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Revuelta en el mundo árabe
Niños de la calle en El Cairo, víctimas de una lucha que no lograron entender
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Familias se tomaron la foto del recuerdo frente al museo egipcio, cerca de la plaza TahrirFoto Reuters
Robert Fisk
The Independent
Periódico La Jornada
Domingo 13 de febrero de 2011, p. 26

El Cairo, 12 de febrero. Los policías le dieron un tiro en la espalda a Mariam, de 16 años, el 28 de enero, desde la azotea del cuartel de Saida Zeinab, en los barrios bajos de la vieja ciudad de El Cairo, cuando la violencia gubernamental dirigida a sofocar la revolución estaba en su punto más alto. El disparo no tuvo más sentido que mostrar el desprecio de las fuerzas de Mubarak por los niños de la calle en Egipto.

La muchacha había acudido al cuartel junto con un centenar de chicos pordioseros para exigir la liberación de su amigo Ismail Yassin, también de 16 años, quien había sido arrastrado al interior. Algunos de los que protestaban tenían escasos nueve años. Tal vez por eso el policía hizo primero unos disparos de advertencia al aire.

Y luego alcanzó a Mariam, quien tomaba fotos con su teléfono móvil y cayó al suelo con una bala en la espalda. Otros menores la llevaron al cercano hospital de Mounira –donde el personal, al parecer, se negó a recibirla– y luego al Ahmed Maher, donde le extirparon la bala. A Ismail lo soltaron y logró llegar hasta la plaza Tahrir, donde los manifestantes por la democracia eran atacados por hombres armados. Vagaba por la calle Jairat –arrastrado a la violencia como todos los indigentes de El Cairo– cuando un pistolero desconocido le disparó en la cabeza y lo mató.

Están por todas partes. Los 50 mil niños de la calle en El Cairo son el legado vergonzoso y oculto de Mubarak, un detritus de menores pobres e indefensos, huérfanos y proscritos, aspiradores de solventes, muchos de ellos drogadictos, algunos de escasos cinco años. Según los propios niños y trabajadores de instituciones filantrópicas, las muchachas son a menudo arrestadas y sujetas a abusos sexuales por la policía.

Estadísticas del gobierno egipcio aseguran que en las calles sólo viven 5 mil niños pordioseros, cifra que organizaciones no gubernamentales locales y agencias occidentales consideran otra fantasía de Mubarak para encubrir un escándalo 10 veces mayor.

Muchachos entrevistados por The Independent on Sunday revelaron cómo los partidarios de Mubarak los llevaban a fuerzas a las afueras de la plaza Tahrir para lanzar piedras a los manifestantes, cómo los persuadían de participar en sus marchas de apoyo al presidente. Muchos otros llegaron por sí solos hasta la plaza, porque descubrieron que los manifestantes eran amables con ellos, les convidaban sándwiches y les daban cigarrillos y dinero.

Según una organización filantrópica local, hasta 12 mil niños de la calle fueron atrapados en ambos bandos de los disturbios en las pasadas tres semanas.

Les decían que era su deber de patriotas lanzar piedras a los manifestantes y cometer actos violentos, relató una doctora egipcia del distrito de Saida Zeinab. Según su relato, muchos chicos fueron golpeados por balas de goma de la policía cuando aparecían en el lado de los manifestantes por la democracia. Por lo menos 12 de esa demarcación fueron llevados a hospitales por lesiones causadas por armas de la policía.

Ahmed –no está seguro si tiene 18 o 19 años, pero es probable que sea mucho más joven– vio cuando le dispararon a Mariam. Vestido con playera anaranjada, jeans deslavados, sandalias de plástico y una gorra de beisbol, se mostró tímido y atemorizado, aun cuando la estación de policía de Saida Zeinab fue incendiada por turbas enfurecidas esa misma noche del 28 de enero y los policías salieron a escape.

“Fue poco antes de la oración del viernes; oímos que la policía golpeaba a la gente en la calle –recordó–. Salí y vi a muchas personas lanzando piedras, así que me puse a hacerlo yo también. Todos lanzaban piedras, mi familia, todas las familias, porque todos odiamos a la policía.

Mariam tomaba fotos con su móvil y los policías estaban en la azotea. Ella estaba de espaldas al cuartel, pero de todos modos le dispararon. La llevaron al hospital y salió vendada, pero dijo que la herida aún le dolía y creía que alguien le había robado un riñón. Luego la vi en la calle, en la zona de Abú Riche. Ahora no sé dónde está.

Los albergues para niños, que operan con donativos británicos y de otras naciones europeas, han intentado encontrar a Mariam, pero ha sido inútil.

Ahmed estaba en la calle Jairat cuando Ismail Yassin fue asesinado. Yo estaba golpeado y me pegó un cartucho de una pistola aturdidora de la policía. Muchos jóvenes salieron a las calles a robar, de las casas o de donde fuera. Golpeaban a la gente en sus casas y se llevaban todo lo que querían.

Ahmed lava parabrisas en los cruceros y pernocta en las calles; de noche no pega el ojo, por temor de que lo asalten, pero tras el amanecer duerme unas horas. Sus padres, como los de otros niños de la calle, están vivos, pero hace tiempo él se alejó de ellos y se niega a regresar a casa.

Mohamed apenas tiene nueve años y guarda confusos recuerdos de la revolución que derrocó a Mubarak. Él y otro chico fueron asaltados por tres hombres que los arrojaron a un albañal, al parecer en un intento por quitarles dinero. Luego acompañó a sus hermanos a observar las manifestaciones en el distrito cairota de Gayar.

“Me puse a lanzar piedras a los que gritaban ‘no’ a Hosni Mubarak. Fui con los que decían estar con él; eran mayores que yo y me dijeron que lanzara piedras.” Mohamed viene de Guena, en el alto Egipto, de una familia de tres hermanas y tres hermanos.

“Fui a quedarme con un amigo que dormía en un jardín –dijo–. Luego otro amigo comenzó a vivir en Tahrir y me dijo que me fuera para allá. Fuimos Karim, Alí y yo; nos dieron comida y nos sentamos con la gente. Me gustó ir allá. A veces pedía limosna. Y los soldados siempre me saludaban y a veces me daban comida.”

Estos niños –con frecuencia mucho menores de la edad que decían tener– evadían a veces las preguntas referentes a la conducta de los policías; era obvio que aún tenían miedo. Trabajadores de los albergues relatan que los policías obligan a las chicas de la calle a acostarse con ellos y hasta les roban dinero. Varios chicos dijeron que la mayoría de sus amigos consumen drogas. Un joven con todas las trazas de ser adicto habló en forma incoherente de la violencia policiaca, dijo que portaba navaja y que recibió varias golpizas en el cuartel de Saida Zeinab a manos de dos policías cuyos nombres fueron revelados a The Independent on Sunday.

Muchos de estos niños fueron absorbidos hacia el vórtice de la revolución, siguiendo a la muchedumbre por la emoción y la sensación de aventura.

La gente comenzó a caminar y yo fui también, relató Goma. Anda descalzo y lleva unos pantalones sucios; dice tener 16 años. Viene de la ciudad oasis de Fayoum y reconoció que al principio no sabía a quién respaldaban esas personas.

Los enemigos

“Luego comenzaron a decir que estaban con Mubarak y marcharon hacia Tahrir. Pero cuando llegamos allá, vinieron otros y empezaron a apedrearnos. Yo lancé piedras con la gente de Mubarak. Me dijeron que tenía que estar de su parte, porque si se iba vendría alguien de otro país para ser presidente de Egipto. Los enemigos –es de suponerse que hablaba de los manifestantes por la democracia– me dieron una pedrada en la espalda que todavía me duele, y entonces me fui porque no quería que me dieran otra en la cara o en el ojo.”

Los niños de la calle de El Cairo andan en manadas, se turnan con sus amigos para recibir comida gratis cuando los albergues abren sus puertas, adoptan cachorros callejeros e intentan, como los niños que asisten a la escuela, aprender a usar computadoras donadas por organizaciones filantrópicas extranjeras.

Pero ninguno de los que encontré sabía leer, y la mayoría no sabían escribir su nombre en árabe. Algunos eran obviamente huérfanos o estaban semiabandonados por sus padres, pero muchos hablaban de padres que obligan a sus hijos e hijas a trabajar en las calles por dinero para comprar drogas.

Los enfermos no reciben atención; los muertos no importan. El cuerpo de Ismail Yassin, hoy un mártir de la revolución egipcia, permanece en el anfiteatro de un hospital. Nadie lo ha reclamado.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya