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M.A. Montoya lleva escritos cuatro libros y acaba de publicar El espejismo del diablo

Vivir dentro del narco dura muy poco y termina mal, afirma ex traficante

El combate de Calderón a los cárteles es un error; mejor sería cortar sus flujos financieros, dice

Arturo Jiménez
 
Periódico La Jornada
Miércoles 16 de marzo de 2011, p. 4

Narcotraficante desde hacía unos 15 años, un día de 1999, en su departamento de Bogotá, el médico mexicano M.A. Montoya tomó la decisión más importante de su vida: apagó su celular, salió de su domicilio con apenas lo mínimo, y se esfumó en la clandestinidad.

Fue una decisión largamente meditada, quizá desde el momento en el que, muy joven, se involucró con el cártel de Cali, por una jugarreta del destino. Ahora Montoya tiene cuatro libros escritos y acaba de publicar uno de ellos: el relato autobiográfico El espejismo del diablo: testimonio de un narco (Axial).

Conocedor del tema, considera en entrevista que la guerra de Felipe Calderón es un error y señala que mejor debería intentarse cortar los flujos financieros del narcotráfico, legalizar el consumo de drogas y destinar más recursos para la educación y el empleo de los jóvenes mexicanos.

Anestesiólogo desde joven y ozonoterapeuta diplomado en Cuba durante su renacimiento, Montoya habla para La Jornada en una librería:

Es un testimonio de vida para enviar un mensaje, sobre todo a los jóvenes: el narcotráfico destruye, y no sólo a los involucrados, sino a todas las personas que nos rodean, y a quienes se ven afectados por lo que se hace. Dedicarse al narcotráfico es un espejismo, tarde o temprano resulta en una farsa. Creer que se encontrarán dinero, poder y felicidad, es una mentira.

Cambio de vida

–El dinero y el poder sí se encuentran, ¿no?

–Transitoriamente, como un sueño. Se vive una situación que dura muy poco y termina mal.

–¿Hay que hacerse duro para sobrevivir?

–Sí, es un ambiente pesado, difícil; te va acabando.

–Suele decirse que quienes entran al narcotráfico es muy difícil que salgan y vuelvan a vivir dentro de la legalidad.

–Un buen día sentí que tenía que salir de eso. No estaba muerto de milagro, y si estaba vivo era por algo. Así que decidí cambiar mi vida. Apagué mi teléfono, abandoné mi familia, amigos y prácticamente pasé a vivir en la clandestinidad por varios años, esperando a que las personas se olvidaran de mí o les llegara su fin violento, como suele suceder. Y yo no quería terminar así.

Aprovechó cuando hubo un problema fuerte en el grupo, que causó una desbandada. Y me dije: es ahora o nunca. Y me fui.

–¿Lo dieron por perdido en el grupo en el que estaba?

–Ya no supe qué pensaron o qué pasó después. Seguramente más de alguno me buscaba, no con buenas intenciones.

Comenzó una lucha por sobrevivir: encontrar trabajo, hacer ejercicio, dejar las drogas, el alcohol, estar en paz. Me sentía bien, como si me estuviera limpiando, como si volviera a lo que había sido, a mi esencia.

–¿No encontró adentro personas con valores o ideales?

–De muy pocas que conocí puedo decir que tengan valores. Es un medio lleno de traición, engaño y ambición.

Por educar a niños y jóvenes

–¿El narcotráfico corrompe el espíritu humano?

–Lo corrompe, lo vuelve pedazos. Lo que tú eres, dejas de ser. Dañó mi vida, y dañé la vida de mi familia.

–Si es así, ¿porqué casi nadie se sale?

–Mucho de eso tiene que ver con una cuestión cultural. Es muy raro encontrar personas educadas, al menos en el tiempo en que participé. El común denominador de los grandes capos es que eran incultos, que padecieron muchos problemas, abusos, pobreza, carencias morales y de toda índole.

Aunque me trataban con respeto. De los capos que conocí, con todos tuve muy buena relación. No puedo decir amistad, porque en esto no la hay. Puedo mencionar capos colombianos como Diego Montoya, Nelson Urrego o Fanor Arizabaleta.

–¿Cómo ha evolucionado el narcotráfico?

–Lo que comencé a ver al final de mi contacto con el medio, es que los narcotraficantes ya no eran de extracción popular. Eran ya segunda o tercera generaciones, con estudios universitarios, más cultura y preparación, más organizados, como una empresa.

Advierte que México sigue el mismo camino que Colombia en aquella época, en cuanto al uso del narcoterrorismo para “presionar al Estado por medio de la violencia. Aquí vemos narcobloqueos, narcosecuestros, mantas, decapitaciones.

La forma más efectiva para desarticular a esas organizaciones es quitándoles sus ingresos, que vienen de Estados Unidos y Europa.

En lugar de invertir dinero en tanques y helicópteros, agrega, el gobierno de Felipe Calderón debería apostar por la educación de niños y jóvenes. Es un planteamiento idealista, sería muy difícil. Pero si damos a nuestros jóvenes oportunidades de salir adelante, una mejor calidad de vida, muchos de ellos no ingresarían al narcotráfico. Cada uno de los ciudadanos debemos poner algo de nuestra parte. En mi caso, trato de mostrar a los jóvenes que el narcotráfico no es una mejor vida.

–¿Ve una salida para México?

–Por el momento, no. La violencia con más violencia no nos sacará del atolladero.