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Los dueños de los medios electrónicos estaban sobre aviso de la sublevación policiaca

Así fue el intento golpista en Ecuador
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En silla de ruedas y con máscara antigás el presidente de Ecuador, Rafael Correa, es sacado por el ejército del Hospital de la Policía donde fue secuestrado el 30 de septiembre, día de la sublevación de uniformadosFoto Ap
Enviada/I
Periódico La Jornada
Lunes 1º de noviembre de 2010, p. 25

Las nubes no terminaban de despejar la cumbre del volcán Pichincha, a cuyas faldas se extiende esta ciudad, cuando una paciente del Hospital de la Policía Militar se asomó a la ventana ese jueves. Eran las 6.45 a.m. del 30 de septiembre. Divisó sobre la Avenida Mariana de Jesús las antenas retransmisoras de las principales televisoras, entre ellas Teleamazonas y Ecuavisa. ¿Será que va a haber algún evento por acá?, pensó sin imaginar que el nosocomio sería ese día teatro de una de las crisis políticas más dramáticas de Ecuador. Evidentemente los dueños de los medios electrónicos estaban sobre aviso.

7:15: en el programa televisivo Contacto directo, Galo Lara, líder opositor, hace un comentario críptico: “El presidente Rafael Correa le quitó sus juguetes a los hijos de los policías –en alusión a la ley de servidores públicos que se había aprobado la víspera y que suprimía condecoraciones y algunas prestaciones a las fuerzas del orden–; es por eso que tiene temor que lo linchen, es por eso que ya está haciendo las maletas para irse del país”.

8:00: en un salón de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) se dan cita académicos y funcionarios de alto nivel –entre ellos Francisco Jijón, secretario de Seguridad Interna y Externa, y los ministros de Seguridad Interna, Miguel Carvajal; Defensa, Javier Ponce, y del Interior Gustavo Jalkh– para debatir temas de estabilidad del Estado. A ninguno le han sonado las alarmas de lo que está a punto de ocurrir.

Se necesita una izquierda con los pies en la tierra

“En el mundo flacsionano –evalúa posteriormente el analista Alexis Ponce– se hacen mapas conceptuales y escenarios de crisis muy buenos. Pero a la hora de una confrontación de verdad, como la del 30-S, estos caballeros no saben qué hacer. Aquí se necesita que la izquierda tenga los pies en la tierra. En esta revolución ciudadana no podemos estar por encima de la lucha de clases.”

(Tres semanas después Correa reconocería en entrevista con este diario que su gobierno está a ciegas y en ceros en materia de seguridad y hace el primer relevo de gabinete después de la crisis, sustituyendo a Jijón por el vicealmirante Homero Arellano.)

8:15: suena el teléfono en casa de María Augusta Calles, asambleísta de Alianza PAIS. Una colega periodista –ella lo es– le avisa: Cuidado ahora que salgas, porque hay una sublevación, ese es el rumor. Enciende la televisión y algunos canales informan ya que militares tomaron el control del aeropuerto internacional Mariscal Sucre. Desde esa hora y hasta la tarde todos los vuelos de llegada y salida fueron suspendidos.

Hay amotinamiento en el Ministerio de la Defensa. No se sabe todavía, pero también está tomada la estratégica base aérea de Tacunga, de la Fuerza Aérea. La carretera que une a Quito con Sangolquí, sede del principal destacamento de caballería, está cerrada. Si fuera necesario enviar tanques a la ciudad no podrían pasar. Y en Guayaquil, ciudad principal, están cerrados todos los aeropuertos e incluso el puerto, paralizado por piquetes de marinos. En total fueron 24 regimientos de policía en todo el país sublevados.

El pueblo quiteño se autoconvocó

8:30: desde la cabina de Radio La Luna, de tendencia antiderechosa, su director, Ataúlfo Tobar, concluye después de los primeros datos: Entendimos que se estaba viviendo una sublevación y que el presidente estaba bajo ataque. A partir de ese momento arrancamos una transmisión ininterrumpida de 11 horas a micrófono abierto. El pueblo quiteño se autoconvocó en defensa de la democracia.

Se supo entonces en todo el mundo que ante el amotinamiento en el Regimiento I de la policía quiteña, el presidente Correa había decidido ir y negociar personalmente con ellos. Que había sido rodeado, golpeado y gaseado. Y que él los había desafiado, abriéndose la camisa: ¡Mátenme si quieren!

¿Imprudencia? Algunos analistas así lo estiman. Un asesor en cuestiones de inteligencia opina lo contrario: Si se hubiera quedado en el Palacio de Carondelet, con un simple bloqueo de las calles García Moreno y Guayaquil del casco histórico, el presidente hubiera quedado encerrado. Y hubiera caído en 45 minutos, no más.

¿Por qué lo dice? Como movimiento social protagonizamos tres sublevaciones que culminaron con la caída de tres presidentes sucesivamente. Algo hemos aprendido de los manuales del buen golpista. Al salir hacia la avenida Mariana para resolver personalmente lo que supuestamente era una protesta laboral de la policía, lo que Correa hizo, quizá sin estar consciente, fue salirse de una trampa mortal.

9:00: refiere el abogado quichua Floresmilo Simbaña que a esa hora delegados de la Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador arrancaban un foro sobre educación pluricultural. Ante los hechos, el potente movimiento indio se declara en asamblea permanente. Queda expectante. CONAIE no se pronunciaría hasta las 4 de la tarde, rechazando la violencia pero condicionando su apoyo al presidente. No convoca a salir a las calles ni se deslinda de las declaraciones de Lourdes Tibán, asambleísta del Partido Pachakutik, quien aplaudió la asonada: ¡Bien, mil veces bien!, dijo a las 9:30. Correa nunca estuvo en peligro de caer... pero sí de morir, admite Simbaña.

9:00: María Augusta avanza trabajosamente en su auto por las calles desquiciadas. Por la radio escucha que entre las 9:15 y 9:30, el presidente finalmente logra ser ingresado por la puerta de atrás del hospital después de un forcejeo que lo deja en malas condiciones físicas. Los videos hoy conocidos demuestran que incluso dentro del hospital había elementos que recibieron al mandatario con bombas de gas.

10:00: Fernando Garzón, asesor de la Defensoría del Pueblo, ha logrado acercarse a la puerta trasera del Hospital de la Policía. En una bitácora detallada que redactó después –y que facilitaría a este diario– relata la sucesión de hechos. Le informan que el presidente ya se encuentra, acosado por agentes hostiles, en la habitación 302.

10:15: María Augusta está a tres cuadras de la Asamblea cuando recibe una llamada: No llegues. Hay orden de matarte. En lugar de llegar a su oficina se encamina al palacio presidencial.

En el camino topa con bloqueos. Piquetes de encapuchados intentan evitar que la gente llegue a la Plaza Mayor, que sin embargo a esa hora ya está casi llena. Las oficinas y escuelas suspenden actividades. Finalmente la legisladora alcanza entrar al despacho del presidente en Carondelet. En el recibidor encuentra, crispados, a Miguel Carvajal, ministro de Seguridad, y al alcalde Augusto Barrera. Comentan que ya se está negociando con los militares, que las fuerzas armadas se van a pronunciar contra la asonada. Ahí supe que el golpe había abortado.

Los hilos de Lucio, el titiritero

En Brasilia, en tanto, el coronel Lucio Gutiérrez, ex presidente derrocado por la llamada revolución forajida en 2005, predice el fin del modelo de Correa. Hay un antecedente: el líder de la opositora Sociedad Patriótica –partido de corte autoritario-populista que aglutina sobre todo a familias de policías y militares– había participado una semana antes en Miami en una conferencia. El tema: El derrumbe de los modelos de socialismo del siglo XXI. Su anfitrión es el opositor cubano Carlos Montaner. Lo escuchan atentamente, entre otros, Roberto Isaías, banquero prófugo, y varios líderes de la derecha ecuatoriana.

10:15: es entrevistado su lugarteniente Fidel Araujo en el Regimiento I. Vengo a apoyar a los policías que han sido ofendidos, dice. Más que apoyar, parece coordinar el operativo. Usa chaleco antibalas. (Ocho días después sería detenido.)

10:20: Ese día no sesionaba el parlamento. La congresista María Paula Romo, de Alianza PAIS, estaba presente cuando se amotinó la guardia legislativa, respaldada por policías de otros destacamentos y por trabajadores de Petroecuador.

Relata cómo entraron al plenario blandiendo armas y palos, insultando a los correligionarios de Correa –¡comunistas!– impidiendo la entrada y salida de asambleístas del partido oficial (la oposición transitaba sin restricción). Desconectaron las cámaras de seguridad y gasearon el recinto.

11:40 Rueda de prensa del alto mando de las fuerzas armadas. El jefe del Comando, general Ernesto González, declara: Estamos subordinados a la autoridad del presidente Correa. Sin embargo no habrá movimien- to de tropas para resguardar al jefe de Estado hasta pasadas las siete de la noche. Para entonces el jefe del ejecutivo ya ha decretado el estado de emergencia nacional y, bajo este amparo, ordena la cadena nacional para los medios de comunicación.

13 horas. En cuanto entra al aire la cadena nacional, otro grupo de opositores se dirige hacia la emisora oficial, entra violentamente, rompe vidrios y llega hasta el estudio. La asambleísta del partido Social Cristiano Alejandra Cevallos exige al aire la renuncia de Correa. Otros líderes cercanos a Lucio dirigen el operativo.

13.30 Congresistas de oposición exigen aprobar una amnistía anticipada para que los sublevados no sufran retaliación alguna, porque lo único que han hecho es interpretar el clamor del pueblo contra la tiranía, según dice el opositor Gilmar Gutiérrez.

Ésa era la señal inequívoca que el Plan A había fallado. Faltaba el Plan B, el magnicidio. Queda para el expediente la grabación de la voz del agente Luis Martínez Viláñez ordenando por el transmisor de su radiopatrulla a los policías apostados fuera del hospital: ¡Mátenle, mátenle al presidente! Y el cristal estrellado por un balazo en la ventana de la habitación 312, donde se resguarda Correa.