Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 1 de agosto de 2010 Num: 804

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RICARDO YÁÑEZ entrevista con DANIEL GIMÉNEZ CACHO

Viaje a Nicaragua: una aventura en el túnel centroamericano
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Viaje a Nicaragua: una aventura en el túnel centroamericano


Niños guatemaltecos. Foto: www.redhum.org

Xabier F. Coronado

Una evidencia que pocas veces nos paramos a pensar: México y la mayoría de los mexicanos viven de espaldas a Centroamérica. Para los habitantes de este país sólo existe la frontera norte, a donde dirigen todas las miradas, proyectan sus anhelos y donde se concentran el amor y el odio nacional. El paradigma estadunidense ejerce una atracción extrema sobre los mexicanos, hasta el punto de generar un total desinterés sobre la realidad que se vive más allá de la otra frontera, la frontera sur.

Pero, ¿cuál es la realidad centroamericana? ¿Cómo puede el viajero que se decida ir más allá de la frontera sur, encontrar una ruta que le introduzca en ese istmo que une continentes?

Para poder contestar a estas preguntas, no cabe otra posibilidad que lanzarse por el túnel centroamericano en un viaje por tierra que reúne todos los ingredientes para convertirse en una insólita aventura. Adentrarse por carretera en esos países puede ser fascinante para cualquiera que disfrute de la certidumbre de no saber qué va a encontrar un poco más allá.

Voy a narrar una travesía desde el DF a Nicaragua, el corazón de Centroamérica. Podría intentar hacer un relato exhaustivo, describiendo personajes, actitudes y anécdotas, pero nunca sería como la realidad, por eso me conformaré con hacer un reporte de lo más importante que aconteció durante el viaje.

Para viajar hace falta, además de tener el deseo y el tiempo, un elemento fundamental: dinero. Para superar ese obstáculo financiero, y como existen varios niveles de desplazamiento por los caminos centroamericanos, vamos a seguir el más económico. Voy a Circunvalación, a la altura de la calle Emiliano Zapata, de allí salen camiones a San Cristóbal de las Casas que cuestan sólo 250 pesos. Hay varias compañías y todas parten después de las 6 pm. El viaje es directo, duermo toda la noche y antes de las 6 am llegamos al destino. Sin más demora abordo una combi hasta Comitán, 35 pesos, una hora larga de recorrido mientras amanece en los altos de Chiapas. Luego otra combi, esta vez hasta la frontera, hora y media más y otros 35 pesos. Tengo que sellar la salida de México en la oficina aduanera, el trámite es rápido, no hay fila a esas horas. Un desvencijado taxi me lleva al otro lado por 8 pesos; son unos kilómetros en tierra de nadie hasta Guatemala. A lo largo de esta carretera se monta los fines de semana un tianguis donde venden todo tipo de productos. En la aduana me dan noventa días de estancia para Centroamérica, que comprende Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua.

Por La Mesilla, una calle en cuesta abarrotada de tiendas y hoteles se llega a la terminal de autobuses. Tengo que atrasar el reloj una hora, son las 9 de la mañana. Busco un bus hasta Huehuetenango; el próximo sale en diez minutos. Mientras espero, mujeres y niños ofrecen agua, frutas y comida. El viaje se hace pesado, son camiones antiguos que paran en cualquier lugar a recoger pasaje. La estrecha carretera está llena de curvas, el paisaje es bello, montañoso, con ríos y bosques. En Huehue, no hay camión hasta Cd. de Guatemala y decido abordar uno que me lleva hasta Cuatro Caminos, un nudo de carreteras donde tengo más posibilidades de encontrar otro bus directo a la capital.


Garita de la frontera de Honduras con Nicaragua

La carretera recorre un altiplano rodeado de cerros, suben y bajan pasajeros, mujeres indígenas con su atuendo tradicional, cargan niños y bolsas. En el camión, los estrechos asientos son para tres personas y el pasillo queda bloqueado por los cuerpos que sobresalen de cada lado. Vencido por el cansancio y arrullado por el motor, me quedo dormido. Hace calor, es más de mediodía y me mantengo en un duermevela donde se mezcla la realidad con lo fantástico.

Llegamos a Cuatro Caminos, espabilo y me alisto con mis cosas, salto al asfalto, tengo suerte, en el otro lado del cruce está esperando un bus de línea que viaja directo a la capital. Compro un plato de comida, me siento y me relajo, más o menos en tres horas estaremos en Guate y todavía será de día. Después de pasar por Los Encuentros, otro cruce de carreteras, se ve el lago de Atitlán entre volcanes. Me quedo con esa hermosa visión en las pupilas, el camión veloz sigue su ruta. El transporte es barato en Guatemala, desde la frontera gasté menos de 100 pesos al cambio.

En la capital la suerte juega de nuevo a mi favor, me dejan en la Zona 1. Sólo tengo que caminar unas cuadras hasta la 9ª Avenida, voy al hotel España, de allí dos “excursiones” salen casi todos los días para Nicaragua. Hacen el mismo recorrido y cuestan aproximadamente igual. Llamar “excursión” a estos viajes es un ardid para tener una línea de autobuses sin pagar impuestos. Lo curioso es que el concepto excursión es el más adecuado, ya que los pasajeros se acaban convirtiendo en una gran familia que viaja unida.

En el hotel están los responsables del bus “Rey de Reyes”, me reconocen, hace apenas unos meses que viajé con ellos, y me rebajan el boleto de 25 a 20 dólares. Como aún es temprano busco otro hotel que sea más tranquilo y, en la misma calle, encuentro el hotel Montecarlo. Por 50 Q (unos 6 dólares) me dan una habitación con TV y baño afuera. Apenas hay huéspedes y el chalán me indica un lugar barato para comer algo, “es donde yo ceno y se puede repetir tortillas y café”. Al atardecer, el centro está lleno de oscuras cantinas y de puestos de comida donde jóvenes indígenas preparan tortillas a mano y guisados, la opción de cenar en la calle es barata y sabrosa. Busco la fonda que me aconsejaron en el hotel, efectivamente es económica (8 Q) y la comida rica, una variopinta clientela, desde marginados a obreros y ayudantes de almacén, llena las mesas. La noche en la Zona 1 es poco segura, aflora de los portales y circula por sus calles gente que se busca la vida, pero caminando con tranquilidad por las vías más iluminadas no hay un peligro excesivo. Si se es temeroso o no se siente buena vibra, lo mejor es quedarse descansando en el hotel.

El centro por la mañana es más alegre, las banquetas se llenan de puestos de todo tipo. La gente camina y compra sin prisas. Desayuno en el mismo lugar que cené anoche, ya me conocen las meseras y platico con un cliente, filosofamos sobre la vida. El bus no sale sino hasta las 2 y deambulo por el centro toda la mañana. Es mejor ir una hora antes al aparcamiento frente al Hotel España para apartar lugar.

El paso por Centroamérica en una de estas naves es una aventura, una verdadera odisea. Siempre ocurre algo en este viaje a través del tiempo y el espacio, las circunstancias particulares con las que cada excursión se encuentra dejan muchos huecos por donde se pueden colar todo tipo de situaciones inesperadas. Quien se decide a hacer este viaje ha de ser consciente de que su duración y su desenlace son imprevisibles. Nadie tiene el control sobre lo que va a acontecer. Hace unos meses esta excursión recibió un ataque con granada, dicen que fue por no pagar la cuota que las maras exigen a las compañías que circulan por estas carreteras. No hubo víctimas, pero el único pulman de la compañía quedó bastante deteriorado tras el atentado. Hubo otros casos más graves, pero mejor será no comentarlos.


Calle en Managua, Nicaragua

A las 3 pm encienden el motor del “Rey de Reyes”; somos veinticinco pasajeros y un montón de equipaje desparramado por todos lados. Antes de salir del centro de la ciudad ya se producen tres bajas, una mujer que viaja con su hijo no tiene pasaporte para el niño. Daniel Pinolino, el encargado de recoger la identificación de cada viajero, avisa a Álvaro, el chofer: “Oríllate donde podás.” Sin documentación no se puede viajar, la mujer se enfada con el hombre que la acompaña y comienza el pleito: gritos, reproches y empujones... a los 5 minutos seguimos viaje con las tres bajas reseñadas. Todavía no salimos de la ciudad cuando un policía de tránsito nos hace parar de nuevo, el chofer baja con los papeles, hubo un intercambio de palabras (quién sabe si de algo más) y después de unos minutos reemprendemos la marcha sin más contratiempos.

Pasamos sin novedad la frontera de El Salvador, lo único reseñable es la colecta, de un dólar por persona, que hace la dueña del autobús para evitar la revisión de los equipajes (ella es la responsable de la excursión). Todos contribuimos sin cuestionar la estrategia, así son las cosas y el sistema se perpetúa a sí mismo.

Oscurece y el tráfico va disminuyendo, casi nadie circula de noche por estas carreteras. Unos 50 kilómetros antes de cruzar la frontera de El Salvador con Honduras tenemos el primer susto. La dueña grita: “¡Qué ruido es ese hijoepucha!” y segundos después revienta una rueda. Paramos al borde de la carretera; en medio de la oscuridad más absoluta, Álvaro baja para investigar el percance. Es una rueda del doble juego que llevan atrás estos autobuses. De repente, unas luces surgen de la noche, un vehículo se acerca en sentido contrario, se detiene. Es otro bus-excursión que viene de Managua y se materializa como por arte de magia. Nos deja una rueda de repuesto antes de volver a desaparecer como un espectro: increíble. El vehículo en que viajamos carecía de refacción para el viaje: desconcertante.

El chofer decide continuar hasta encontrar un lugar, con luz y más espacio, donde efectuar el cambio de rueda. Tras 20 kilómetros a marcha lenta, con el sonido de la rueda deshaciéndose sobre el asfalto, llegamos por fin a una gasolinera. Hay algún tráiler pernoctando en el área. Comienza la tarea del recambio, pronto nos damos cuenta de que la herramienta está barrida. Permanecemos unos minutos sin saber qué hacer, hasta que resolvemos despertar al conductor de una camioneta que transporta plátanos. Tiene la herramienta que nos hace falta. Un rápido trabajo en equipo nos permite continuar la ruta.

La frontera con Honduras es dura de pasar, nos hacen bajar todas las maletas para revisarlas y echan un perro a olfatear el equipaje. Nada, seguimos el viaje. Llegamos a Nicaragua a las 5 de la mañana y la aduana está cerrada. Desde que se produjo el golpe de Estado contra el presidente Manuel Zelaya, el gobierno de Nicaragua decidió cerrar la frontera durante la madrugada.

Algunos pasajeros intentan dormir, ayudo a Pinolino a rellenar las hojas de aduana de los pasajeros. En la lista somos veintidós, pero sólo tenemos la identificación de dieciocho. Recordé que pocos minutos antes había visto cómo una señora, que viajaba con su hijo en nuestro bus, arrastraba su pesada maleta por el área posterior de la aduana. No volvemos a saber de ella, tampoco de su hijo. Otros dos también habían desaparecido.

Todos esperamos la reapertura de la frontera. En la excursión viaja una joven nica que se hizo amiga de otro pasajero, un guatemalteco que carga una Biblia y a veces parece consultarla. Ahora están fuera del bus y beben en animada charla, no sé de dónde sacaron las cervezas.

Por fin llegan los guardias, voy con Pinolinoa las oficinas aduaneras para llevar los impresos que habíamos rellenado. Al regresar ya están revisando los equipajes. La rueda reventada, que había sido colocada en la parte posterior del pasillo entre los asientos, es una hidra de alambres que se empeña en picar a los policías que pasan abriendo bolsas y paquetes. Hay que pagar unos córdobas de impuestos por algún producto que se repite por docenas. Los responsables de la excursión compran mercancía y obtienen ingresos extras para mantener el precario negocio que regentan (en otra ocasión me tocó presenciar cómo la dueña repartía un costal de tenis entre los pasajeros para no pagar en las aduanas).

Cuando por fin se terminan los trámites nos ponemos en marcha, pero faltan la joven nica y el chapín. Tanto sus documentos como el equipaje permanecen en el autobús, nos detenemos. Hay división de opiniones; unos quieren que sigamos sin ellos y otros que regresemos a buscarlos al aparcamiento. Volvemos. No tardan en aparecer, desaliñados y borrachos, de detrás de unos setos.

Ahora sí, ya estamos en Nicaragua, todos contentos, risas, distensión, lo conseguimos. A las 10 de la mañana entramos en Managua. En la terminal, una casa particular cerca de la Glorieta de Santo Domingo, todos nos despedimos afectuosamente. Abrazo a Álvaro y a Pinolino, dentro de unas semanas, cuando regrese, volveremos a viajar juntos en esta excursión que recorre el túnel centroamericano con nocturnidad y alevosía.