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Música y pintura, como novios de Chagall
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Pablo Espinosa
disquero@jornada.com.mx
Periódico La Jornada
Sábado 9 de octubre de 2010, p. a20

Más testimonios de la realidad ilusoria: las casualidades no existen: la Jazz at Lincoln Center Orchestra, que dirige Wynton Marsalis, vendrá a México en breve, como uno de los estelares del Festival Internacional Cervantino 2010.

El disco más reciente de este trabuco de finura y excelencia nació en México, como nos narra Ted Nash, integrante de este orquestón de fábula y compositor de la partitura de una hora de duración que contiene el flamante álbum titulado Portrait in seven shades (Retrato en siete bosquejos).

Estaba la Jazz at Lincoln Center Orchestra de gira por México cuando, cuenta Ted Nash, Wynton Marsalis le encargó una obra para ser estrenada en breve por el trabuco. Sin limitantes, salvo una condición: que tuviese un tema.

Entusiasmado, Ted Nash acudió a sus querencias: su gusto por la pintura moderna. Su tema sería un espejo: un retrato de cien años de pintura creada en el mismo lapso que tiene de vida el jazz: desde el final del impresionismo hasta el expresionismo abstracto de los años 60 del siglo anterior.

Hubiese querido no dejar fuera a Cezanne, Degas, Gauguin, Rauschenberg, Diebenkorn y De Kooning, pero la extensión de la obra no lo permitió, así que los siete bosquejos de su gran retrato muralístico espejean, en este orden, a: Monet, Dalí, Matisse, Picasso, Van Gogh, Chagall y Pollock, y así se titula cada uno de los siete movimientos que conforman esta espléndida partitura, que fue estrenada el 22 de febrero de 2007 en el Lincoln Center y ahora al alcance de todos en formato de disco compacto.

Del principio al final es fascinante esta obra. Inicia con un redoble en percusiones que llevan a la atmósfera mágica de Sing Sing Sing, sin pasticcio, y perfila de inmediato una personalidad propia, recia, inmarcesible.

El capítulo mejor logrado es el dedicado a Picasso, a quien el autor de esta partitura venera como el Miles Davis de la pintura. A los dejos flamencos, a los giros de fandango, seguidilla y de soleá, se abre un campo franco de solfas calcinadas. Fascinante partitura picasiana, cuasi cubista, cuasi ámbar, cuasi lux.

El swing a lo Count Basie, el genio orquestal de Duke Ellington, ese sinfonista que pocos conocen como tal, el poliedro sonoro de esta obra es formidable, como el retrato de Chagall, con su violinista campesino sobre un techo y los novios volando y el personaje bifronte oteando el horizonte.

Decir jazz sinfónico es decir casi nada para determinar la valía de este disco espléndido. Es, más bien, un manantial de soles, un géiser de ideas, un gineceo magnífico.

Umbral propicio para cuando escuchemos en vivo, en breve, a maese Marsalis y otras luminarias al frente de esta gran sinfónica de jazz.