Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 26 de septiembre de 2010 Num: 812

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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Pedro Infante y el revolucionario romántico
MIRIAM JIMÉNEZ

Los dioses de Berlín Alexanderplatz
LOREL HERNÁNDEZ

La visita cariñosa de la Patria
ALEJANDRO ARTEAGA

La literatura del narcotráfico
ORLANDO ORTIZ

Los papeles del narco
JORGE MOCH

El Museo del Gordo y el Flaco
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Pedro Infante
y el revolucionario romántico

Miriam Jiménez

La memoria nacional se sostiene en dos distintas fuentes de imágenes que nos proveen los símbolos representativos de la patria: la oficial y la construida con base en las tradiciones populares. Aquí nos referimos a la imagen del revolucionario, cuyos miles de rostros sin nombre propio terminaron por crear el arquetipo del hombre adusto, de piel curtida en el diario trajín de la batalla. Por un lado, existe la imagen que de esta figura nos es enseñada desde la infancia y, por otro, aquella que de forma paralela se inserta en el imaginario colectivo: la del revolucionario romántico idealizada por la ficción cinematográfica.


Escenas de Las mujeres de mi general y Cuando lloran los valientes, Ismael Rodríguez, 1945

Un héroe cabal, simpático, romántico e idealista, tenía que estar personificado por el único icono que mereció en vida el cariño del pueblo y que se convertiría en adoración más allá de su muerte: Pedro Infante, quien pone en escena al soldado que en su universo representa historias de luchas personales que se vivieron teniendo como telón de fondo la Revolución mexicana.

Al actor se le pudo ver representando a este “revolucionario romántico” en filmes como El Ametralladora (Aurelio Robles Castillo, 1943), donde aún no es la estrella de cine que arrastrará multitudes; se le ve joven, novato ante la cámara y con escasa presencia dramática. No obstante, perfila ya el personaje del héroe que toma la justicia en sus propias manos, motivado casi siempre por un amor.

A partir de ese momento, este tipo de personaje se convertiría en una constante en los trabajos del actor; es el caso de Cuando lloran los valientes (Ismael Rodríguez, 1945), donde por primera vez comparte créditos con Blanca Estela Pavón, con quien de inmediato entabla una cordial relación laboral, pero también una estrecha amistad, que hace evidente la química entre los dos actores. En este filme la trama gira en torno al personaje de Agapito Treviño Caballo blanco, un hombre que ante las injusticias de los federales decide huir para unirse al pueblo que lucha y convertirse así en un “alzado”, aunque para eso tenga que renunciar a la mujer que ama.

Agapito roba a los ricos para darles a los pobres algo de lo que han sido despojados. Es un hombre que representa ideales universales, un líder que, a pesar de ser un bandolero, representa al héroe romántico que lucha siempre por la justicia y por el amor de su vida. Este mismo papel de bandido generoso lo interpretaría más tarde en La mujer que yo perdí (Roberto Rodríguez, 1949).El filme inicia con un evento trágico que marca el destino del héroe, quien a partir de ese momento toma conciencia social y se convierte en un bandido.

La mujer que yo perdí fue la última película en la que Infante y Blanca Estela Pavón (María) trabajaron juntos, antes de que ésta falleciera en un accidente de avioneta. Infante encarna aquí a Pedro Montaño, quien huye a la sierra después de matar por defender el honor de su amada, Laura (una jovencísima Silvia Pinal).

Una vez allí inicia su lucha por defender a los más pobres, a los indios explotados por los caciques y hacendados, entre los que se encuentra su padrino, a quien con frecuencia le roba dinero para cumplir con su deber de benefactor. Montaño renuncia a su condición de clase en aras de la justicia, algo que se hace evidente cuando decide quedarse con María y no con el amor de su vida.

Cuando Infante filmó esta película era ya un actor querido y, gracias a su carisma y sencillez, comenzaba a despertar en el público un sentimiento de admiración nunca antes visto en México. No obstante, la muerte de Pavón marcaría el resto de su existencia. Parecía imposible encontrar otra actriz de su talla para que ocupara en pantalla el lugar de la pareja de Infante, pero sobre todo encontrar a alguien con quien el actor despertara la química que lograba al lado de la actriz.

En 1950 el puesto sería ocupado por Lilia Prado, con quien comparte créditos en Las mujeres de mi general (Ismael Rodríguez), donde deja a un lado al personaje carismático, pulcro y respetuoso con las mujeres, para interpretar a Juan Zepeda, un revolucionario descuidado en su aspecto, un tanto patán y analfabeto. Las mujeres de mi general es un filme que a momentos rompe con la figura del revolucionario idealista encarnado por Pedro Infante en anteriores cintas, pero que con el correr de la historia se descubre como un hombre de honor, y si bien no es el justiciero socialista de, por ejemplo, La mujer que yo perdí, sí encarna un revolucionario más real, más cercano a lo que en realidad fueron.

Seis años después, en 1956, nuevamente forman pareja revolucionaria Prado e Infante en la película Los gavilanes (Vicente Oroná), donde el ídolo retoma las anécdotas de amores frustrados y venganzas trágicas que lo obligan a exiliarse en la sierra y convertirse en un bandolero bienhechor. Infante interpreta a Juan Menchaca, quien pierde a su novia cuando ésta prefiere suicidarse antes que ser deshonrada por Roberto, el hijo del hacendando de la comarca.

Acusado injustamente y ante el silencio de su propia madre, Juan no tarda en convertirse en un nuevo justiciero social cuya leyenda es conocida y respetada en la región, haciendo que su grupo de forajidos, Los Gavilanes, sean un azote de los señores ricos de la región. Pero, la venganza de Juan habrá de ser mayor cuando secuestra a Rosaura (Prado), novia de Roberto, a la que obliga a vivir en su campamento de la sierra, donde ella descubre los verdaderos sentimientos de Juan y la razón de su lucha.

En esta historia, volvemos a los temas ya vistos en las cintas anteriores a Las mujeres de mi general (y por lo cual ésta se convertiría en un filme atípico a las constantes de Infante): un hombre que se ve envuelto en la revolución de manera tangencial al conflicto y nunca por intereses primarios. Su participación revolucionaria se ve disminuida ante su vendetta personal y sobre todo ante la culminación de su ideal amoroso, verdadero motor en su lucha diaria. La revolución del corazón en los bandidos generosos interpretados por Pedro Infante pesa más que la razón histórica.