Opinión
Ver día anteriorMiércoles 26 de enero de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Laicismo
Arnoldo Kraus
T

anto en México, como en el mundo, el laicismo afronta cada día nuevas batallas. En ocasiones la lucha es contra el Estado, otras veces contra grupos políticos y siempre contra las asociaciones religiosas que, en lugar de apelar a su espíritu humanista, las utilizan para denostar, descartar y borrar todo lo que se enmarque dentro del rubro otro. El rubro otro, cuando predomina la intolerancia, es infinito.

En contraposición con la política, con sus hacederos y con los ministros religiosos, el laicismo, más que escuela y doctrina, es un estilo de vida, donde la convivencia es leitmotiv y la pluralidad virtud. Los primeros buscan seguidores y fieles; los segundos no hacen proselitismo. El laicismo brega por la libertad, por la democracia, por la tolerancia, por la autonomía. Además de ser parte de su estructura y de su filosofía, esas características son, no paradójicamente, algunas de las diferencias primordiales con los grupos que pretenden, a toda costa, negar los derechos del individuo para pensar y decidir libremente sobre temas como aborto, eutanasia, homosexualidad o clonación. Esas características son también la base del encono de los grupos radicales que buscan restar peso al Estado laico, o, incluso como sucede en algunas naciones del mundo árabe, algunas de las razones contra la secularización.

Las batallas del laicismo, doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa, contra los fundamentalismos religiosos y políticos en México y en el mundo son cada vez más visibles y más necesarias. Y también más complicadas.

El Tea Party en Estados Unidos; los colonos ultrarreligiosos en Israel; la tozudez de Hugo Chávez en Venezuela; el ríspido discurso de Ahmadineyad en Irán; la negra herencia del padre Marcial Maciel; la filosofía del grupo Pro vida en México; la increíble y brutal historia de las campesinas encarceladas en Guanajuato por haber abortado, seguramente por problemas de salud y no motu proprio, y la diseminación del terrorismo de los ultras islámicos son ejemplos vivos y enemigos del laicismo. Las armas de esas agrupaciones y de sus líderes son temibles. La peor es la nula posibilidad de dialogar. De la cerrazón que ahuyenta el diálogo devienen dogmatismo, anulación de la individualidad, oscurantismo y fanatismo. Negar el valor de la autonomía y anular la libertad de creencias es la apuesta de esas corrientes. Vindicar el valor de la persona, de su libertad y de su autonomía es la apuesta del laicismo.

Para muchos pensadores la democracia liberal, la pluralidad, el respeto, la tolerancia, la libertad y la idea de igualdad se encuentran amenazadas. En El Estado laico (Nostra Ediciones, 2008), Roberto Blancarte concluye: “Lograr la armonización de las libertades, en el respeto de los derechos de cada quien, es la función, la gran tarea y el enorme reto de la laicidad. Pero esta tarea no parece simple en la actualidad. Los acontecimientos internacionales de nuestro tiempo, marcados por tensiones e intolerancia de todo tipo, muestran la creciente necesidad de marcos legales y políticos para la gestión de la creciente pluralidad y diversidad de la sociedad global… Desafortunadamente, el mundo no tiene demasiadas soluciones ni fórmulas para generar una práctica y justa convivencia entre personas de distintos credos o convicciones filosóficas. Las diferencias de convicción y de creencias suelen ser dirimidas en forma violenta, sobre todo en regímenes poco democráticos”. Agrega: La tragedia de nuestro tiempo es que, incluso en países acostumbrados a la pluralidad, dichos retos están dando lugar a unas formas de intolerancia y discriminación, más sutiles y por lo mismo más perversas.

La visión de Blancarte retrata la realidad del mundo. Cuando a Osama Bin Laden se le preguntó si estaba de acuerdo con la idea de Samuel Huntington acerca del choque de civilizaciones respondió: Totalmente. El Libro Sagrado lo dice muy claro. Los judíos y los estadunidenses inventaron el mito de la paz en la tierra. Eso es un cuento de hadas. Imposible, ante el ascenso de los movimientos antilaicismo no ser escépticos. Seguramente el futuro depara nuevos horrores. La tarea en defensa del laicismo y del Estado laico es compleja y necesaria. El problema parece insuperable: ¿qué decir si no hay con quién hablar? Queda, sin embargo, la obligación de no callar; queda el compromiso de rescatar y recordar la idea de John Stuart Mill, quien, en su clásica defensa de la libertad, argumentó que cada individuo es el mejor juez y guardián de sus propios intereses. Queda, también, a pesar de la cerrazón para dialogar, una esperanza: acercarse a los conglomerados religiosos menos proclives a los fanatismos para entablar con ellos un diálogo inteligente que sirva de puente para acercarse a los grupos radicales.

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