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Carlos Lenkersdorf: compromiso con la liberación
Juan Trujillo Limones*
L

a noche del 23 de noviembre Carlos Lenkersdorf dio su último respiro en su casa de la ciudad de México, a los 84 años. El cáncer que desde hacía años lo aquejaba no fue obstáculo para aferrarse a luchar por la vida y por la enseñanza de la lengua, cultura y filosofía maya tojolabal. Apenas en agosto, se había despedido de las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde poco más de 70 alumnos asistían regularmente a sus clases.

Carlos llegó junto con su esposa Gudrun a Chiapas en 1972 y desde entonces comenzaron a trabajar entre los indígenas. Se trataba de una invitación del obispo de San Cristóbal de las Casas, Samuel Ruiz, quien desde hacía varios años impulsaba la opción preferencial por el pobre. Su compromiso comenzó con el esfuerzo de aprender de los indígenas que se encontraban en situaciones extremas: apenas en la década de 1940 estaban saliendo de las fincas y hacia 1960 comenzaba la creación de ejidos y comunidades; el sarampión y las enfermedades curables eran sólo dos elementos que junto con el alcoholismo, se encargaban de dar muerte a niños y mayores por igual.

Una de las memorias que compartía con sus alumnos era que al llegar a Los Altos, los indígenas le decían: Aquí todos vienen a querer decir qué hacer, pero ustedes vienen a aprender. Por casi 25 años, ese fue el eje del trabajo en su caminar por las cañadas tojolabales, entre Altamirano, Las Margaritas y Comitán. En los cursos, como laicos de la diócesis, llevaron proyectos educativos en los que destacaron: la alfabetización en tojolabal y la creación colectiva de un diccionario bilingüe. El castellano, decía Carlos es la lengua de la sociedad dominante, con lo que se entendía que ese también se convertía en un instrumento de defensa para vencer el miedo y la vergüenza.

Para el joven nacido en Alemania, la lengua indígena constituía, no sólo la puerta de entrada al mundo indígena desconocido y enigmático, sino también el medio para inculturarse en la vida campesina de un pueblo con raíces ancestrales. “La transformación que implica vivir y trabajar entre los tojolabales –decía Carlos– es la que hizo que personajes como Bartolomé de Las Casas, Samuel Ruiz o el propio subcomandante Marcos, lograran ‘desaprender’ muchos de los hábitos y formas de pensar convencionales, para vivir un verdadero y radical proceso de cambio”.

Al menos entre 1968 y 1988, la lengua y la cultura indígena fueron los dos canales con los que la sabiduría comienza a interpelar a la diócesis, activistas, guerrilleros. Se trata del momento en el que la catequesis y pastoral liberadoras logran, con los indígenas, quitar la venda del ojo y hacer concientes a grandes poblaciones de Los Altos y Selva Lacandona. El Congreso Indígena de 1974 y la posterior movilización social y política serían apenas las ventanas por donde podían apreciarse lo que se estaba cocinando.

El pensamiento y corazón de Carlos se formó para aprender del fogón, de la milpa y de los cerros sagrados que llenan de magia los mitos, leyendas y poesías tojolabales. Aprendió a escuchar lo que un día, el indígena Chepe le dijera en torno a que todo lo que existe en el mundo natural tiene altzil, es decir, corazón.

La sabiduría que los indios le transmitieron a Carlos era sólo el reflejo de su compromiso con la lucha por la vida de familias enteras. Se trataba de insertar en la cultura, los instrumentos que permitieran su defensa y liberación: enseñanza de leyes y derecho agrarios. Pero no sólo eso, sino también que el educador aprendiera humildemente el idioma de sus educandos y así, en otros momentos, crear con el método horizontal y participativo, música y cantos. Un trabajo que hizo que las comunidades lo consideraran parte de su milpa, parte de los tojolwinik, los hombres verdaderos, en su lucha por la persistencia humana y la resistencia cultural.

Este proceso no es más que el vivir la experiencia de tojol’ab’alaxi, es decir, tojolabalizarse, lo que requiere dejar el mundo urbano para entrar en otra realidad, en otra lógica, en otro mundo. Las clases de Carlos, suponían vivirlo por algunos momentos. En su último curso, abarrotado de alumnos, uno de ellos expresó: Crecer duele. No era un conjunto de enseñanzas muertas, sino toda una práctica de liberación.

En la cañada de Altamirano, lo reconocen todavía como un b’ankilal, un hermano mayor, término que supone haber adquirido autoridad espiritual. En la traducción no sólo literaria de la lengua, sino también cultural, Carlos encontró y compartió el concepto de kentik, el nosotros y vinculado a éste, el de slekilal, nuestro bien común. Decía que estos secretos se encuentran en la lengua, transmitidos en el constante convivir con las comunidades y en el arte de escucharlas. Porque es en las asambleas y en su modo de dialogar, donde se encuentra presente el lajan lajan aytik, estamos emparejados, que Carlos lo localizó en la cosmovisión como una forma de caminar, entre seres humanos iguales hacia el consenso, el equilibrio. Ahí, el poder de la sociedad dominante se encontraría diluido por el respeto y la hermandad para alcanzar aquel jlekilaltik, la sociedad libre y justa.

Antes de dejar las aulas, Carlos comentó a sus alumnos que después del 1° de enero de 1994, la gente lo buscaba para que le dijera qué hacer. Su respuesta era sencilla: aprender la lengua y cultura de los alzados. Fuera del mundo indígena, donde no faltó ocasión en la que le aparecieran obstáculos por su supuesto trabajo poco objetivo, decía que la misión es sembrar semillas, esas que los rebeldes tojolabales llaman semillas de la liberación. En estas semanas y años, el curso de filosofía, lengua y cultura tojolabal hoy, continuará con la siembra de un b’ankilal que en buen tiempo de otro amanecer, recogerá su merecida cosecha.

*Ex alumno de Carlos Lenkersdorf; entre 2008 y 2010 trabajó en proyectos educativos en dos primarias y secundarias de la zona alta tojolabal

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