Cultura
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El gesticulador
Olga Harmony
N

o ignoro que El gesticulador de Rodolfo Usigli, escrita en 1938 y estrenada nueve años después, marca un hito en la historia del teatro mexicano porque se opone a la corriente universalista de los Contemporáneos y porque trata los problemas nacionales postrevolucionarios sin la intención satírica con que el autor se había opuesto en otras obras, como sus comedias antihistóricas, a vicios y costumbres del sistema. También que su estreno molestó grandemente a políticos que sin duda habían acudido y por ello, a pesar de que había tenido un gran éxito de público y crítica, fueron suspendidas sus representaciones al cabo de dos semanas, con lo que las diferencias entre Usigli y Salvador Novo, a la sazón director de Bellas Artes, se convirtieron en franca guerra, por lo que se constata la profundidad con que incidió en situaciones y personajes de la política de entonces. Todo ello ha convertido a esta pieza para demagogos en algo digno de reverencia por quienes la conozcan.

Con todo, siempre he tenido muchas dudas acerca (primero en lectura y después al verla en escena creo que por última vez antes de la que me ocupa en 1983 dirigida por Rafael López Miarnau) de un punto muy importante de este texto capital y que el teatro me perdone el sacrilegio si es que cometo alguno. No he podido entender cómo el autor del Itinerario del autor dramático y docente de composición dramática pudo incurrir, sin que mediara explicación que la justificara, en la absurda coincidencia de que en un mismo pueblo, es más, en la única (calle) que tenía el pueblo entonces... la Calle Real y en la misma fecha hubieran nacido dos varones a los que llamaron César Rubio sin que tuvieran la mínima relación y sin que nadie se percatara de tal hecho. La ambigüedad del principio, en que el maestro mal pagado por la universidad podría o no ser el mítico revolucionario crea un interés que se pierde ante la revelación que hace el general Navarro. La increíble memoria del modesto profesor, que recuerda todos los rostros de la gesta revolucionaria sólo por sus estudios, que lo hacen el hombre que más sabe de la historia de la época, es poco verosímil, pero pasa a segundo término una vez aceptada la convención. Sin embargo, por más reparos que se hayan tenido y se tengan, hay una fuerza simbólica en el texto que lo hace tan subversivo ahora como lo fue en su estreno.

Es interesante que para festejar el centenario de la Revolución se elija una obra que pone en jaque sus resultados y en el momento actual nos hace ver que la mentira se hereda sexenio a sexenio, sean cuales sean las siglas del partido dominante, lo que no deja de ser desalentador. El final, cambiado por el director Antonio Crestani, entre otras ligeras variaciones, como son cambiadas las palabras hipócritas de Navarro, nos remite al asesinato de Colosio y a otros hechos dolosos del siglo pasado y lo que va del actual y confirma la podredumbre sistémica. Resulta muy loable que sea una empresa privada, el Centro Deportivo Chapultepec, la que elija esta obra para inaugurar un nuevo espacio teatral, el Foro Cultural Chapultepec con un buen reparto bajo la dirección del también adaptador Antonio Crestani.

El nuevo teatro es cómodo y funcional y ojalá mantenga propuestas fuera de lo meramente taquillero, pero luce en escena una muy desafortunada escenografía debida a Luz Bracho y Mario Lazo que no recuerda una vieja casa de pueblo de la época, con esa escalera roja y lo poco distinguible de los espacios interiores. En ella el director establece un trazo eficaz y limpio, con buen ritmo y correcta dirección de actores, que se podría ver empañada por las sobreactuaciones fársicas de Irineo Álvarez (Epigmenio Guzmán, presidente municipal), Fernando Banda (Mondragón, diputado local) y el buen actor que suele ser Jorge Ávalos (el licenciado Estrella, representante del partido) en la primera parte y que afortunadamente se corrigen en la segunda de las dos en que se han dividido los tres actos originales. Excelente en matices y voz Juan Ferrara como el protagónico, eficazmente secundado por Verónica Langer como Elena, Julián Pastor como Bolton, Joaquín Garrido como el general Navarro y los jóvenes José María Mantilla como Mario y Damayanti Quintanar como Julia, todos con vestuario de Lisete Barrios. La escenofonía es de Rodolfo Sánchez Alvarado y la iluminación de Agustín Casillas.