Opinión
Ver día anteriorLunes 25 de octubre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Cuarto para las 12
M

omento. ¿Qué era eso de pagar por un sueño? Si algo caracteriza a los sueños, lo que los hace universales, es que salen gratis. Casi siempre inevitables, como respirar. Mucha banda acude a chamanes, adivinos o especialistas para entenderlos. Un libro fundacional del siglo XX se llamó precisamente La interpretación de los sueños (Viena, 1900), del tal Freud, a quien, malgré tout, tanto debemos.

Dirán que me entró el clásico prurito del último segundo. Y sí. No que no lo supiera de antes, el prurito era obvio, sólo que lo dejé para luego. En los previos días eludí pensar en términos de principios o lo correcto. Así que, por fin ante la oportunidad de comprarme unos buenos sueños, y que me vienen las reticencias. Antes de destapar ninguna cajita del puesto de Orfeo en la Alameda, me detuve. La pinche duda.

Pasado un rato de mi pasmo, Orfeo, que había salido de la carpa para dejarme a solas con su mercancía, asomó extrañado, ¿pasa algo? Nada, dije, cosas que me vinieron a la cabeza. Dio una risotada. Olvídate de tu cabeza, si no cómo crees que vas a soñar, ¿qué, no sabes que los sueños comienzan justo cuando dejas de pensar que estás despierto?

Dispuesto a dejarme convencer, su argumentación me pareció simple, pero sensata. Por lo demás, desde que descubrí la posibilidad concreta de adquirir vivencias oníricas, por así decir, me vino a la memoria con necia insistencia aquella película de ciencia ficción para un futuro ya pasado, y hoy de culto: Strange Days (Kathryn Bigelow, 1995), que se supone ocurría en el ya lejano Año Nuevo de 2000. Un ex policía trafica experiencias virtuales y es emocionalmente adicto a ellas. En la historia, surte una especie de alucinaciones reales, grabadas por otro e inducidas por vía parenteral, fantasías en primera persona del singular. Se ponen violentas. El tipo la pasa mal un rato.

En este caso no parecía tratarse de eso. No había electrodos, receptores ni reproductores. Simples old fashioned dreams, de la suerte de lo que nos ocurre cuando nos quedamos dormidos.

¿Cómo se puede soñar con tu mercancía sin estar dormido?, le dije entonces a Orfeo, que de seguro esperaba una respuesta mejor. Nueva risotada. Mi problema era que pensaba demasiado. Ya me lo han dicho antes, y en tono parecido. Así no vas a llegar a ninguna parte en la materia, ¿entiendes? O te dejas ir, o ni le hagas al cuento. Percibí cierta irritación en su voz. Tan paciente que me había parecido. Y bien que admito que hay gente a la que desespero. No creí que a Orfeo.

Ándale, no le saques, me gritó sorpresiva y amigable la voz de Carmelita, asomándose al interior de la carpa de Orfeo. ¿A qué hora llegaste?, le pregunté, contento de verla. Apenas ahorita. ¿Y las chiquitas? Aquí las tengo. ¿Todo bien? Todo en orden, tú tranquilo, anímate, déjate llevar.

Carmelita me alentaba con su sonrisa. Sale pues, dije. Les indiqué a los dos con la mano que se sacaran de ahí y dí la vuelta para ponerme frente a las cajitas de sueños.

¿Cómo elegir? ¿Por color, tamaño, al azar? ¿Cerrar los ojos, echar un volado, de do pingüé? ¿La dichosa intuición? Tal vez lo mismo daba, uno nunca escoge lo que va a soñar. Son los sueños que lo eligen a uno. La preconciencia. O el Inconsciente. ¿Y quién ese señor? El grillo cantor (en Cri Cri elemental).

La única luz allí era la del sol de mediodía, pero filtrada por las mantas de la carpa, matizada, bañada en terracota. Tres mesas en U al nivel de la cadera exhibían un enjambre de cajitas pintorescas, delicadas. Todas cerradas. ¿Qué hace uno, agarra y destapa una, varias?, le había preguntado antes a Orfeo. Y él, ya, hombre, deja de enrollarte, cuando estés en ésas vas a saber qué hacer exactamente.

En efecto. Al menos, el punto dejó de preocuparme. Entré en el juego de las cajitas, les pasé la mano por encima, sin casi tocarlas. Mis palmas iban y venían en semicírculo, con cierta ondulación, como alas, como quien toca la marimba con la pulpa de los dedos. Pronto mis giros redujeron su rango, perdieron velocidad, cogieron un aire de ruleta en ralentí que hasta croupier me iba a estar faltando. No sé si fue la inmovilidad o un magnetismo de algún tipo lo que me detuvo sobre una cajita verdeamarilla, lustrosa y con vetas, como las canicas llamadas perico. La tomé con decisión con una mano, y la otra la dispuse para abrirla. Levanté la tapa. Mi sorpresa fue mayúscula. No había nada dentro. Vacía.

Al mismo tiempo no me sentí estafado. Algo estaba ocurriendo, un aroma, me pareció. Indescriptible, es decir, desconocido. Me encontraba no en otro lado, sino del otro lado, y a las vivas. En los sueños se suceden riesgos, retos, desequilibrios a la Buster Keaton, sensaciones sensoriales (incluso los que son sin imágenes, que también existen). A veces lo único que los sueños nos dejan al despertar es un no sé qué que quedan balbuciendo, como dijera Juan de Yépez de los cantos que vagan uno nunca sabe de dónde adónde.