Opinión
Ver día anteriorSábado 9 de octubre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El traidor que necesitamos
Enrique Calderón Alzati /III
E

n mi artículo anterior mencioné el caso del presidente Roosevelt y del problema que enfrentó Estados Unidos al final de la década de los 20, y en virtud de las similitudes con la desesperada situación nacional en que nos encontramos inmersos, y de cómo este presidente logró sacar a su país de ella, dedico este nuevo artículo a analizar el proceso.

Al iniciar la década de los 20, Estados Unidos parecía ser un país próspero, luego de su intervención en la Primera Guerra Mundial y de su incursión al proceso de industrialización, con algunas ideas innovadoras y enormes recursos agrícolas, madereros y mineros, conformando una nación llena de optimismo, en la que cohabitaban también ideas expansionistas, siguiendo el ejemplo de algunos países europeos, sin importarles mayor cosa la experiencia de esas naciones, que luego de la Revolución Industrial, sus principales productos de exportación eran los cientos de miles de desempleados que emigraban a los países de América, en busca de un futuro que ellos no les podían brindar.

En ese tiempo, el sistema político estadunidense estaba ya conformado por los dos partidos que hoy siguen disputándose el poder cada cuatro años, el Republicano, constituido por grandes terratenientes, por dueños de bancos y por los nuevos magnates de las industrias florecientes en los campos del petróleo, la industria automotriz, las telecomunicaciones y la generación de energía eléctrica. El otro partido era el Demócrata, formado por agricultores, habitantes de las zonas rurales, profesores, profesionistas independientes y grandes masas de población sin educación alguna, y que incluía por ello, también grupos facciosos e intolerantes como el Ku Klux Klan, cuya influencia llegaba al extremo de prohibir y considerar como delito la enseñanza de las tesis darwinianas. El odio hacia los católicos y los judíos, así como la discriminación racial, formaban parte de sus tradiciones más arraigadas.

En esos años, y seguramente ligado con estos aspectos, algunas ciudades como Chicago y Nueva York vivían tiempos de inseguridad y guerras urbanas entre pandillas de gánsteres, que ofrecían protección a los comerciantes y vecinos, mientras se disputaban las plazas para la distribución clandestina de licores, sin que las fuerzas de seguridad pudieran hacer mucho por eliminar el problema, gracias a la participación de sus propios agentes en la delincuencia organizada. El odio racial y religioso, las luchas de los trabajadores por mejores condiciones de vida y el peligro del comunismo eran temas de discusión permanente.

Con todo esto a cuestas, el auge de las empresas y el discurso de los gobernantes, que prometían un futuro maravilloso, una gran parte de la población lo creía y como prueba de ello, parte de sus ahorros eran destinados a comprar acciones en todo tipo de empresas industriales, financieras y de servicios, pensando que pronto también ellos serían millonarios. Para 1927 más de 15 millones de inversionistas estaban atentos al comportamiento de la bolsa de valores y de las empresas de las cuales se sentían dueños, sin saber ni entender las consecuencias de los enormes desequilibrios económicos que se estaban generando.

Uno de los grandes problemas del sistema capitalista consiste en creer que las leyes del libre mercado son capaces de asegurar el crecimiento económico y el progreso, falacia que hoy en día sigue siendo creída y practicada en nuestro país, especialmente por quienes se han apoderado del gobierno con trampas y engaños. Para ese año de 1927, muchos industriales sabían que la capacidad de producción de sus fábricas excedía con mucho las necesidades y la capacidad de compra del pueblo estadunidense, sobre todo por la pobreza a la que se sometía al medio rural, por los bajos precios que se pagaban por los productos agrícolas.

Una débil posibilidad de salir del embrollo eran los mercados mundiales, en donde la posibilidad de vender sus excedentes industriales era real, pero ello requería que sus productos compitiesen con la calidad de los europeos, y al mismo tiempo, abrir su propio mercado a esas naciones, ávidas de ingresos y de financiamiento luego de la destrucción que habían padecido en la Primera Guerra Mundial, pero eso era mucho pedir, ya que sus visiones aldeanas les impedían entender que para recibir, primero se debe dar, especialmente cuando se trata de excedentes.

En resumen, al final de la década de los 20, los estadunidenses eran una nación con enormes riquezas, pero con más enormes desequilibrios económicos causados por la concentración de esas riquezas, por el afán de seguir acumulándolas y negándose a ver que el capitalismo contiene en sí mismo el germen de su propia destrucción. El problema estalló en octubre de 1929, con una caída estrepitosa del valor de las acciones, que no había forma de detener, simplemente porque las empresas no tenían ya a quién venderle sus productos. En un error histórico, el gobierno estadunidense presidido por un señor llamado Herbert Hoover pensó (como nuestros actuales gobernantes) que el problema se resolvería sólo por las leyes del mercado, sin tratar de entender las causas del problema. Para 1932, una tercera parte de los trabajadores habían perdido sus empleos y la pobreza asolaba a la nación entera. La novela Las viñas de la ira, de John Steinbeck, era la nueva versión de Los miserables de Victor Hugo.

Fue entonces cuando un aristócrata enfermo llamado Franklin Roosevelt, quien ya antes había sido una figura conocida para los estadunidenses, planteó un proyecto para sacar al país de la crisis, mediante la rectoría del Estado; la intervención del gobierno en la producción de la energía eléctrica; en la reactivación de la agricultura y de las áreas rurales; la construcción de enormes obras hidráulicas; la colocación de los excedentes industriales para aliviar los problemas internacionales; el establecimiento de leyes y normas para limitar la especulación y la concentración de las riquezas; el fortalecimiento económico de los trabajadores, para incrementar su capacidad de compra, y la elevación de impuestos a las empresas para financiar todo esto. Señalado como traidor, comunista y enemigo del pueblo, Roosevelt fue elegido presidente por una mayoría histórica. Sus acciones sacaron al país del problema y terminó siendo considerado como el presidente que más influyó en la transformación de su país durante el siglo XX. Curiosamente todo ello sucedía cuando Lázaro Cárdenas era el presidente de México.