Opinión
Ver día anteriorMiércoles 29 de septiembre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Los obispos y la estabilidad social
Bernardo Barranco V.
¿Q

ué les pasa a los cardenales, quieren dinamitar el país? Es muy notorio el endurecimiento de sus discursos y críticas que rebasan la querella con la Suprema Corte de Justicia de la Nación y Marcelo Ebrard por las bodas gays. Hay enojo y encono. No nos referimos solamente a los planteamientos del cardenal Juan Sandoval Íñiguez, quien comparó al gobierno capitalino con una dictadura “por aprobar sin el consenso de las mayorías y contra la ley natural, el aborto, la píldora del día después, los matrimonios del mismo sexo y la posibilidad de que esas parejas adopten niños”. También en las últimas semanas el cardenal Rivera ha estado incisivo. Ante la matanza de migrantes en Tamaulipas, Rivera sentenció tajante que nos hemos convertido en un pueblo corrupto y asesino. ¿Todos los mexicanos? Justo en el marco de los festejos del bicentenario, en la presentación de un libro, el cardenal reprocha la falta de reconocimiento histórico de 170 religiosos que lucharon contra la corona y sentenció a la clase política que es necesario conocer la historia y las raíces de México antes de generar un nuevo proyecto de nación, y no sacárselo de la manga, como algunos políticos andan pregonando (La Jornada, 24/09/2010).

En días recientes, la cerrazón. Tanto el cardenal Rivera como el sacerdote Hugo Valdemar se negaron a conciliar ante el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), donde fueron denunciados por discriminación. Argumentaron la irreductibilidad de sus posturas respecto al matrimonio y adopción entre personas del mismo sexo, ya que no son conciliables mediante una audiencia, en razón de que nuestra postura emana de nuestro credo religioso, es decir, de nuestra conciencia. ¿Dónde queda el diálogo en un tema tan controvertido? Las actitudes de los cardenales han sido favorecidas por la actitud pasiva y anémica del gobierno federal. Al parecer el gobierno del presidente Felipe Calderón no está dispuesto a abrir nuevos frentes de confrontación con la jerarquía católica. Sin embargo, su aparente indulgencia genera vacíos, puede ser interpretada también como debilidad frente a un sector que presume aliado.

Con sus actitudes y confrontaciones, es un hecho que los cardenales Rivera y Sandoval actúan con rebeldía al orden jurídico y social existente en el país. Pareciera que ponen en cuestión el llamado modus vivendi, acuerdo por el cual el país alcanzó a finales de la década de 1930 una deseada estabilidad social. Al final de la guerra cristera y aún con los ánimos caldeados, se pacta un nuevo modo de vivir entre los funcionarios gubernamentales que se comprometen a no aplicar las leyes anticlericales que contiene la Constitución a cambio de que las autoridades eclesiásticas cedan no disputar de manera pública las condiciones y la conducción política del poder. Hoy sería ingenuo, políticamente, pensar que estamos sólo ante arrebatos y berrinches descomunales de la alta jerarquía. La historia nos ha mostrado la capacidad de la jerarquía, en el México moderno, para insertar sus demandas y negociar con ventaja en los momentos de mayor debilidad del sistema político. Nos referimos a que justo en las coyunturas electorales y en las circunstancias de crisis la jerarquía ha logrado alcanzar sus demandas. Por ejemplo, lograron las reformas de 1992, en las que se conjuga la debilidad del sistema político del gobierno de Miguel de la Madrid y los dudosos resultados electorales que llevan a Carlos Salinas de Gortari a la Presidencia a fines de los años ochenta. ¿Estamos en un escenario de debilidad política en que la jerarquía prepara el terreno para una segunda generación de reformas constitucionales? Si bien las reformas en materia religiosa intentaban poner fin a la relación de simulación entre la Iglesia y el Estado, a partir del gobierno de Vicente Fox se percibió un mayor soplo confesional en lo político. Dicho tufo se ha extendido a casi todos los partidos políticos y sin duda jugarán diferentes ofertas en el proceso electoral de 2012, que ya se avecina.

Como sabemos, la Iglesia aspira a obtener la modificación de los artículos 130 y 24 constitucionales, a fin de obtener la libertad religiosa plena, detentar medios electrónicos de comunicación; lograr presencia catequética en la educación pública y participar de un porcentaje de los impuestos que percibe el Estado, como en Europa, para destinarlos a actividades religiosas. Sin embargo, por su actitud beligerante, los cardenales parecen apostar por debilitar las formas de gobierno. Dada la delicada circunstancia de violencia que México vive, las provocaciones clericales pueden escalar peligrosamente con altos costos sociales para la estabilidad del país. A pesar de que los estilos y contenidos son muy diferentes en el episcopado mexicano, la actitud beligerante de los cardenales puede ser complementaria a la posición más mesurada y negociadora de la estructura del episcopado, encabezada por Carlos Aguiar Retes. La jerarquía intuye el advenimiento de cambios en el país, se prepara para diferentes panoramas. Resurgirán de sus cenizas los viejos obispos priístas; algunos actuales se desmarcan ya del Partido Acción Nacional (PAN), porque la debilidad del gobierno y la debacle del partido también afecta a la Iglesia, así lo reconoció José Trinidad González, obispo auxiliar de Guadalajara, al declarar: es “urgente separar la imagen del PAN de la Iglesia católica. De acuerdo con el análisis, el factor político aleja a muchas personas, porque “creen que la Iglesia apoya al blanquiazul en la capital jalisciense y en muchas entidades” (http://sdpnoticias.com/blogs/Jalisco).

Si la Iglesia optó por la estabilidad social con el modus vivendi, la jerarquía católica hace justo una década se inclina por la transición democrática desde la alternancia. Los obispos en el documento Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos en el 2000, hacen una opción preferencial por la democracia. Penosamente las condiciones se han degradado. Así como los obispos sentencian que la mayor amenaza al Estado laico es el viejo laicismo, yo complementaría que el neoclericalismo político es hoy una seria amenaza a la democracia mexicana.

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