Opinión
Ver día anteriorMiércoles 4 de agosto de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Melón

Doña Graciela

Luis Ángel Silva
Foto
Graciela Olmos, La BandidaFoto Cortesía de Estrella Newman
E

ra una casa de arquitectura muy bella, aunque ya dejaba ver el paso de los años, situada casi en la esquina de Durango y Salamanca, frente al Palacio de Hierro. En la planta baja las salas, en la parte alta las recámaras y en una especie de semi sótano un lugar llamado la covacha, que fue mi sitio favorito, así como mi refugio. También en la azotea, el palomar supo de mi vida de crápula de la que no me enorgullezco, pero tampoco me avergüenzo. Como cantó José José, ya lo pasado, pasado.

Pero déjeme contarle, mi asere, que esto que relato es por una promesa que hice y la estoy cumpliendo, porque tengo palabra. Esa casa cobraba vida en las noches y era un monumento al placer, donde las niñas de la noche eran, como decía el Schubert, vestales dignas de concursos de belleza, mejores que las de esta época. No eran hechas a mano, sino dotadas por la naturaleza para el deleite de los suertudos y de los que podían pagar sus favores.

Esta casa fue la única que conocí de doña Graciela Olmos, a quien apodaban La Bandida, y éste, su enkobio, respetó y admiró porque le vi rasgos dignos de mejores elogios y pude escuchar en petit comité varias de sus canciones, como el estreno de “soldado de línea/ de caballería/ no es como el artillero/ cargan sus fusiles a la granadera/ parecen indios flecheros. También en su voz La enramada, que me parece bellísima, y otra de la cual recuerdo unas cuantas palabras: Estoy en el puente de mi carabela...

En ese lugar, precisamente en la covacha, llegué con mis penas que fueron dolorosas en aquellos años y ahora son torrente de recuerdos, pidiéndole a doña Graciela que cuando se terminaran 15 mil pesos me hiciera salir de su casa, me pusiera en un taxi y no le dijeran a nadie que me encontraba en la covacha. Quería estar sólo, rumiando mi desconsuelo. Empecé a beber como náufrago y después de un tiempo tocaron a la puerta seguido de gritos que eran de Álvaro Carrillo: Abra, maestrito, abra soy yo. No pude negarme y abrí. Detrás de él se encontraba Piri, mesero de la casa, que se deshacía en disculpas, sobre todo porque sabía de la amistad que me regaló Alvarito, que también venía herido, y así la descarga se formó. Mandamos llamar al Pingüino, un trovador sensacional que era de los de casa y sabía canciones que llegaban hasta la médula, entre ellas La china hereje.

Desde luego, en otras ocasiones fui testigo de destrampes y orgías, pero aunque usted no lo crea no sé lo que es el amor comprado y en esos lugares lo que me impulsaba era la bohemia y la admiración que sentía y aún siento, por todos aquellos que me regalaron momentos que disfruté al máximo, porque no es lo mismo disfrutar a un artista en el escenario, que oírle sus preferencias. Por lo menos así lo siento. Y, permítame, monina, la presunción, no cualquiera tiene a su alcance ese deleite que me proporcionaron aquellos figurones que en esta época no encuentro.

Oírle a Juan Neri El guardián era todo un agasajo: Yo te pido guardián que cuando muera/ Borren los rastros de mi humilde fosa/ no permitas que nazca enredadera/ ni que coloquen funerarias lozas. Escuchar a Leonel Polanco composiciones de Pepé (sic) Delgado, a Daniel Riolobos Añorado encuentro, a Memo de Anda su canción que grabó Miguel Aceves Mejía: No voy a darte más molestias en la vida/ No tendrás nunca más angustias por mi amor, y qué decir de Pepe Jara, monina, esto todavía lo estoy gozando.

Para los morbosos les diré que para estar a la moda, pero sin balconear a nadie, sí hubo pericuá (en francés). Pero como dicen en Veracruz acerca de las mentadas de madre que son como las llamadas a misa: el que quiso ir, fue, y el que no, pues no. De todas formas quiero dejar en claro que eso fue ayer, como decía la fiera Carlos Daniel, y dedicarle un recuerdo a Estrella Newman, que según tengo entendido escribió un libro acerca de La Bandida y no lo han publicado. ¿Por qué?

Sin embargo, le diré, mi nagüe, que recuerdo con mucho cariño a Teresa, una lindura que todos los domingos iba a bailar al Fénix, salón de baile donde actuaba un servidor con Los Guajiros del Caribe. Al terminar mi labor le daba un aventón a esta criatura del Señor al Monumento a la Revolución, para que tomara un camión que le llevaba a los Viveros de Coyoacán, donde vivía. Años después estuve en su casa de Contreras, donde hizo labor social muy meritoria. También un recuerdo con gran admiración para don Roberto Blanco Moheno con quien pasé varias madrugadas llorando (y órale y órale) y hablando de Miguelito Valdés, a quien él consideraba un monstruo de talento y con el que grabó un disco. ¡Vaya lujo!

Me despido, caro lector, diciéndole que lo quiero gratis, no le cuesta nada. ¡Vale!