Opinión
Ver día anteriorMartes 3 de mayo de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Auto sacramental
Pedro Miguel
S

egún el viejo chiste, en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial un joven en uniforme nazi se disponía a asesinar de manera rutinaria a un polaco fichado por la Gestapo. Entonces, bajó del cielo un ángel y le dijo al oído al matarife:

–No lo hagas.

–¿Por qué no? –respondió el nazi–. Es sólo un polaco.

–Ese hombre está destinado a ser Papa –explicó la aparición.

–Y eso, ¿a mí qué? –se impacientó el joven asesino.

–Que tú vas a heredar el cargo, idiota –dijo el ángel, y desapareció.

Pasada aquella conflagración, las derechas fascistas y las no tanto se unieron frente a un nuevo enemigo común y bajo las banderas del anticomunismo. Decenas de criminales de Estado del Tercer Reich encontraron refugios fáciles gracias a los servicios de inteligencia de Estados Unidos e Inglaterra, a todo mundo se le olvidó la portentosa contribución de Daimler Benz en la construcción de la máquina alemana de exterminio y a Franco le fueron perdonadas sus estrechas amistades con Hitler y Mussolini a cambio de que cediera a Washington unos pedazos de territorio español para instalar allí bases militares. Esa entente discreta hizo posible, entre otras cosas, que un viejo nazi austriaco, Kurt Waldheim, ocupara la Secretaría General de la ONU y unió a los protagonistas del chiste (la situación es apócrifa, pero verosímil) en una línea sucesoria de conservadurismo extremo en el interior de la Iglesia católica. El que fuera joven nazi acabó beatificando al resistente polaco que destacó, más que como pontífice, como uno de los principales dirigentes políticos de la derecha mundial en el último cuarto del siglo XX. Y es que Joseph Ratzinger no sólo le debe la carrera al fallecido, sino que vive y vivirá bajo su sombra y seguirá medrando –no es el único– del formidable capital mediático acumulado por Karol Wojtyla.

Dicen los que saben que, como teólogo, el alemán tiene más gracia que el polaco. Pero esta beatificación exprés y aparentemente disparatada –¿alguien cree realmente en los milagros de Juan Pablo II?– no es asunto de religión, sino de posicionamiento y marketing.

La ceremonia del domingo fue una oportunidad para vender autoridad empacada de manera engañosa como santidad. La restauración mundial de la que Wojtyla fue coprotagonista –del brazo de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Augusto Pinochet– se ha quedado sin fachadas y hoy se presenta como lo que siempre fue: un proyecto de ambición mundial, corte totalitario y declinaciones criminales en guerras de saqueo colonial, mafia y narcotráfico, lavado masivo de dinero, privatizaciones corruptas, endoso de poder político al empresarial, allanamiento de las soberanías, pensamiento único. En ese contexto, el hoy beatificado se erigió en cruzado medieval contra las libertades y las soberanías individuales, la diversidad sexual, la ciencia, los derechos de las mujeres, la teología de la liberación y sus adeptos, las comunidades eclesiales de base, las campañas de prevención del sida, el Estado laico y los movimientos progresistas en general. También solapó, con plena conciencia, a delincuentes como Marcial Maciel, no necesariamente porque aprobara las prácticas pederastas, sino porque la Legión de Cristo era (y es) una mina de influencias y de dinero. Ah, pero Juan Pablo II era tan encantador...

Casualmente, tras el baño de beatitud oficiado en Roma, el domingo se vio felizmente coronado por la destrucción del Maligno, y la jornada informativa adquirió, con ello, aires de auto sacramental. La venturosa muerte de Osama Bin Laden es rumor desde el 26 de diciembre de 2001, cuando Fox News reportó que el gran terrorista había fallecido pacíficamente, a consecuencia de una complicación pulmonar, en las montañas afganas de Tora Bora. Un lustro después, en septiembre de 2006, la prensa francesa dio a conocer un memorando secreto de los servicios de inteligencia de su país en el que se informaba de la muerte del cabecilla en Pakistán. En noviembre de 2007, unos meses antes de su asesinato, la política paquistaní Benazir Bhutto se refirió, en una entrevista concedida a la BBC, a un tal Omar Sheij, el hombre que mató a Osama Bin Laden. Anteayer, por enésima vez, el presidente de Estados Unidos lo dio por muerto. Ap difundió, urbi et orbi, una supuesta foto del cadáver que data de 2006, o antes, cuando el terrorista más buscado del mundo fue acribillado no mediante cuerpos especiales de la infantería de marina, sino por medio del photoshop. Después, Washington informó que el cadáver del saudita satánico había sido enterrado en el mar, en un funeral islámico. Y ya.

Fue un domingo intenso y ameno, pero en el cielo no cambiará nada y en la Tierra tampoco.