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Revuelta en el mundo árabe
¿Día de la partida o de la desilusión?

Si Mubarak se va en estos días, los egipcios debatirán por qué tardaron tanto tiempo en deshacerse de él

Con atención, bravura y temor, los jóvenes hombres y mujeres de la plaza Tahrir esperan el desenlace

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Para impedir enfrentamientos, militares ocuparon posiciones entre partidarios y detractores de Mubarak, en la plaza TahrirFoto Ap
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Opositor en el mismo escenario de El CairoFoto Ap
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Al continuar las manifestaciones antigubernamentales en la plaza Tahrir y sus alrededores, inconformes formaron cadenas humanas para impedir el paso de tanques militaresFoto Ap
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Detractores de Hosni Mubarak descansan cerca de dicha plaza, la principal de El CairoFoto Reuters
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Un opositor se aproxima cojeando al escenario de las protestas, apoyado en una barra de metal, mientras otro rezaFoto Ap
Robert Fisk
The Independent
Periódico La Jornada
Domingo 6 de febrero de 2011, p. 24

El Cairo, 5 de febrero. El anciano se va. Su anunciada renuncia, la noche de este sábado, al liderazgo del gobernante Partido Nacional Democrático de Egipto –incluida la partida de su hijo Gamal– no apacigua a quienes quieren que el presidente sea depuesto. Pero obtendrán lo que desean: todo el vasto edificio de poder que el PND representaba en Egipto es ahora un cascarón, un cartel de propaganda sin nada detrás.

La vista del ilusorio nuevo primer ministro de Mubarak, Ahmed Shafiq, diciendo a los egipcios este sábado que las cosas vuelven a la normalidad fue suficiente para probar a los manifestantes de la plaza Tahrir –llevan 12 días exigiendo el exilio del hombre que ha gobernado el país durante 30 años– que el régimen está hecho de cartón. Cuando el jefe del comando central del ejército en persona rogó a las decenas de miles de activistas pro democracia en la plaza que se fueran a sus casas, ellos sencillamente lo hicieron callar con sus abucheos.

En su novela El otoño del patriarca, Gabriel García Márquez describe la conducta de un dictador amenazado y su sicología de negación total. En sus días de gloria, el autócrata se cree un héroe nacional. Enfrentado a la rebelión, culpa a las manos extranjeras y a las agendas ocultas de esta inexplicable revuelta contra su imperio benévolo, pero absoluto. Quienes fomentan la insurrección son usados y manipulados por potencias extranjeras que odian a nuestro país. Entonces –me baso en una síntesis del libro hecha por el gran escritor egipcio Alaa Al-Aswany– el dictador trata de poner a prueba los límites de la máquina haciendo todo, menos lo debido. Se vuelve peligroso. Luego accede a hacer todo lo que quieren de él. Y por fin se va.

Hosni Mubarak parece estar al borde de la cuarta etapa: la partida final. Durante 30 años ha sido el héroe nacional –participante en la guerra de 1973, ex jefe de la fuerza aérea, sucesor natural de Gamal Abdel Nasser y de Anuar Sadat– y luego, enfrentado a la ira creciente de su pueblo por su gobierno dictatorial, su policía estatal y sus torturadores, y por la corrupción de su régimen, culpa a enemigos ficticios (Al Qaeda, la Hermandad Musulmana, Al Jazeera, CNN, Estados Unidos). Tal vez acabamos de pasar esta fase peligrosa.

Veintidós abogados fueron arrestados por la fuerza de seguridad de Mubarak el jueves pasado, por auxiliar a otros abogados pro derechos humanos que investigaban el encarcelamiento de más de 600 manifestantes. Los brutales policías antimotines que fueron expulsados de las calles de El Cairo hace nueve días, y las bandas de drogadictos pagados por aquéllos, forman parte de las armas que le quedan al dictador herido y peligroso. Esos esbirros –que operan bajo las órdenes directas del Ministerio del Interior– son los mismos que ahora tirotean de noche la plaza Tahrir y que la madrugada del viernes dieron muerte a tres personas y lesionaron a 40. La llorosa entrevista de Mubarak con Christiane Amanpour la semana pasada –en la cual afirmó que ya no quiere ser presidente, sino sólo permanecer en el poder otros siete meses para salvar a Egipto del caos– fue el primer atisbo de que la cuarta etapa había comenzado.

Al-Aswany ha dado en conferir un aura romántica a la revolución (si eso es en realidad). Ha caído en el hábito de realizar mañanas literarias antes de unirse a los insurrectos, y la semana pasada sugirió que una revolución vuelve más honorable a un ser humano, así como enamorarse dignifica a una persona. Le señalé que muchos enamorados pasan una desordenada cantidad de tiempo eliminando a sus rivales y que no recordaba ninguna revolución en la que no hubiera pasado lo mismo. Pero su respuesta, que Egipto había sido una sociedad liberal desde los días de Muhammad Alí Pachá y que fue el primer país árabe que tuvo política partidista (en el siglo XIX), estaba cargada de convicción.

Si Mubarak se va este domingo o en el curso de esta semana, los egipcios debatirán por qué tardaron tanto tiempo en deshacerse de este dictador de hojalata. El problema es que con los autócratas –Nasser, Sadat, Mubarak y cualquier otro a quien Washington dé su bendición ahora– el pueblo egipcio perdió generaciones de madurez. Porque la primera tarea esencial de un dictador es infantilizar a sus ciudadanos, transformarlos en un pueblo de niños de seis años, obedientes a un amo patriarcal. Se les dan periódicos falsos, elecciones falsas, ministerios falsos y un montón de falsas promesas. Si obedecen, pueden llegar a ser alguno de los ministros falsos; si desobedecen, serán tundidos en el cuartel de policía local, o encarcelados en el penal de Tora o, si persisten en la violencia, irán a la horca.

Sólo cuando el poder de la juventud y la tecnología obligó a esta dócil población egipcia a crecer y lanzar su revuelta inevitable se volvió evidente a todo este pueblo infantilizado que el gobierno mismo estaba compuesto por niños, el mayor de ellos de 83 años de edad. Sin embargo, por un horrible proceso de ósmosis política, durante 30 años el dictador también infantilizó a sus aliados occidentales, supuestamente maduros. Le compraron el argumento de que sólo Mubarak sostenía la muralla de hierro que contiene a la oleada islámica de inundar Egipto y el resto del mundo árabe. La Hermandad Musulmana –con genuinas raíces históricas en Egipto y con pleno derecho a entrar en el parlamento en una elección imparcial– sigue siendo el espantajo en labios de todo presentador de noticias, aunque no tenga la menor idea de lo que es o ha sido.

Pero ahora la infantilización ha ido más allá. Lord Blair de Isfaján apareció en la BBC la otra noche, pontificando con arrogancia cuando se le preguntó si compararía a Mubarak con Saddam Hussein. En absoluto, respondió: Saddam empobreció a una nación que alguna vez tuvo un nivel de vida más alto que Bélgica, en tanto Mubarak había elevado 50 por ciento el PIB de Egipto en 10 años. Lo que Blair debió decir es que Saddam mató a decenas de miles de sus compatriotas, en tanto Mubarak sólo había matado/torturado a unos cuantos miles. Pero la camisa de Blair está ahora casi tan manchada de sangre como la de Saddam; así pues, parece que sólo se debe juzgar a los dictadores por sus logros económicos.

Obama fue un paso más allá. Mubarak, nos dijo la mañana de este sábado, es un hombre orgulloso, pero un gran patriota.

Fue extraordinario. Para hacer semejante afirmación era necesario creer que el dictador nada sabía de la abrumadora evidencia del salvajismo de la policía egipcia de seguridad a lo largo de 30 años; de la tortura y el sádico trato a los manifestantes de los 13 días pasados. Mubarak, en su senil inocencia, tal vez estaba al tanto de la corrupción y quizá de algún exceso –palabra que comenzamos a oír de nuevo en El Cairo–, pero no del abuso sistemático contra los derechos humanos y la falsedad de cada elección. Es el viejo cuento ruso de hadas: el zar es una gran figura paterna, un líder reverenciado y perfecto. Lo que pasa es que no sabe lo que hacen sus subalternos. No se da cuenta de lo mal que tratan a los siervos. Si alguien le dijera la verdad, pondría fin a la injusticia. Los sirvientes del zar, desde luego, se confabularon en esto.

Pero Mubarak no ignoraba la injusticia de su régimen. Sobrevivió mediante represión, amenazas y elecciones falsas. Siempre fue así. Como Sadat. Como Nasser, quien –según testimonio de una de sus víctimas que era amigo mío– permitía que sus torturadores balancearan a los prisioneros sobre tinas de heces humeantes y los zambulleran delicadamente en ellas. A lo largo de 30 años, sucesivos embajadores estadunidenses han informado a Mubarak de las crueldades perpetradas en su nombre. De cuando en cuando el presidente expresaba sorpresa y prometía poner fin a la brutalidad policiaca, pero nada ha cambiado. El zar aprobaba plenamente lo que su policía secreta hacía.

Así pues, cuando David Cameron anunció que si las autoridades estaban detrás de la violencia en Egipto sería algo absolutamente inaceptable –amenaza que sin duda los tenía temblando en sus zapatos–, la palabra si era mentira. Cameron, a menos que no se moleste en leer los informes de la Oficina del Exterior relativos a Mubarak, está bien enterado de que el anciano era un dictador de tercera categoría que se valió de la violencia para mantenerse en el poder.

De todos modos, los manifestantes en El Cairo, Alejandría y Port Said entran ahora en un periodo de gran temor. Su día de la partida del viernes –predicado sobre la idea de que si en verdad querían que el dictador se fuera en esa semana, él acabaría acatando la voluntad del pueblo– se convirtió este sábado en el día de la desilusión. Ahora construyen un comité de economistas, intelectuales y políticos honestos que negocie con el vicepresidente Omar Suleiman. Al parecer no se dan cuenta de que Suleiman es el próximo general confiable que será aprobado por los estadunidenses, que es un hombre despiadado que no vacilará en usar a la misma policía de seguridad en la que Mubarak se apoyó para eliminar a los enemigos del Estado en la plaza Tahrir.

La traición sigue siempre a una revolución triunfante. Y eso todavía podría ocurrir. El negro cinismo del régimen sigue allí. Muchos manifestantes pro democracia han notado un extraño fenómeno: en los meses anteriores a la protesta surgida el 25 de enero, una serie de ataques contra cristianos coptos y sus templos se esparció por Egipto. El Papa llamó a proteger a los cristianos, que forman 10 por ciento de la población egipcia. Occidente estaba horrorizado. Mubarak culpó, como siempre, a las manos extranjeras. Pero luego del 25 de enero, a los coptos no se les ha tocado un pelo. ¿Por qué? ¿Será que los perpetradores tenían otras misiones violentas que cumplir?

Cuando Mubarak se vaya, se revelarán verdades terribles. El mundo espera. Pero nadie espera con más atención, más bravura y temor que los jóvenes hombres y mujeres de la plaza Tahir. Si en verdad están al borde de la victoria, están seguros. Si no, muchos oirán golpear sus puertas a la medianoche.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya