este aspecto de la naturaleza del coleccionismo puede explicar el denominador común de este pathos a lo largo de toda la Historia: buscar, encontrar, clasificar y agrupar parte de la historia,de la cultura. Con Carlos Monsiváis muere uno de mis mejores amigos.