Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 9 de enero de 2011 Num: 827

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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

La última interacción
WERNER CLAUDIO COLOMBANI

Kuro
NANA ISAÍA

Quinientos pesos de multa
BEATRIZ GUTIÉRREZ MUELLER

Cinco poetas de Morelos

Zygmunt Bauman, un transeúnte irlandés
MACIEK WISNIEWSKY entrevista con ZYGMUNT BAUMAN

La vida en tiempo prestado
MACIEK WISNIEWSKY

Guía de navieros
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Hugo Gutiérrez Vega

LA POESÍA GRIEGA CONTEMPORÁNEA (VII DE X)

Takis Varvitsiotis nació en 1916, vive en Salónica, la gran capital de la Grecia verde, y asiste, disciplinado y amable, a todos los congresos mundiales de poetas en los que los coreanos reparten libros de poesía concreta en su distante y misteriosa lengua y uno se encierra con los libros en el cuarto de hotel y, a veces, se aterroriza ante la imposibilidad de entender esos rasgos. Algunos de los poetas acompañan traducciones a un inglés oficinesco y, entonces, la frustración y la incomunicabilidad son mayores. Ana de la ausencia, Un verano más, La pesca milagrosa, son algunos de los libros de este poeta del norte que nació un año antes de que el imperio de la Sublime Puerta –ya en una poco sublime decadencia– entregara a los griegos las llaves de la puerta de la ciudad del bastión blanco.

Varvitsiotis mantiene una estrecha relación con la poesía de América y Europa. Traduce del francés, el italiano y el español y es un incansable promotor de la poesía latinoamericana en el norte de Grecia y, particularmente, entre la comunidad sefardita que sigue hablando la lengua ladina. En la poesía de Varvitsiotis se mezclan la alegría de lo cotidiano con la ausencia de los seres amados.

“No aquí en este oscuro cuadro/ Aquí chorrean los lutos, las pérdidas/ Los dedos de humo// Yo quiero los blancos muros/ La hoja que no se marchita/ La espuma del mar/ Y esta luz brillante y sin manchas/ El desconocido promontorio en la distancia/ Quiero el amor/ Quiero cantar en voz alta/ Para despertar a las montañas/ e inventar un cuento.”

Poesía personalísima la de Varvitsiotis, que está, por otra parte, ligada a la tradición macedónica y a las formas del canto en el norte, en la Grecia verde. El poeta, esencialmente afirmativo, saca fuerzas de la debilidad para apostar por la vida: “Esta extraña trémula escritura/ Que por doquier estampan/ Las enfermas rosas de septiembre/ Hace que florezcan las piedras más duras/ Que en nuestros puños germinen semillas./ Que llamas otoñales penetren suavemente/ Nuestros huesos/ Que todas las puertas se adornen/ Con un blasón de sangre.”

Miltos Sajturis (o Sachturis) es uno de los personajes más ocultos y, al mismo tiempo, presentes, de la poesía griega actual. Nacido en 1919, en la isla Hydra, hijo de familia pudiente, abogado de éxito, un buen día lo dejó todo y se encerró en su casa de Ambelókipi. Pocas veces se deja ver y, así como Emily Dickinson mandaba pasteles desde su encierro, Sajturis manda notas breves y comentarios puntuales sobre los libros de poesía que aparecen en Atenas. En 1977 reunió los poemas de sus seis libros anteriores y en 1980 publicó su último libro, Heridas de colores.

Sajturis es un poeta traducido a muchos idiomas a pesar de las dificultades que presentan sus formas originales y su manera de entender la creación poética, que algunos críticos simplificadores califican de hermética, ignorando que no hay poesía hermética. Lo que hay son lectores indolentes.

A Sajturis le interesa el misterio de lo cotidiano, o lo que se oculta tras la aparente naturalidad. Así todo adquiere un carácter simbólico y se inscribe en los anales de una existencia que, por debajo de lo rutinario, alienta un orden hecho de maravillas, de inusitadas ceremonias llenas de un significado que generalmente se nos escapa.

“Con un pañuelo negro una mujer cubre la luna” y, sin su luz, un orden distinto se mueve en la tierra y establece sus leyes. Sajturis es un gran admirador de Lewis Carroll y de los juegos de palabras del mundo del otro lado del espejo, del país oculto en el fondo del pozo, que sólo podemos ver si decrecemos y nos hacemos como niños. Esta es, también, la última manera de entrar al reino de los cielos.

En Sajturis las calles atenienses adquieren una coloración distinta. Son un lugar para la vida asediado por la presencia de la muerte. Así lo dice en su poema titulado: “Mina”: “Te escribo lleno de miedo en una galería nocturna/ alumbrada por una lámpara tan pequeña como un dedal/ un vagón me pasa por encima con cuidado/ midiendo su distancia para no golpearme/ pero a veces finjo estar dormido/ y otras remendar unos calcetines viejos/ porque todo a mi alrededor ha envejecido extrañamente// en casa/ ayer/ cuando abrí el armario desapareció/ se hizo polvo con toda su ropa/ los platos se rompen con sólo tocarlos/ tengo miedo y escondí los tenedores y los cuchillos/ mi cabello se ha vuelvo como de estopa/ mi boca ha emblanquecido y me duele/ mis manos son de piedra/ mis piernas de madera/ tres niños pequeños me rodean llorando/ no sé por qué razón me llaman mamá// Quise escribirte sobre nuestras viejas alegrías/ pero he olvidado cómo escribir sobre cosas felices// Acuérdate de mí.”

(Continuará)

jornadasem@jornada.com.mx