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José Santos Valdés y el Olimpo Pedagógico
E

stá de moda declarar que la educación pública en México se encuentra en crisis. Ese es el nuevo mantra de la derecha empresarial y de los organismos financieros multilaterales. No se trata de algo inédito. En 1952 la Conferencia Nacional de Educación Primaria declaró que la escuela primaria atravesaba por la más profunda de sus crisis. Desde entonces se le ha repetido una y otra vez.

Lo novedoso en esta ocasión es el asalto de la derecha empresarial a la educación pública con el pretexto de su crisis. Ciertamente siempre le ha molestado el artículo tercero constitucional y en su momento se escandalizó con la educación socialista y los libros de texto gratuitos. Pero ahora, inspirada en lo que sucede en Estados Unidos, va por todo.

En un momento así es importante recuperar la vida y la obra del profesor José Santos Valdés, uno de los más imaginativos educadores que el país ha tenido. Él consideraba a los miembros del Olimpo Pedagógico como unos copiones que, en lugar de ahondar en nuestra historia de la educación, se pasan el tiempo hablando de lo que no saben hacer. Sostenía que tenemos una una práctica docente sólida, seria, de maestros que aceptan la teoría universal de la educación, pero no la imitan ni aceptan servilmente.

José Santos Valdés nació el 1º de noviembre de 1905 en Matamoros, Tamaulipas. Fue hijo de un peón de hacienda. Desde niño trabajó en ellas. Estudió en la Escuela Normal de Coahuila gracias a una beca. A los 16 años de edad padeció síntomas de tuberculosis por hambre.

En 1923 obtuvo una plaza de maestro rural. Le pagaban 2.50 pesos, tres veces el sueldo de los peones. Con ese dinero se compró su primer traje. El administrador y el mozo de la hacienda le amargaron la vida. Cuando le explicaba a los niños que las nubes son vapor de agua condensado, el administrador le replicaba: “Ustedes los maistrillos rurales son unos ignorantes. Enseñan mentiras y más mentiras. Las nubes son de polvo”.

Un año más tarde continuó su formación como profesor de primaria. No quería ser un destripado. Se graduó en 1926. Muy pronto sacaría las primeras lecciones de su experiencia docente. “Entendí –escribió en su Autobiografía– que sólo puede ser accesible a los niños de manera completa aquello que no deja dudas o confusión en nosotros mismos.” Para él, lo que educa no es lo que se dice, sino lo que se hace, lo mismo con la puntualidad que con el trabajo. Los niños –concluyó– no resisten la fuerza del ejemplo.

Su experiencia docente fue intensiva y fructífera. Fue Director de la Escuela Primaria Superior Talamantes, de Navojoa, Sonora, en la que tuvo como discípulos a los hijos del ex presidente Álvaro Obregón. Siendo inspector de zona en las escuelas primarias de Hermosillo fue deportado del estado por el gobernador Rodolfo Elías Calles, quien le dio 24 horas para abandonar el territorio por ser un peligroso comunista. Fue maestro o director de instituciones educativas tan diversas como la Escuela Central Agrícola de Tamatán, Tamaulipas; las normales rurales de Galeana, Nuevo León; Tenería, estado de México; El Mexe, Hidalgo, y San Marcos, Zacatecas. En 1967, ya jubilado, la Secretaría de Educación Pública (SEP) lo comisionó como supervisor especial de enseñanza normal.

Santos Valdés fue, hasta 1947, un activo organizador sindical del magisterio. Nunca dejó de laborar como maestro mientras fue representante gremial. A lo largo de toda su vida, fue un crítico severo de la burocracia sindical, a la que consideraba como parte de los villanos de la pedagogía. “Al maestro de primaria –escribió– se le ha degradado profesional y moralmente a través de una política economicista y egoísta, y de la acción de líderes sindicales y autoridades educativas.” Y añadía: “El magisterio de base, que en México es extraordinario y creador, se ve reprimido por sus ‘líderes’ y, el colmo, por sus propias autoridades”.

Su análisis de la situación magisterial iba más allá del mundo sindical o de los funcionarios educativos. Preocupado por quienes influían en la moral profesional del magisterio, lamentó, profundamente, el papel que en la corrupción de los trabajadores de la educación desempeñan quienes sólo están preocupados por la ganancia.

Profesionista estricto y conocedor profundo de los profesores de aula, no perdió nunca la fe en su capacidad creadora. “La práctica –dijo– me ha probado que todas las virtudes inseparables del maestro surgen, avivadas, cuando el maestro de banquillo encuentra las condiciones que le han permitido revelarse tal como él quiere ser. Esto lo he vivido, lo he visto centenares de veces.”

Vasconcelista a su manera, crítico de las modas pedagógicas, reivindicó siempre las experiencias educativas desarrolladas en México. Sostenía que la reacción sigue viva y empeñosamente, lucha por derogar el artículo tercero constitucional. Promovió una educación científica, democrática, nacionalista en su mejor sentido, social e internacionalista.

Santos Valdés fue durante varios años militante del Partido Comunista. Redactó en 1935 el manifiesto que dio origen a la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México. Explicó, como muy pocos en su tiempo, el asalto al cuartel Madera, en Chihuahua, en 1965, la primera acción relevante de una guerrilla socialista en México.

Simultáneamente periodista y escritor, colaboró con las revistas Política y Siempre! Publicó en los periódicos El Mundo, de Tampico; El Heraldo, de San Luis Potosí; El Porvenir, de Monterrey; El Siglo, de Torreón, y el El Día. Escribió varios libros clásicos de la literatura pedagógica mexicana, como Amelia, maestra de primer año.

José Santos Valdés murió el 5 de agosto de 1990. Sus discípulos han tratado de mantener viva su obra y su memoria. De vivir en estos días estaría enfrentando sin concesiones tanto a la ofensiva conservadora contra la educación pública como al cacicazgo sindical de Elba Esther Gordillo.