Cultura
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Conspiración de sueños
Hermann Bellinghausen
V

ivimos una pelea permanente entre dos bandos irreconciliables, el sueño y la realidad. ¿En cuál despertamos cuando lo hacemos? Cuando abrí entonces los ojos del lado de allá, no supe si era noche o día. Cerrar los ojos, ¿no es apagarlos? Mientras que abiertos en la oscuridad, tampoco sirven para maldita la cosa, no nacimos nictálopes como la gacela. ¿O en los sueños tenemos visión nocturna, y por eso es tan claro lo que pasa y se conecta a ojos cerrados con nuestra memoria, consciente o no, y las identidades verdaderas? Somos nosotros en cada sueño, por disparado o remoto que parezca.

Para lo único que soy bueno es para ser yo mismo, recuerdo hertzianamente que cantaba al aire cierta banda silvestre de country en la rola Being Me. Debería ser una perogrullada, pero no necesariamente. Cuántas veces somos pésimos en ser nosotros, la regamos gacho con facilidad asombrosa, casi talento; aplica para el lado dormido igual que en la vigilia. Por eso hay que cuidarse de las pesadillas. Una simple pero bien hecha pesadilla es fácilmente asimilada por la vida, advertía un autor ruso de la era soviética que nunca publicó en vida (nació en 1887, murió en 1950, y sus relatos fantásticos y antiutópicos, auténticas obras maestras en la heredad de Bulgakov, se comenzaron a publicar en 1989, cuatro décadas después). Algo sabría de pesadillas ese Sigizmund Krzhihanovsky de nombre impronunciable, autor de unas extraordinarias Memorias del futuro (1929), que en vida sólo leyó en voz alta para sus íntimos. Pasó su vida como borroso editor de enciclopedias, escribiendo en secreto y sin leer a Kafka antes de 1940.

Bueno, estábamos en que desperté al sueño salido (¿o qué?) de la cajita verdeamarilla del puesto de Orfeo en la Alameda Central de la ciudad de México, Distrito Federal.

Transito velozmente en la plataforma de un tren de carga a través de bosques y barrancas, nostalgia de una ruta de las que ya no hay. ¿Cuándo abordé y por qué? ¿Adónde va? ¿Es recuerdo, premonición, hecho? De pie, el viento me golpea recio en la cara, fresco, exaltante. Lo bueno en los sueños es que todo sucede pronto, los cortes y ediciones son eficaces y por lo general sorpresivos. Tuve un sueño muy loco, decimos.

Ahora camino por calles con gente apresurada y seria, envuelta en una luz amarilla, falsa pero intensa, casi diurna, lo contrario de la noche americana del cine viejo. También presencio la escena desde arriba, veo una cúpula de luz de varias cuadras en medio de una noche renegrida, como un circo a la deriva en un lago en la hora más oscura. Allí abajo estoy ante una puerta de madera, su pintura de color naranja envejecido delicadamente cuarteada, podría ser un mosaico veneciano. Mis nudillos golpean sin pedirme autorización. Insisten, pegan fuerte, duelen. Ordeno a mi mano detenerse y no lo hace, me saca sangre de tocar y tocar. Adentro se oyen pasos, un repique de llaves. Una penetra la cerradura. Se desliza en ella. La madera, conmovida, da un último gemido, gira, se deprede del marco, también de madera, y se abre, primero un poco, tiene puesta la cadena, y luego de par en par, exageradamente, jalada por un ventarrón en el interior de la casa, que en realidad es otro exterior, distinto del cual vengo en la calle amarilla. Dientes de león gigantescos contra un cielo azul delgado y frágil con bordes casi blancos, resplandecientes. Un prado bucólico. Gotas de rocío. Aromas de gardenia, anís y cardomomo. Un letrero en una loma me da mala espina. Y peor cuando consigo leer: Prohibido el paso. Suelo resbaloso. Peligro de muerte Y la clásica calaverita.

Pero ¿cuándo en sueños uno obedece las prohibiciones? La suave ladera se interrumpe de pronto y desciende a una inmensa plancha pavimentada que se pierde en la distancia, interrumpida apenas por ocasionales rayas amarillas. El pavimento hierve. Burbujas y vapores. Gris plomo. Algo tristísimo. Camino cuesta abajo, temiendo quemarme los pies y sobre todo no llegar a tiempo. Me mata la sed.

Están esperándome en la casa de las apuestas. Es mi turno y no me puedo rajar, se reirían de mí. Por fin, a medio desierto, Las Vegas en miniatura, diviso la casa de las apuestas con luces como salchichas de neón rojo y morado. Todo cambia, para bien. Ya me andaban dando nervios. Una atractiva dama envuelta en una bufanda de plumas de flamingo, el color de la aurora, me espera en la entrada y sonríe como si de verdad le diera mucho gusto verme. Eso me halaga. La casa está a reventar de apostadores, la mayoría desconocidos, pero eso no tiene nada de raro, en mis sueños sólo salen desconocidos y desconocidas. Con muy pocas excepciones, poquísimas. Que se encontraban ahí.

En esas, sospecho que los sueños traman suplantar la realidad de una vez por todas. La razón me demanda defender lo real, pero el sueño me recuerda que tampoco abundan motivos para defenderlo ni aferrársele. Lo real cotidiano se ha vuelto indefendible. Hasta da coraje.