Opinión
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Bajo la Lupa

Guerra de las divisas de Estados Unidos contra China

Alfredo Jalife-Rahme
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Un cajero de banco de Hefei, de la provincia de Anhui –en el centro de China–, maneja pacas de billetes, en imagen de archivoFoto Ap
¿E

mpezó la verdadera tercera guerra mundial de Estados Unidos, no contra Irán, sino contra China? Todavía no.

Como Pekín desechó el regalo envenenado de un G-2 propuesto por los estrategas anglosajones para un condominio de control global, entonces la administración Obama, acorralada en el frente doméstico y en declive acelerado en el resto del mundo (con excepción del masoquista México neoliberal, donde impone su unilateralismo sádico de mal vecino), optó por apretar las tuercas geopolíticas en la periferia inmediata del dragón amarillo y, sobre todo, mediante el diluvio del nocivo efecto Bernanke (ver Bajo la Lupa, 7 y 10/11/10), susceptible de crear superburbujas de especulativos capitales golondrinos en los países emergentes, pero sobre todo, deliberadamente contra el BRIC (Brasil, Rusia, India y China).

La cumbre en Washington entre Estados Unidos y China en enero de 2011 será crucial para definir los posicionamientos y las posturas finales para formular un arreglo entre las dos superpotencias geoeconómicas del siglo XXI, la primera en declive acelerado y la segunda en vertiginoso ascenso.

En caso de ausencia de un arreglo armónico sobre un G-2 de facto y de corte geofinanciero (menos desfavorable y desequilibrado para China) –aunque nadie se atreva a pronunciar profanamente su nombre–, entonces el mundo incursionará en una guerra doblemente financiera y comercial de pronóstico reservado, sumada al ineludible neoproteccionismo y el retorno del control de cambios, que puede derrumbar todo el jueguito financiero especulativo de Wall Street y la City, que practican impúdicamente su “carry trade” (parasitaria especulación con los diferenciales de las tasas de interés de las divisas).

Yiping Huang, profesor de economía en el China Macroeconomic Research Center of Peking University, se pregunta si la guerra de las divisas es inevitable (China Daily, 19/11/10).

Yiping Huang aduce que “la política monetaria de Estados Unidos (léase: el efecto Bernanke) fracasará en recortar sus enormes déficit de cuenta corriente y creará burbujas en las economías emergentes”. A su juicio, muy discutible, los acuerdos alcanzados por el G-20 redujeron el riesgo de una guerra global de las divisas. Pero agrega acrobáticamente que una cosa es reducir los riesgos y otra es evitarla completamente.

A nuestro entender, desde que los humanos manejan los intercambios monetarios siempre han existido de una u otra forma guerras de divisas, que han llevado a su paroxismo perverso los esclavistas banqueros Rothschild y su instrumento conspicuo George Soros.

¿El desacoplamiento unilateral del dólar con el oro hecho por Nixon para financiar sus gastos bélicos no fue, acaso, una guerra del dólar contra las otras divisas?

¿No fue el tan cantado Acuerdo Plaza del 22 de septiembre de 1985 una guerra del dólar contra el marco alemán (que lo orilló a refugiarse en el euro, hoy también en la mira) y contra el yen japonés, que todavía no se repone de su monumental paliza?

Yiping Huang sostiene que los líderes de opinión en Occidente (sic) continúan contemplando varias opciones para que Estados Unidos libre una guerra de las divisas con China, lo cual incluye una nueva versión mas amplia del Acuerdo Plaza: tasas de cambio y políticas fiscales entre los países deficitarios (Estados Unidos) y los superavitarios (China y Alemania); tarifas punitivas a las importaciones; restricciones de acceso a los países superavitarios al mercado de los Bonos del Tesoro; intervención compensatoria de Estados Unidos; diluvio de liquidez de dólares impresos masivamente por la Reserva Federal.

Considera que ninguna (¡súper sic!) de estas opciones sería efectiva, porque no ataca la raíz de los desequilibrios globales.

No lo dice pero, como ilustró Michael Hudson, connotado economista con vasta cultura geopolítica (ver Bajo la Lupa, 17/11/10), la mayor proporción del déficit crónico de Estados Unidos proviene de su gasto bélico, de lejos superior a su parasitismo comercial.

Yiping Huang afirma que varias de las amenazas de Estados Unidos son incluso imposibles (sic) de implementar, como la prohibición primaria a la compra de Bonos del Tesoro que pueden ser adquiridos en los mercados secundarios, lo cual, además, sería contraproducente al elevar significativamente el costo de los capitales, ya que China es su principal tenedor foráneo.

La intervención compensatoria de Estados Unidos es todavía más difícil, puesto que China aún mantiene controles de cuentas de capital” respecto al renminbi/yuan.

Lo factible es una guerra comercial mediante las tarifas a la importación sugeridas por los halcones del Congreso (sobre todo, la nueva camada bélica de extrema derecha mexicanófoba, islamófoba y sinófoba), que antes deben pasar el escrutinio de la OMC.

Dadas las ventajas comparativas entre China y Estados Unidos, tampoco habría una fuga laboral al mercado estadunidense, arrasado por su mayúsculo desempleo.

Comenta que una nueva versión del Acuerdo Plaza conduciría a ajustes excesivos en las apreciaciones de las divisas (léase: una sobrevaluación del renminbi/yuan concomitante a una devaluación exagerada del dólar).

Desde luego que el previo Acuerdo Plaza no resolvió las raíces de los desequilibrios globales (v. gr. la impresión alegre de dólares chatarra), pero tampoco son coyunturas geopolíticas similares ni situaciones financieras, monetarias y fiscales análogas un cuarto de siglo más tarde.

A su juicio, hoy el diluvio de dólares chatarra –el efecto Bernanke– tiene como propósito tres objetivos: disminuye el costo de los capitales; crea un hiperinflación que reduce la deuda de Estados Unidos y devalúa al dólar frente a las otras divisas.

Lo más ominoso radica en el daño infligido al resto del mundo, en particular mediante la creación de superburbujas especulativas en las economías emergentes: La víctima más probable de la segunda ronda de facilitación cuantitativa no será Estados Unidos sino los mercados emergentes (nota: que incluyen al BRIC y al México neoliberal).

Asevera que la depreciación unilateral del dólar no será suficiente para eliminar los presentes déficit de la cuenta corriente de Estados Unidos.

Debido a la liberalización asimétrica del mercado adoptada por China desde hace 30 años, aconseja que su país mueva su tasa de cambio más rápido (sic), en forma continua (sic) y con mayor flexibilidad para reducir su superávit.

Teme que el diluvio de dólares chatarra del efecto Bernanke inunde China y conduzca a una superburbuja, por lo que deberá tomar medidas precautorias de ajuste como el alza en las tasas de interés para evitar el disparo estratosférico de las acciones bursátiles.

Lo más relevante: propone medidas temporales (sic) para controlar (¡súper sic!) las cuentas de capitales que detendrán la invasión de dólares chatarra en la frontera china.

Muy pendenciero, el centro de pensamiento texano-israelí Stratfor se jacta de que Estados Unidos despedazará a China mediante la guerra de las divisas, la cual volverá a ganar como en el pasado, mientras que el adicto globalizador británico Martin Wolf, ideólogo neoliberal a la carta de The Financial Times (16/11/10), asesta su epílogo del choque de trenes: a la impresión masiva de dólares por Bernanke, China responderá imprimiendo mas renminbis para comprar más dólares y el triunfador será aquel que padezca menor inflación.

¿Dónde queda el resto del mundo? ¿Entrarán Estados Unidos y China a una guerra inflacionaria? El mundo está en sus manos; lo mejor es que se pongan de acuerdo en enero.

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