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¿Quién quiere ver cine mexicano?
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Felipe Cazals recibió de manos del presidente de la academia mexicana de cine, Pedro Armendáriz, el Ariel de Oro por 50 años de trayectoria, pero Chicogrande, una de su mejores cintas, tuvo una fugaz presencia en carteleraFoto Jesús Villaseca
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al vez el espectador perspicaz se haya dado cuenta de un fenómeno particular de la actual cartelera cinematográfica veraniega. Al menos en las tres cadenas principales de salas múltiplex en esta ciudad –Cinépolis, Cinemex y Cinemark– no se exhibe ni una sola producción nacional (y no, Fuego de Guillermo Arriaga, no cuenta). Ahora sí, el tiempo en pantalla asignado al cine mexicano es exactamente de 0.0 por ciento.

Ya se sabe, es la temporada del dominio total del blockbuster hollywoodense. Es cuando se debe aprovechar la gran cantidad de gente en vacaciones, niños y adolescentes sobre todo, para darle lo que quiere: películas costosas y espectaculares, en 3D de preferencia. Entonces los escasos distribuidores de material mexicano optan por no enfrentarlo a la competencia desleal y guardarlo para otras fechas. Ya en septiembre empezará la encarnizada pelea por ocupar las plazas que deje libre el cine hollywoodense.

No que abunde el público interesado, de por sí. Estrenar dos títulos nacionales el mismo día implica siempre el sacrificio comercial de uno de ellos. Hace poco se dio el estreno simultáneo de Abel, de Diego Luna, y Chicogrande, de Felipe Cazals. Apoyada por una intensiva campaña televisiva y la ubicuidad de Luna en los medios, la primera resultó un éxito –el único del cine nacional en lo que va del año– mientras que la segunda, sin duda una de las mejores obras de su autor, tuvo una estancia breve por la cartera capitalina.

En abril quien esto escribe participó en un simposio sobre cine latinoamericano en la Universidad de Harvard y mi ponencia fue precisamente sobre cómo la mayoría de las producciones nacionales son ignoradas por el público a quien están dirigidas. Los otros participantes se sorprendieron con el dato pues, a juzgar por la fuerte presencia de cine mexicano en festivales internacionales, suponían que este se encontraba en un boom.

Los números no mienten. De acuerdo con los reportes estadísticos de Nielsen, en 2009 se estrenaron 42 producciones nacionales –es decir, menos de una por semana. Entre ellas, sólo un título rebasó el millón de espectadores, Otra película de huevos y un pollo, con un total de 3 millones 95 mil espectadores. ¿Cuánta es la diferencia con el mayor éxito de taquilla extranjero?

Ya considerada la película de ganancias récord en la historia del cine, Avatar fue vista por 10 millones 78 mil mexicanos; es decir, más del triple que lo conseguido por la única contendiente nacional en el Top Ten. Pero incluso un éxito más moderado como Alvin y las ardillas 2, también de animación y dirigido a un público infantil, pero hecho en Hollywood, rebasó el total del producto mexicano con 3 millones 320 mil espectadores.

Por otro lado, películas mexicanas bastante más ambiciosas –antes exhibidas y algunas veces premiadas en foros extranjeros– languidecieron en cartelera sin atraer a más de 40 mil espectadores cada una. Ese fue el caso compartido de Los bastardos, Cinco días sin Nora, Cochochi, Desierto adentro, Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo, Rabioso sol, rabioso cielo, Voy a explotar y Wadley.

Imcine reporta con satisfacción que la producción cinematográfica anual rebasa un número garantizado de 50 largometrajes al año. Pero, a excepción de dos o tres que logran atraer al espectador de clase media que asiste a los múltiplex, todas las demás terminan en el limbo de la distribución y la exhibición inadecuadas. (No es casualidad que la opinión pública proteste cada año porque nadie conoce los títulos candidatos al Ariel. No es culpa de la Academia).

El encabezado de este artículo no es una pregunta retórica. Ante la evidencia, cabría preguntarse si existe un público para el cine mexicano fuera de los festivales y las salas alternativas. Es mi firme creencia que sí. A juzgar por su notoria presencia en el mercado pirata, uno confía que, en una población superior a los 100 millones de habitantes, hay suficientes interesados en el producto nacional como para mantenerlo vivo. Son los mecanismos para difundirlo los que obviamente no funcionan.