Opinión
Ver día anteriorDomingo 5 de septiembre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Cuando el concepto de banqueta tiene importancia
M

i domicilio, que es el de ustedes, está en Polanco. Hay un garaje colectivo en el que caben tres vehículos en cuatro líneas, con lugar para un automóvil por cada departamento y, antes de la banqueta, una zona que permite el estacionamiento de vehículos propios o ajenos que no invaden la acera.

Hace unos días unos ejemplares de policías de tránsito, sin mayores argumentos, se llevaron con grúa los vehículos que estaban estacionados en la zona indicada, obviamente, sin invadir la banqueta. Invocaron como pretexto el artículo 71 del reglamento de tránsito del Distrito Federal, cuya fracción primera prohíbe estacionar un automotor sobre las aceras.

Los agentes, o quienes les dieron instrucciones de hacerlo, seguramente no saben lo que es un diccionario. He recurrido al de la Real Academia Española, que describe las banquetas diciendo que es acera de la calle, paso a lo largo de la fachada de las casas.

Los constructores de Polanco, con el mejor criterio para impedir que el estacionamiento tradicional de los automóviles hiciera las calles de muy difícil tránsito, sobre los terrenos propiedad de los dueños de los edificios o casas particulares, además de dejar un espacio suficiente para las banquetas agregaron otro que permite colocar un vehículo sin estorbar el tránsito, lo que evidentemente se hizo sobre propiedad privada, sin interferir la utilización de las banquetas.

Sin embargo, en forma totalmente arbitraria los agentes de tránsito adscritos a Polanco –y no sé si en otras colonias han hecho lo mismo– declararon ilícita la ocupación de ese espacio que no interfiere con las banquetas y se llevaron unos cuantos vehículos, con notable violación de un derecho de los dueños de las casas habitación o de los departamentos.

Ignoro cuál haya sido el resultado final y si los dueños hayan tenido que pagar alguna multa, más allá de la evidente molestia de perder el uso de sus automóviles por un buen tiempo. Desde entonces las calles de Polanco se han hecho casi intransitables. Hice por escrito un reclamo a la delegación Miguel Hidalgo pero, con notable falta de respeto al derecho constitucional de petición (artículo octavo), no he recibido respuesta alguna.

Es obvio que los polanqueños, para evitar riesgos, hemos olvidado la costumbre de utilizar las zonas previas al ingreso al garaje para no ser objeto de una maniobra de estas, que por estar vinculadas a la policía de tránsito de sobra sabemos qué puede suponer. Pero no me faltan ganas de promover alguna gestión legal, supongo que un amparo indirecto, para el efecto de que el juez de distrito otorgue una suspensión provisional y en su oportunidad dicte una sentencia declarando improcedente la medida de la delegación.

Es evidente que en el caso está presente un conflicto entre dos intereses. De una parte, el tránsito de personas por las banquetas; de la otra, las dificultades que al tránsito vehicular puede implicar que necesariamente los automóviles se tengan que estacionar sobre la calle. No están las cosas en Polanco como para complicar la circulación, que es más que abundante y que, aplicando la regla dispuesta por la delegación Miguel Hidalgo, se puede convertir en una pesadilla. Y que se haga esto en el bicentenario (que no lo es) de la Independencia, parece una grave ofensa a nuestro héroe histórico máximo. Aunque confieso que eso me importa un poco menos.

Me ha llamado la atención la falta de respuesta del señor delegado. Por lo visto sus asesores jurídicos no han leído la Constitución. Y lo lamento más porque el señor delegado es mi amigo y compañero de alguna aventura política, antes de sus últimos cambios de partido.

En el fondo, el problema no es del reglamento, sino del diccionario. Recomiendo a las autoridades que lo compren y lo utilicen. Todos saldremos ganando.