Opinión
Ver día anteriorMartes 21 de diciembre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Salinas y su lucha por existir
H

oy que estamos ante una salida regresiva de la crisis… Carlos Salinas emprende de nuevo su lucha por existir; y para entenderlo a él y su trilogía de libros, hay que leer a William Shakespeare y circunstancias humanas similares, verlo como un rey caído, ciego y sordo; tirado en el piso, buscando su espada, víctima de su propio ni los veo, ni los oigo cuando conducía al país a toda velocidad, al abismo que ahora somos.

Carlos Salinas, en su lucha por existir, sabe que sólo puede intentarlo cuando el país se hunde y para que su reinvención de la historia sea posible, tiene que alimentarse del caos, la incertidumbre, el fracaso, los vacíos, el insulto y la falta de memoria.

Obsesionado por su absolutismo fallido, su dedazo desperdiciado (¿cómo pudo, con tanto poder, aceptar a Ernesto Zedillo como sucesor?, ¿quién se lo impuso? y, por tanto, ¿hubo un asesino solitario?), ahora se preocupó por elegir a sus críticos, bajo un modernizado despotismo ilustrado, que le garantizan critica sin ir más allá de los esgrimas racionales, el debate de personalismos y rasgaduras en el terciopelo, para existir... Buena estrategia para que su libro no pasara desapercibido, mientras distribuye su nuevo ideario que nos llevaría a la pregunta: ¿dónde nació el neoliberalismo mexicano? y, suponiendo sin conceder que surgió en 1994, ¿cómo pudo salir tan perversa hija, de tan buena madre?

La invención de los enemigos es ya una estrategia trillada en nuestra comedia nacional y sirve para eliminar, desfondar, reventar posibilidades, creando señuelos. Como preámbulo a su último libro, fue buena la promoción en foto por el estado de México con Enrique Peña Nieto, reivindicando para su gusto la fantasía de su maximato; anunciando más que denunciando, la reorganización política de la oligarquía, la reunificación del PRI; el regreso de Elba Esther Gordillo y sus acólitos Humberto Moreira y Enrique Peña Nieto. La foto placeada, sin duda, generó unidad y entusiasmo priísta.

Esto sólo podría hacerlo alguien que cree realmente en su existencia y su poder. Es, sin duda, Andrés Manuel López Obrador quien lo reivindica como el protagonista del poder omnímodo en México, el que le da vida, vigencia y existencia. Nadie como López Obrador lo actualiza, prepara sus apariciones y foros, le presenta ideas elementales para que luzcan comparativas las suyas, como novedosas y modernas. Hay entre ellos un objetivo común: desaparecer el año innombrable de 1988 en que estuvieron juntos, en el mismo partido, bajo el mismo voto. Tanto Andrés Manuel López Obrador como Carlos Salinas han compartido los esfuerzos y las ideas de los mismos hombres y mujeres de 1988, como Manuel Camacho, Socorro Díaz, Ignacio Ovalle, Manuel Bartlett, Arturo Núñez, José Guadarrama, Ricardo Monreal, y las pléyades de personajes que se mueven en la imprecisión del sexenio en que se inició el neoliberalismo en México, pero que, llenos de entusiasmo, han sido parte de actos tanto de Carlos Salinas como de Andrés Manuel López Obrador. Quizás lo que más los separa, es Ernesto Zedillo a quien Carlos Salinas hace responsable del principio del neoliberalismo, pero que para López Obrador, es un personaje que jamás toca y cuyo neoliberalismo se propuso humanizarlo.

En su lucha por existir, Carlos Salinas crea un discurso y un lenguaje que no le conocimos entre 1987 y 1994. Jamás puso a debate la tercera vía entre mercado y Estado; nunca hubo una preocupación por una sociedad civil con independencia. Fue sí el primero que habló de la extrema pobreza y la cuantificó en 17 millones de mexicanos en esa condición, pero eso fue para justificar el proceso privatizador. Con respecto a América Latina, ya una vez lo dijo Rafael Caldera en Venezuela, que el principal problema latinoamericano eran “los tres Carlos (Salinas, Menem y Pérez) con su alto grado de dependencia hacia Estados Unidos, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial y que nosotros vivimos bajo el proyecto de integración del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, que sembró lo que hoy es nuestra debacle económica. ¿De quién fue obra eso?

En su lucha por existir, parece que su estrategia de interlocutores designados y promoción fotográfica se apaga muy rápidamente. Para ello ¿Por qué no solicitar inscripción en el Club de Madrid, donde debaten los ex presidentes del mundo actual y que construyeron este desastre global? ¿Por qué no exponer ahí su tercera vía que hoy nos ofrece como novedad a los mexicanos?

Para Carlos Salinas sí hay un interlocutor innombrable: se llama Cuauhtémoc Cárdenas. La obsesión por desaparecerlo da a Carlos Salinas más de un aliado encubierto en ese propósito, porque en el programa del Frente Democrático Nacional de 1988, en los discursos de aquella campaña; en la declaración de principios original y el programa del PRD, están la respuesta a su tres libros y lo que ha sido una verdadera oposición al neoliberalismo y las mentiras de quienes piensan que con ellos se inventó la historia. Entrar a debatir ahí, sí es para Carlos Salinas y el salinismo, un verdadero peligro.