Opinión
Ver día anteriorMartes 21 de diciembre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Una década de avances en el trasplante de ovarios
L

a primera década del siglo XXI, que está por concluir, se ha caracterizado por avances notables en el campo de las tecnologías de reproducción asistida. Además de los procedimientos que podríamos llamar convencionales –como la inseminación o la fertilización in vitro– y las numerosas técnicas a las que éstas han dado lugar, han surgido otras en los años recientes, que si bien se encuentran aún en sus etapas iniciales, permiten atisbar lo que probablemente formará parte del futuro reproductivo en nuestra especie. Entre ellas destaca la conservación por periodos prolongados de pequeños fragmentos de ovario y el trasplante posterior de este tejido.

Hace cinco años me referí aquí a este tema (La Jornada/ 13/12/05) asombrado por los beneficios y las tremendas implicaciones de esta tecnología, asombro que quiero compartir ahora que ha transcurrido un lustro, en el que se han acumulado nuevos datos, que se acompañan también de intensos debates.

En mujeres jóvenes que sufren algún tipo de cáncer u otras patologías que requieren del empleo de la radio o quimioterapia, los ovarios sufren severos daños que implican la pérdida de sus funciones. Se trata de órganos indispensables para la reproducción, pues además de que sintetizan las hormonas que determinan distintos aspectos del desarrollo sexual, son el sitio en el que se producen las células sexuales maduras, los óvulos. Los tratamientos con radiaciones o con agentes químicos, como en el caso del cáncer, condenan a estas personas a la infertilidad.

La idea que ha guiado los esfuerzos para enfrentar lo anterior consiste en que si se extrae una pequeña porción del ovario (que puede ser de 2 milímetros) antes de recibir estos tratamientos tan agresivos y se almacena a muy bajas temperaturas, una vez concluida la terapia se podría recurrir al tejido congelado, reintegrarlo al cuerpo de la paciente (autotrasplante) y restablecer así su función reproductiva. Esto, que se dice muy rápido, es algo sumamente complejo y ha significado muchos años de investigación en el mundo en esta década para el perfeccionamiento de cada una de las etapas de la técnica.

El tejido preservado debe mostrar su capacidad para la producción de las hormonas que ejercen su influencia sobre todo en el organismo femenino y que actúan de manera armónica con otras sustancias producidas en el cerebro. Debe de ser capaz, además, de restablecer los ciclos orgánicos y restaurar la menstruación, así como guiar la maduración de los folículos ováricos y la ovulación. También, debe mantenerse activo el sitio del que se libera la célula sexual (cuerpo lúteo), indispensable para el mantenimiento de un embarazo normal.

Hay buenas noticias. En 2004 Jacques Donnez y su equipo lograron el primer nacimiento exitoso de una niña, por medio de este procedimiento, al que han seguido otros. Al finalizar la década han nacido más de 10 niños sanos, lo cual demuestra que esta tecnología es eficiente para restablecer la función reproductiva. En al menos uno de estos casos, no se trató de un autotrasplante, sino de la donación de tejido ovárico de otra persona, una hermana gemela (Silber, 2010), lo que abre un interesante capítulo para el uso futuro de la técnica.

Pero, como ocurre con todas las tecnologías de reproducción asistida (y yo diría con todo el conocimiento científico) hay efectos inesperados. La pregunta que surge es si esta tecnología puede ser útil en casos que no tienen una justificación médica (como el cáncer) y si pudiera emplearse en mujeres sanas que buscan postergar la maternidad a etapas posteriores a la menopausia. Es más, olvidándonos de la fertilidad, la pura función endocrina del tejido trasplantado puede revertir todos los cambios asociados a la menopausia, lo que sería desde el punto de vista endocrino una especie de retorno a la juventud. Esto ha dado lugar a un interesante debate.

Desde luego, surgen las posturas anticientíficas que ven peligros en todos lados y otras que recurren al argumento religioso de que se quiere jugar a ser Dios, o las que actúan por puro reflejo burocrático, queriendo establecer a cada rato regulaciones o prohibiciones en el empleo de esta y otras tecnologías, dañando de paso el avance del conocimiento. Hay otras posturas que, por el contrario, argumentan en favor del trasplante de ovario en las mujeres sanas que así lo deciden, aportando múltiples razones.

Al respecto una pregunta que me llamó la atención es la siguiente: ¿Por qué si los hombres pueden preservar sus células sexuales en los bancos de semen y postergar su capacidad reproductiva por años, las mujeres no pueden hacer lo mismo conservando una parte de su tejido ovárico? Al respecto recomiendo a las lectoras y lectores interesados, el artículo de Wybo Dondorp y Guido De Wert, publicado en 2009 en la revista Human Reproduction (24(8): 1779-1785).