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España reclama a la empresa estadunidense Odyssey la propiedad de 600 mil monedas

Wikileaks revela sórdidos detalles de la batalla legal por un tesoro submarino

Al parecer el pecio corresponde a la fragata española Nuestra Señora de las Mercedes

Según los cables, el gobierno de EU ayudaría a su par hispano si éste le devuelve un cuadro de Pissarro

Dale Fuchs
The Independent
Periódico La Jornada
Viernes 11 de febrero de 2011, p. 7

Londres. A lo largo de 200 años, las monedas de plata se asentaron en silencio en el lecho del Atlántico, mil metros debajo de las olas. Formaron racimos como rocas en una vasta extensión de suelo oceánico cerca de Portugal, los cuales, cubiertos con sedimentos, pesan unas 17 toneladas.

Las monedas no sirvieron de mucho a los 250 marinos que las transportaban desde Perú en la que probablemente era la fragata española Nuestra Señora de las Mercedes, la cual se hundió en 1804, destrozada por fuego de cañones británicos. Pero ahora, llevadas desde su húmeda pero lucrativa tumba a unos litigiosos marineros de agua dulce, esas 600 mil monedas ociosas, que según algunas versiones valen hasta 500 millones de dólares, trabajan horas extras.

Han desencadenado una batalla legal en Estados Unidos entre España, que reclama la propiedad del botín, y la Odyssey Marine Exploration, empresa estadunidense de caza de tesoros que lo detectó con robots de alta tecnología, lo extrajo del lecho marino y lo envió a Florida en 2007. Y han sacado a flote espinosas cuestiones sobre la propiedad y preservación de los 3 millones de barcos hundidos que según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) aún reposan en el fondo de los océanos.

En fechas recientes esas monedas herrumbrosas, consideradas la mayor colección procedente de un solo sitio en aguas profundas, han puesto también en vergüenza a algunos diplomáticos, gracias a un cable del Departamento de Estado filtrado por Wikileaks. En él se revela la más reciente, y sumamente improbable, arma en la escaramuza trasatlántica por el tesoro: una pintura impresionista de Camille Pissarro, titulada Rue Saint-Honoré por la tarde, efecto de lluvia.

El cuadro, valuado en 20 millones de dólares, cuelga en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, en apariencia sin tener nada en común con batallas navales o naufragios, salvo tal vez la lluvia que baña la gris calle parisina recreada por Pissarro.

La pintura perteneció alguna vez a un judío alemán, que fue obligado a venderla barata a oficiales nazis a cambio de una visa de salida, en 1939. Los descendientes del propietario, que viven en California, emprendieron en 2005 su propia contienda legal contra el Estado español. El museo se niega a entregar el cuadro, afirmando que lo adquirió honradamente mucho después que los nazis despojaron de él a su dueño.

Aquí es donde entra Wikileaks. Según los cables, el gobierno estadunidense ofreció ayudar a España en su batalla jurídica por el barco hundido a cambio del apoyo español para recuperar el Pissarro.

En los cables, el embajador estadunidense sugiere que los dos países se valgan del margen de maniobra de que dispongan, consistente con sus obligaciones legales, para resolver ambos asuntos en forma que favorezca la relación bilateral.

No se sabe si dicho intercambio llegó a ofrecerse en realidad, pero la posibilidad pronto dio parque para los cañones de la empresa de exploración arqueológica, la cual utiliza la presunta colusión entre los dos gobiernos para fortalecer su demanda ante un tribunal de apelaciones de Estados Unidos.

La posibilidad de que alguien en el gobierno estadunidense ideara esta pérfida oferta de sacrificar a Odyssey, a sus miles de accionistas y los muchos empleos creados por la compañía, a cambio del retorno de una pintura a un individuo, resulta difícil de creer, expresó el presidente de Odyssey, Greg Stemm, en una declaración escrita cuando se divulgaron los cables, en diciembre.

Odyssey no cree que exista evidencia suficiente para probar que el tesoro provenga de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, cuyo hundimiento por naves británicas provocó la entrada de España en las guerras napoleónicas. Sólo se refiere al naufragio por un nombre en clave, Cisne negro. Pero aun si Cisne negro es la Mercedes, la empresa cree tener derecho al tesoro, pues la fragata realizaba una misión comercial, y la carga de monedas de plata pertenecía a comerciantes, no al Estado español. Según la compañía, las leyes estadunidenses sólo reconocen a los estados extranjeros el derecho a reclamar restos de navíos cuando hubieran sido hundidos en misiones militares.

El abogado del gobierno español, James Gold, del bufete Covington & Burling, con sede en Washington, rechaza esa aseveración. “Es como afirmar que el buque estadunidense Arizona, hundido en Pearl Harbor, era un barco mercante”, dice, y acusa a la empresa de ir en contra de las convenciones de Naciones Unidas referentes a la protección de la herencia marina.

Encontraron el sitio en secreto, llevaron a cabo una campaña de dos o tres semanas trabajando las 24 horas para extraer las monedas y luego zarparon: eso es pillaje, no arqueología, declaró Gold a The Independent. No solicitaron permiso ni reportaron el barco: arrebataron cuantas monedas les fue posible y para cubrirse inventaron que no sabían de qué barco se trataba.

Según Gold, los propios videos de Odyssey, presentados como pruebas, demuestran que se trata de la fragata española. Los cañones, espadas y armas pequeñas, el timón: todos son españoles, como los que se ven en el Museo Naval Español de Madrid, pero Odyssey no recuperó nada de eso. Sólo tomó las monedas, evitó tocar los cañones y afirmó que era un barco desconocido porque no encontró el casco intacto. Pero si no estaba intacto es porque fue volado en pedazos.

El gobierno español ha tratado a Odyssey como un pirata moderno. La policía española interceptó el barco de la empresa cuando zarpó de Gibraltar, registró la carga por la fuerza y tuvo al capitán detenido durante la noche.

Stemm, de Odyssey, se declaró sorprendido por el trato hostil. “Durante mucho tiempo tuvimos una buena relación con el gobierno español –aseguró–. De hecho invitamos al Ministerio de Cultura a que enviara arqueólogos para ir junto con el proyecto”.

El caso del tesoro hundido ha suscitado debate en España respecto de cómo impedir que otros miles de restos de barcos de la era colonial caigan en manos privadas. Un grupo ambientalista nacional, Ecologistas en Acción, solicitó al Ministerio de Cultura recuperar todos los tesoros hundidos, colocar los mejores artefactos en museos, subastar el resto y entregar las ganancias como compensación a los pueblos indígenas de América Latina.

Pero es difícil que gobiernos con problemas de liquidez como el español sufraguen la tecnología necesaria para competir con una compañía como Odyssey, que juega en la bolsa de valores de Nasdaq y que según Stemm ha invertido 150 millones de dólares para desarrollar su tecnología.

De hecho, el mundo de la cacería altamente tecnológica de naufragios no se parece en nada a lo que Jacques Cousteau encontró con su aqualung. El equipo de esa empresa, integrado por casi 200 arqueólogos, ingenieros, conservacionistas y otros técnicos, escudriña las profundidades oceánicas con ayuda de un robot submarino de ocho toneladas apodado Zeus y una batería de equipos. Las operaciones del año pasado costaron a Odyssey 20 millones de dólares.

Ahora que robots no tripulados llegan a profundidades sin precedente en todo el planeta, los arqueólogos se preocupan cada vez más por cuál será la mejor forma de preservar la herencia submarina. Según la UNESCO, más de 160 restos de grandes naufragios han sido objeto de explotación comercial desde la década de 1980. En 2001, ese organismo redactó un proyecto de convención para proteger esos sitios. Recomienda preservar objetos en sus ubicaciones originales y prohíbe el comercio o la especulación con artefactos.

Odyssey se esfuerza por distanciarse de los irresponsables cazadores de tesoros que, en palabras de Stemm, destrozan restos en busca de tesoros sin ningún respeto por la importancia arqueológica e histórica del sitio.

La compañía destaca el caso del navío británico Victory como ejemplo de su capacidad iluminadora. Luego de un acuerdo con el gobierno británico, la empresa buscó ese barco del siglo XVIII, predecesor del que fue insignia del almirante Nelson, considerado el más grande y avanzado de su época. En 2008 la tripulación de Odyssey localizó los restos en el Canal de la Mancha, a unos 100 kilómetros de donde se pensaba que se había hundido con 900 almas, 110 cañones de bronca y 400 mil libras esterlinas. Resolvimos un añejo misterio de la historia naval, afirma Stemm.

Permanezcan en sintonía: la plata todavía tiene que aparecer.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya