Opinión
Ver día anteriorDomingo 10 de octubre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Tiempo perdido
Carlos Bonfil
A

finales del siglo pasado Hungría vive la difícil transición de un estado totalitario a una democracia incipiente, plagada de dificultades. Es en este periodo, específicamente en el año de 1997, cuando el realizador Áron Matyássy sitúa la acción de su primer largometraje de ficción, Tiempo perdido (Utolsó Idök, 2009). A través de la historia de Iván Priskin (Jozsef Kadas), un joven mecánico interesado en adquirir una gasolinera propia, el director expone en un estilo que combina el detalle realista y la evocación impresionista de su entorno físico, la rutina cotidiana de un pueblo fronterizo húngaro que sobrelleva la crisis mediante un incesante contrabando de mercancías con la vecina Ucrania.

Las primeras escenas son al respecto elocuentes: en el puesto fronterizo predominan las prácticas de soborno, los manejos de las mafias de acaparadores y una corrupción generalizada. A pocos años de la caída del comunismo, el libre comercio, improvisado con premura, da paso a grupos de especuladores que establecen monopolios mediante la intimidación o la violencia. Una de esas mafias busca impedir que Iván ponga su propio negocio y lo margina socialmente, volviéndolo un ser hosco y desconfiado, siempre a la defensiva.

Entre los temas que plantea Tiempo perdido figura el de la impotencia y soledad de un individuo en una colectividad crecientemente deshumanizada. Al panorama desolador se añade una circunstancia agravante: el protagonista vive con Eszter (Terez Vass), una hermana autista a la que debe atender continuamente, resolviendo sus necesidades más imperiosas, protegiéndola de la animadversión y burla de los vecinos, simulando un equilibrio doméstico luego de la muerte de sus padres. Iván es así hermano y tutor de la joven desvalida que ha encontrado refugio en un mundo interior inexpugnable. Un mundo en el que hay lugar para una fantasía desbordada, pero también, enigmáticamente, para la agilidad con que la joven puede hacer el exhaustivo inventario mental de las piezas y funciones de un automóvil. Con extrema delicadeza y perspicacia, el director ofrece la correspondencia de estas dos marginalidades fraternas y el modo en que Iván procura preservar un mínimo de confort familiar al tiempo que vela por la inocencia de su hermana de veinte años, suspendida en una infancia virtual. Cuando Eszter es brutalmente violada por dos forasteros, la cinta transita de la evocación impresionista a un registro casi documental, de mayor intensidad dramática. Iván interpone una demanda contra los agresores desconocidos y se topa con el recelo burocrático y la indiferencia desdeñosa de la policía hacia la suerte de la víctima. Es claro que tratándose de una mujer con las facultades mentales trastornadas, la persona agredida apenas tiene para estos funcionarios menores la categoría de un ser humano.

El ritmo de la cinta es pausado y lento, y dos tramas secundarias ilustran de modo de modo complementario, aunque tangencial, el desamparo de los protagonistas. Hay una pareja de hippies, amigos de los hermanos, que se ven amenazados de expulsión de su hogar por los trabajos de modernización vial que emprende el pueblo, y la irrupción de Iluz (Eszther Foldes), una sensual estudiante forastera, quien procura a Iván una aventura sexual pasajera que lo sumirá todavía más en el desasosiego. El clima de morosidad que se percibe en Tiempo perdido es similar al que ha venido ofreciendo el mejor cine húngaro reciente, desde las películas de Béla Tarr (Satántango, Las armonías Werckmeister) hasta Delta, la notable cinta de Kornel Mundruczó, alegato contra la intolerancia que persigue y castiga la pasión erótica de otra pareja de hermanos. Es el clima de una sociedad dividida entre los resabios de una vieja burocracia totalitaria y el oportunismo y corrupción de la nueva clase política. Tiempo perdido presenta en un notable microcosmos las contradicciones de este orden social, y también la rebelión seca y desesperada de Iván, ese joven mecánico sin asideros posibles en la flamante organización neoliberal.

Tiempo perdido forma parte del ciclo Cinema Europa 2010 que actualmente presenta la Cineteca Nacional. Se exhibe hoy domingo a las 18:30 horas y el martes 12 a las 16:15 y a las 21 horas.