Opinión
Ver día anteriorLunes 21 de junio de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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TOROS
¿La Fiesta en Paz?

Cardona Peña, taurófilo

A

sí como no pocos intelectuales son y han sido antitaurinos, como el recientemente fallecido Carlos Monsiváis –que en nuestros encuentros en la revista Vogue México nunca me quiso creer que muchos ganaderos de reses bravas aman a sus perros, gatos, aves y caballos tanto como a los toros que crían–, otros pensadores, poetas y ensayistas se han acercado al fenómeno taurino con curiosidad intelectual, es decir, diferenciando realidades socioculturales de filias y fobias personales.

Alfredo Cardona Peña –San José, Costa Rica, 1917-México, DF, 1995– fue uno de esos prolíficos escritores que al dominio de los géneros –periodismo, crónica, ensayo, poesía, cuento– añadió el interés por los más diversos temas de la vida del país que lo acogió y valoró como el espíritu renacentista que fue.

En su gozoso libro de ensayos Crónica de México, editado en 1956 por la Antigua Librería Robredo dentro de su colección México y lo Mexicano, hay un breve y sustancioso texto titulado precisamente Los toros, en el que Cardona Peña da rienda suelta a su refinada inspiración no obstante el sanguinolento pretexto. Aquí una muestra:

“Los cosos mexicanos arden como ascuas, empapados de petróleo emotivo, como antaño los festivales de Tezcatlipoca. Se va por la avenida de los Insurgentes hasta la gran plaza que los habitantes de Marte miran con sus telescopios, asombrados de que en la Tierra existan los cíclopes…”

“Si se adulteraran las memorias hereditarias no habría domingos para el deseo, se carecería de esta misa roja que es la corrida, de este último altar mayor del sacrificio, donde el pueblo va a rezar a sus hundidos penates y levanta la hostia del corazón idolátrico, sin saberlo ni sospecharlo. Siempre me ha divertido leer crónicas taurinas firmadas por norteamericanos, condes de Bretaña y señoras de ojos azules…

“Son, todos ellos, europeos sin sol, hombres civilizados en el más alto sentido, que han logrado romper las ataduras de la emoción a lo largo de familias enteras, centenares de abuelos y quietudes morales. Son, para decirlo de una vez, los aristócratas de la sangre, los nobles por vencimiento popular, los más desarraigados del instinto, los que han logrado, por alquimias desoladas, transmutar el barro genésico en un metal sin calor… temperamentos que discriminan estas salidas al pasado porque sus vidas han estado ajustadas a una educación que, por años, pretende apagar el fogonazo de lo primitivo.”