Opinión
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Bajo la Lupa

La tercera guerra del oro

Alfredo Jalife-Rahme
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Venta de lingotes de oro, el viernes pasado en una tienda de TokioFoto Reuters
A

ntecedentes: La guerra del oro representa la matriz operativa de La guerra de divisas, libro de Song Hongbing que cautivó a la cúpula en el poder chino (Bajo la Lupa, 1, 12, 15 y 19/9/10) y perturbó sobremanera a los portavoces del neoliberalismo global y la banca israelí-anglosajona, ya no se diga sus palafreneros tropicales/locales.

Song designa a la dinastía de banqueros esclavistas Rothschild (The Financial Times dixit), vilipendiados de acaparadores y manipuladores tanto del mercado del oro como de las divisas, como los verdaderos controladores del megaespeculador George Soros, quien deambula con travestismo de filántropo y acaba de proferir que el alza del metal amarillo constituye “la última burbuja (The Epoch Times, 15/9/10)”, de la que, por cierto, ha sacado pérfidamente provecho.

Hechos: en su abrasiva carta financiera Thunder Road Report (No. 19), el británico Paul Mylchreest, aconseja abrigarse con oro y plata con el fin de escaparse de la cueva de Platón desde donde solamente se perciben espejismos de la economía y las finanzas, dos actividades más desacopladas que nunca, como no consiguen entender los (s)ociólogos y contadores del paleolítico inferior que no saben nada de ninguna de las dos.

Por cierto, México es el segundo productor mundial de plata, detrás de Perú, aunque se la lleven masivamente las mineras de la anglósfera ante la complacencia del Ejecutivo neoliberal y la displicencia del disfuncional Congreso.

Más allá de las consabidas manipulaciones de los precios del oro y la plata, de lo que ha hecho una vida la feroz organización The Gold Anti-Trust Action Committee (GATA, por sus siglas en inglés), Mylchreest sentencia en forma dramática que nos encontramos en la tercera guerra del oro desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos (EU) y otros países e instituciones occidentales, notoriamente el FMI, perdieron la primera en los años 60 tardíos del siglo pasado ante los franceses, y la segunda en los años 70 tardíos con los países árabes.

No estamos de acuerdo en las efímeras efemérides de una década –que se quedan alejadas de los epílogos reales– con los supuestos vencedores (franceses y árabes) de las previas dos guerras del oro, pero la visión presente de Mylchreest sirve de barómetro para percatarse de la dimensión geoestratégica de la onza de oro que está a punto de penetrar la barrera histórica de mil 300 dólares (por cierto, pronóstico indeleble de Bajo la Lupa desde hace seis primaveras).

Si Mylchreest se basa en el deambular durante una década del precio aurífero, sus asertos son muy discutibles, ya que en la primera guerra del oro no solamente el general De Gaulle fue derrocado por el movimiento estudiantil de 1968, sino que EU se repuso cuando Nixon abandonó en 1971 los acuerdos de Bretton Woods de paridad fija del oro con el dólar, lo cual diluyó el valor del metal amarillo con papel-chatarra y mediante la técnica muy teledirigida de la flotación por los centros financieros anglosajones.

De igual manera, la segunda guerra del oro –empujada por el choque del petróleo y las apuestas en favor del metal amarillo por Deutsche Bank– fue escamoteada con la deliberada hiperinflación del dólar por Paul Volcker (antecesor del israelí-estadunidense Alan Greenspan en la Reserva Federal).

Mylchreest se basa en documentos desclasificados del Departamento de Estado para demostrar cómo en tales ocasiones (nota: en las dos guerras previas del oro) las autoridades de EU creyeron que podían desafiar la gravitación económica hasta el momento en que fueron rebasados por los eventos, cómo falsificaron (¡super-sic!) datos económicos para sostener al dólar y cómo negociaron arreglos secretos (sic) para impedir que otros países compren oro.

Ahora entendemos la inexplicable repulsión al oro y a la plata del BdeM ordenada por EU.

Mylchreest aduce que hoy la tercera guerra es encubierta (¡supersic!), ya que “conspicuas ventas de oro físico han sido mayormente sustituidas por ventas de papel-oro en forma de futuros, derivados financieros, opciones, oro sin localización (¡supersic!) etcétera.

Nada nuevo bajo el sol de la desregulada globalización financierista: los mismos especuladores financieros hacen lo idéntico que con el papel-petróleo, es decir, la venta con papeles sin posesión de petróleo que no puede ser entregado físicamente debido a la descomunal desproporción especulativa entre la oferta física y la demanda virtual –lo cual abordamos en nuestro libro agotado Los cinco precios del petróleo (Editorial Cadmo & Europa, Buenos Aires, 2006).

Aquellos que deseen profundizar sobre el oro físico sin custodia localizable, es decir, virtual, sugerimos la lectura de Las instituciones suizas preguntan: ¿dónde está el oro (Ron Holland, The Daily Bell, 18/9/10).

Mylchreest se emociona que el velo haya sido levantado y que la charada (¡supersic!) entera haya empezado a desmoronarse cuando Francia y los países árabes han sido remplazados por el gigante chino, un oponente más temible, cuyo gobierno promueve la tenencia de oro y plata por sus ciudadanos.

Laurence Williams, del portal MineWeb (4/5/10), se extasía con los hallazgos de Mylchreest: la guerra se libra ampliamente con papel-oro, y no con oro físico, mediante futuros y opciones (léase: los ominosos derivados financieros); afirma que la guerra es encubierta, y mientras EU (sumado del FMI y el restante del G-7) impide el alza del oro, China compra a la baja, a cualquier precio y en forma subrepticia desde hace seis años, ocultando el incremento de sus reservas de oro mediante una cuenta que no reporta al FMI como reserva oficial de oro.

Williams refiere un artículo en The Daily Telegraph (7/9/09) de Ambrose Evans-Pritchard, prominente portavoz de la City, quien reportó un breve (sic) encuentro con Cheng Siwei, anterior vicedirector de un importante comité del Partido Comunista Chino.

Cheng le hubo declarado a Evans-Pritchard que China perdió fundamentalmente (sic) confianza en el dólar y pensaba trasladarse a un estandar parcial del oro mediante la acumulación de reservas en forma cautelosa para no disparar su precio, mientras diversifica sus divisas a yenes y euros.

Conclusión: tan no resultaron vencedores los franceses y los árabes en la primera y segunda guerras del oro, que los mismos proponentes de la tercera proclaman con evidencias que EU, el FMI y el restante del G-7 manipulan y controlan su precio más que nunca.

A juicio de Song, la dinastía de banqueros esclavistas Rothschild epitomiza el control y la manipulación de las divisas y el oro.

Sin la guerra del oro de por medio, solamente el binomio Rothschild-currency wars (guerra de divisas) aporta al día de hoy 192 mil entradas en Google, motivo de escrutinio para aquellos que en verdad deseen indagar (no los vulgares y perezosos wikipedistas de pacotilla).

La guerra del oro, verdadera batalla de titanes y matriz operativa de las guerras de las divisas, apenas empezó y será de reservado pronóstico sanguinario dada la legendaria letalidad de los Rothschild y su marioneta George Soros. Porque tampoco hay que perder de vista que desde el 18 de junio de 1815 en Waterloo, la dinastía de banqueros esclavistas Rothschild lleva ganadas todas las guerras del oro y las divisas.