Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 20 de junio de 2010 Num: 798

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

La reforma migratoria y las elecciones en Estados Unidos
RAÚL DORANTES Y FEBRONIO ZATARAIN

Colombia: las causas del sufrimiento
JOSÉ ÁNGEL LEYVA entrevista con JORGE ENRIQUE ROBLEDO

El sector cultural: entre la parálisis y los palos de ciego
EDUARDO CRUZ VÁZQUEZ

Discurso a Cananea
CARLOS PELLICER

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Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
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Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


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Alonso Arreola
labalonso@yahoo.com.mx

Brian Eno en México

No podría estar en un mejor lugar que el Museo Anahuacalli, extravagante complejo de Coyoacán diseñado por Diego Rivera para exhibir su gigantesca colección de piezas precolombinas. Situada en una de las habitaciones superiores, la instalación de Brian Eno, 77 millones de pinturas, se adecua perfectamente a las condiciones del espacio haciendo de la oscuridad y techos altos un recinto de corte religioso. Hablamos de un caleidoscopio en forma de rehilete integrado a base de pantallas rectangulares de alta definición en las cuales se van proyectando, aleatoria y mezcladamente, numerosas obras plásticas del visionario músico. Entre ellas se cuentan trabajos de fotografía intervenida, óleos, dibujos y otras técnicas más que, si bien pierden organicidad en el mundo digital, ganan nuevos significados y connotaciones debido a su altísima definición, viveza y eterna combinación.

De acuerdo con los algoritmos del programa que las va empalmando lentamente, las piezas de esta colección logran un total de 77 millones de variables en un suave proceso acompañado por dos elementos no menos importantes: la música y un par de montículos de arena situados en su lateral derecha. La primera (de nombre “Ikebukuro”, como posible sarcasmo ante la agitada zona comercial tokiota de mismo nombre) suena como collage de fondo, abstracta, aún menos figurativa que la famosa Música para aeropuertos compuesta por Eno en ’78. Con teclados atmosféricos y progresiones minimalistas en las que apenas alcanzan a formarse pequeños acordes –nacidos de superposiciones como la que se ve en pantallas–, la elección de timbres resulta perfecta para crear un paisaje sonoro en el que no se sienten ni presienten charlatanerías. Muy por el contrario, la suma de lo visual y lo auditivo termina por invitarnos a una reflexión relajada en la que se puede flotar por horas, sea en uno de los pocos sillones dispuestos a la entrada o sobre la misma alfombra, como ha pasado con quienes han llenado el recinto, propiciando así la extensión de su estadía hasta finales de este mes.

Contribuyendo a la hipnótica experiencia está el segundo elemento del que hablábamos: los montículos de arena (uno más pequeño que el otro), sobre los cuales caen dos luces cenitales que también cambian de color conforme varían las imágenes frontales. Muy a la manera de jardines zen como el Daisen-In (1509) ubicado en Kioto, Japón (sin duda influencia para Eno y otros músicos contemporáneos como David Sylvian), estos pequeños cuerpos elevados otorgan un bello detalle orográfico a la sala, pero sobre todo invitan a desentrañar algunas alegorías conocidas: la dualidad vida-muerte, la soledad, el correr de los acontecimientos frente a un elemento que cambia con la mayor de las lentitudes para finalmente mostrar su revelación, el motivo de su existencia. En suma: dos islas (¿el artista y el espectador?) en medio del océano del Tiempo.

Asimismo, hay una pequeña pantalla extra que yace separada del rehilete luminoso, justo a la mitad de la distancia que lleva a los montículos de arena. Elemento de unión entre ambas cosas, representa una ruptura del balance, un “desmoronamiento” que acaso ejemplifica el descontrol final del artista sobre su obra. Como bien dice Eno en una entrevista explicativa que se puede ver en la planta baja del museo [es vergonzoso que con esas bocinas, esa televisión y en esas sillas], una de las cosas más interesantes de las instalaciones de arte generativo es que el artista influye al inicio con su concepto, introduciendo piezas como información digitalizada en un flujo específico, aunque finalmente no pueda predecir el producto de tan abierta combinación, misma que provoca la fantástica aparición de colores insospechados y el maridaje de formas en las que la obra A y la B terminan por crear la obra C, que no volverá a mostrarse sino hasta el paso de 76,999,999 pinturas más.

Para quien no lo sepa, diremos que el británico Brian Eno (1948) es uno de los compositores y productores más camaleónicos e influyentes de nuestro tiempo. Con trabajos que van de Roxy Music a Coldplay, pasando por U2, Talking Heads, David Bowie y Devo, entre muchos más, su arte sonoro y gráfico le ha dado la vuelta al mundo abriendo la posibilidad de conferencias y clases magistrales como la que, al momento de salir esta nota, habrá dado en persona en el Teatro de la Ciudad de México (martes 15 de junio). Por todo ello y por la belleza inherente al Museo Anahuacalli, sentarse a presenciar un pequeño fragmento de estas 77 millones de pinturas (formada con trescientas hechas en los últimos veinte años) parece una buena opción para acabar con una esplinética semana. Cabe decir, además, que algunas de las obras están a la venta físicamente.