Opinión
Ver día anteriorDomingo 10 de octubre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Los desafíos para la segunda vuelta brasileña
Guillermo Almeyra
D

ilma Rousseff, candidata de Lula, ganó –y por mucho– con el mismo porcentaje de votos que obtuvo Lula en la primera vuelta en el 2002 y en la primera vuelta del 2006. El Partido de los Trabajadores (PT) consiguió ganar directamente las gobernaciones de Sergipe, Bahía, Río Grande do Sul, Acre y el Distrito Federal (Brasilia) y, por medio de sus aliados, las de Río de Janeiro, Pernambuco, Ceará, Maranhão, Piauí, Mato Grosso, Mato Grosso do Sul y Espirito Santo. Además, con el PMDB (un partido que ha estado con todos los gobiernos y ahora está con Lula) consiguió la mayoría en el Senado y reforzó notablemente su bancada en la Cámara de Diputados. El candidato de la derecha no ganó más votos que en las elecciones pasadas y el partido –el PSDB– retrocedió en el Senado y en las gobernaciones. Lo único que no funcionó según las esperanzas fue que la candidata verde, Marina Silva, en vez de conseguir 12 o 15 por ciento de los votos, logró 20 por ciento, y que en el noreste –la región más pobre– el voto en blanco o nulo movilizó a uno de cada cinco electores, que se presumía debían optar por el PT. Ahora, por lo tanto, se votará dentro de un mes. En efecto, como habían dicho con realismo Lula y su candidata antes de los comicios, no es nada fácil obtener 50 por ciento de un electorado tan inmenso como el brasileño y, por lo tanto, no había que preparar por anticipado ningún festejo…

¿Por qué estos resultados? Las encuestas previas atribuían a Dilma entre 47 y 51 por ciento, pero logró sólo 47. ¿Qué le quitó la diferencia, en una elección con enorme participación y tan polarizada que la ultraizquierda anti Lula del PSOL sólo logró 0.9 por ciento de los votos y no pudo elegir senadora a Heloísa Helena, su dirigente? En primer lugar, la tremenda ofensiva de los medios magnificó permanentemente la posibilidad de que un escándalo con la sucesora de Dilma en el gabinete salpicase a ésta (cosa de la cual no hay pruebas) y eso le quitó votos de los clasemedieros conservadores de paladar grueso y de otros sectores impresionistas y reforzó a la candidata verde y los votos nulos. En segundo lugar, la candidata del PT, que había evitado en su campaña ideas demasiado audaces y cuestiones espinosas, creyó retener votos conservadores oponiéndose al aborto (que antes había apoyado) y perdió votos por la izquierda y por la derecha, porque apareció como inconsecuente ante ambos sectores. Pero los votos del PT no fueron a la derecha sino al Partido Verde y al voto nulo.

Ambos deben ser considerados como una sola y misma cosa: un voto de castigo, o de desconfianza y suspicacia. El Partido Verde no se apoya en un vasto sector ecologista. En el numeroso voto verde (Marina Silva logró a escala nacional 20 por ciento, y en Río de Janeiro, 31.52) confluyen ex petistas desilusionados, izquierdistas de clase media a la violeta, votantes que no quieren dar su voto a la derecha reaccionaria pero quieren protestar por la derecha contra Lula, votantes que no quieren perder su voto en la ultraizquierda pero quieren votar por algo que parezca izquierda, votantes desilusionados por el partido de Serra y Fernando Henrique Cardoso, que no cambia en nada su posición proimperialista y ultraconservadora y está apoyado por la gran prensa, una de las peores del continente. El Partido Verde no está a la izquierda del PT, sino en el centroderecha (hasta estas elecciones participaba en todos los gobiernos estatales en manos de la derecha, incluidos San Pablo, Minas Geraes y Río de Janeiro) aunque su candidata, Marina Silva, hubiese sido hasta hace apenas un año ministra del Ambiente del gobierno de Lula. Pero es un partido heterogéneo que, aunque llame a votar por José Serra en la segunda vuelta, como plantea la mayoría de su dirección, o llame a votar en blanco, dispersará sus votos entre el PT, Serra, el voto nulo o el voto en blanco y la abstención.

El problema fundamental consiste en saber si el PT radicalizará su lucha y ganará para Dilma muchos votos plebeyos que en Río Grande do Sul fueron a la izquierda del partido para gobernador pero no a ella para presidenta, o en el noreste se abstuvieron masivamente. Por supuesto, también reside en las formas en que se dispersará el voto verde –si hacia la izquierda o hacia la derecha–, porque en el caso de que muchos voten en blanco o nulo Dilma se verá favorecida, en su condición de más votada, porque se reducirá el número de votos válidos necesarios para vencer.

Eso deja en Lula la responsabilidad de la eventual victoria del PT. Lula, fuera del gobierno, se está radicalizando y ahora ha contratacado a los medios que sin límite ético alguno calumnian y vilipendian a Dilma, el PT y su propio gobierno. Ahora bien, Lula será el jefe de campaña para este mes y es de esperar que desenmascare más y mejor a la derecha, arranque votos a los indecisos y a los que votaron por Marina, teniendo en cuenta lo que es valedero en los argumentos ecologistas de ésta, o sea, el rechazo de las soluciones tecnocráticas y extractivistas, que convenza con razones políticas de clase a los nordestinos y a todos los que se abstuvieron o votaron en blanco o nulo de que en esta campaña se juega la posibilidad de un grave retroceso de la sociedad y de América Latina y de que hay que concentrar el voto contra la derecha, precisamente para estar luego en mejores condiciones de reclamar al nuevo gobierno el cumplimiento de sus promesas, un combate a la corrupción, una reforma agraria indispensable y una nueva relación con los trabajadores.