Opinión
Ver día anteriorMiércoles 4 de agosto de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
A salvo en un MRAP
Alejandro Nadal
B

arack Obama ha confirmado el plan de retirar las tropas estadunidenses de Irak. A partir del 31 de agosto sólo quedarán 50 mil soldados de Estados Unidos en el país de Mesopotamia para dedicarse al entrenamiento de los cuerpos de seguridad del nuevo Irak. El retiro completo de esta fuerza de transición se consumará a finales de 2011.

Eso no quiere decir que la ocupación ilegal de Irak habrá concluido. El designio imperial quiere que las instituciones y leyes del nuevo país sean amigables con las empresas estadunidenses. Después del infierno de cientos de miles de civiles muertos y del cinturón de prisiones y campos de tortura (Abu Ghraib a la cabeza), las cicatrices de la invasión tardarán mucho en desaparecer. Además, a Obama le queda un largo camino para salirse del otro gran depósito de estiércol que es la guerra en Afganistán. Ahí tiene Obama su propia guerra y no puede endilgársela a Bush.

En plena crisis, el Congreso estadunidense ha autorizado un presupuesto adicional de 59 mil millones de dólares para el esfuerzo bélico en Afganistán. Estos recursos incluyen el costo del incremento de tropas que ordenó Obama. Bajo su presidencia el número de soldados estadunidenses en el país de Asia central ahora rebasa los 92 mil.

Frecuentemente la guerra en Afganistán ha sido comparada con la de Vietnam. Pero la verdad es que hay algo nuevo en este conflicto. Todo comienza con los vehículos de transporte de personal. Los lectores han escuchado hablar de los Humvees, la versión militar de los Hummers que todavía se ven en nuestras calles. Pues bien, los Humvees resultaron ser una trampa mortal al ser atacados con las llamadas bombas improvisadas en Irak y fueron remplazados por otros vehículos llamados MRAP. Ese acrónimo corresponde a un vehículo blindado resistente a las minas terrestres y con protección para emboscadas. El vehículo transporta siete soldados con sus equipos y durante algún tiempo se le consideró la respuesta al problema de los artefactos explosivos improvisados. (Por cierto, no sé por qué los militares estaunidenses insisten en usar el calificativo de improvisado a un artefacto que lleva tiempo armar, colocar y que les espera a veces durante horas para ser detonado. Creo que los improvisados son otros. Pero me estoy desviando del tema.)

Los MRAP tienen un problema. Su eje de gravedad es muy alto y se voltean fácilmente. Por eso su interior está lleno de manijas para sujetarse en caso de una volcadura. Pero los soldados deben salir arrastrándose por las compuertas en esa eventualidad, lo que anula la dizque protección anti-emboscadas.

Por eso el ejército, siempre atento a la seguridad de los muchachos lejos de la zona de confort, mandó diseñar un vehículo más resistente y sin esos inconvenientes. El resultado es el súper M-ATV, un vehículo todo terreno que es también resistente a las minas. Una dificultad es que sólo puede transportar cinco soldados, lo que implica que se necesitan más de estos vehículos. Por cierto, cada M-ATV cuesta medio millón de dólares, traga gasolina como nadie y como es un modelo nuevo, se descompone con frecuencia (vea la evaluación en el número de julio 2010 de www.automobilemag.com).

El nuevo vehículo es la antítesis de la estrategia contra-insurgente que según el Pentágono se aplica en Afganistán. Esa estrategia, que responde al extraño acrónimo de COIN, supuestamente está basada en el acercamiento de las tropas invasoras al pueblo afgano. Lo que menos quieren los ocupantes de un M-ATV es que alguien se les acerque vendiendo chicles. Pareciera que cada uno de estos vehículo tuviera la palabra MIEDO escrita en el parabrisa.

Para Washington lo importante es mantener una nueva ilusión: la guerra no tiene por qué ser tan molesta. Si en las trincheras de la Primera Guerra Mundial los soldados vivían meses en el lodo junto con los cadáveres de sus colegas caídos, y si en Vietnam tenían que pelear en los pantanos infestados de mosquitos en el delta del Mekong, hoy en Afganistán el Pentágono procura que predomine la cara amable de la guerra. Sus bases militares reflejan esta obsesión por el confort que agobia a la sociedad estadunidense. Aire acondicionado por todos lados, buenos menús en el comedor y una limpieza impecable gracias a los trabajadores filipinos, indios y croatas que los contratistas privados han llevado al corazón de la guerra contra el terrorismo.

Por supuesto, todo eso cuesta. No cabe duda que el acrónimo de la estrategia COIN (que significa moneda) es el menos adecuado. El costo estimado de cada soldado estadunidense en Afganistán supera el millón de dólares por año.

Aún la obsesión por la comodidad no podrá quitar el horror de la guerra. Las tropas estadunidenses deberían leer los escritos del general William Tecumseh Sherman, el principal jefe militar norteño en la Guerra Civil de aquél país. Un pasaje es especialmente relevante: Nadie puede describir la guerra en términos más duros que yo. La guerra es un infierno.