Opinión
Ver día anteriorLunes 13 de junio de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Qué hacer, de nuevo
L

a caravana cumplió su propósito. Empezó a escribir lo que Adolfo Gilly llama Memorial de Agravios y Dolor. Se firmó en Juárez el Pacto Nacional por la Paz con Justicia y Dignidad, como una convocatoria abierta que empieza a vertebrar el movimiento.

Las grandes lecciones, las que cambian el rumbo de la historia, escribió el subcomandante Marcos a los caravaneros, vienen precisamente de personas que, como ustedes y quienes ahora andan, hacen de la memoria el camino para crecerse.

De eso se trata, a final de cuentas. De cambiar el rumbo de la historia. Lo saben quienes han empezado a caminar. En esta hora de emergencia nacional, la nación se debe articular de manera plural e incluyente, desde abajo y entre todos y todas, para impulsar cambios de fondo que recuperen el piso común que nos une y que posibilita la convivencia social.

La caravana fue un acto de consuelo. Contribuyó a aliviar tristeza y dolor al animar, compartir el alma, levantar el ánimo. Pero tendremos verdadero consuelo, si traicionamos la etimología, cuando encontremos ese suelo común, el tejido social desgarrado y en proceso de desintegración, para regenerarlo.

La imaginación anda suelta. Las convocatorias de los caravaneros generan despertares. Toma formas inesperadas, por ejemplo, la idea de socializar la memoria de quienes perdieron la vida en esta guerra insensata. Su muerte es ahora motivo de iniciativas públicas que buscan recordarlos, dándoles cara e historia, para así compartir el dolor de haberlos perdido. En vez de placas en edificios centrales se está pidiendo a artistas locales que imaginen creaciones para espacios públicos en que cada uno de los muertos tenga un lugar. Pacíficas guerrillas urbanas preparan ya placas con sus nombres, para sobreponerlas en calles y avenidas a las de quienes formaron parte de la nomenklatura criminal e incompetente que nos ha gobernado. Pondrán las placas y no pararán hasta obligar a los cabildos a sustituir oficialmente unos nombres por otros: que nuestras calles tengan nombres de las víctimas, no de sus asesinos, de nombres que queremos olvidar.

Para reconstituir el país necesitamos articular las innumerables iniciativas que caracterizan al movimiento, manteniendo su diversidad. Algunas llegan al fondo de las cosas y son la clave del cambio profundo, pero sólo pueden cumplir su función transformadora si logran eslabonarse a las demás.

El año 2012 sigue siendo factor de confusión y desarticulación. Las elecciones aparecen como un enorme obstáculo que necesitamos remover. Como ha señalado Javier Sicilia, serían las elecciones de la ignominia: una clase política que ha mostrado hasta la saciedad su incompetencia y corrupción, así como su complicidad con los criminales que asuelan el país, realizaría maniobras de recambio para tratar de calmar la indignación general. Desde todos los puntos del espectro ideológico se sigue alimentando la ilusión de que bastará el cambio de un nombre para salvar al país. Mientras las mafias que forman los rescoldos del PRI se frotan las manos ante la fantasía de restauración y Calderón trata afanosamente de construir a cualquier precio un sucesor, AMLO sigue girando en banda para acumular credenciales en su morral electorero.

Nada de eso forma una perspectiva mínimamente realista; es un peligroso juego de ilusiones. No parece posible y menos aún probable que haya condiciones para una jornada electoral. Se sigue extendiendo una confrontación intestina que no queremos llamar guerra civil. Millones de mexicanos experimentan cotidianamente una condición enteramente ajena al estado de derecho. La inseguridad en todos los órdenes se hace cada día más aguda. Todo esto profundiza cada vez más la descomposición social y se darán a escala nacional condiciones como las que ya existen en diversas zonas, en que no sólo las elecciones, sino la continuación misma de la vida cotidiana serían imposibles.

Se habrían creado así las circunstancias para que entrara al relevo el dispositivo autoritario que se ha estado preparando, articulando el mando único de las policías con la centralización creciente de Ejército y Marina para presentar el control totalitario como remedio al estado insoportable de cosas que se sigue fomentando. ¿Elecciones? ¿En ese contexto? Aunque fuera posible darles alguna apariencia democrática, ¿para qué servirían?

En vez de entrar en ese juego insensato, necesitamos construir una alternativa viable a la coyuntura electoral. Es esto, me parece, lo que hemos empezado a discutir seriamente en diversos rincones del país y es ya fuente de esperanza. Al tiempo que multiplicamos iniciativas como las que se registraron en el pacto, necesitamos elaborar propuestas que muestren la viabilidad de sustituir las elecciones de la ignominia con dispositivos realmente democráticos e instituciones capaces de proteger la transición hacia una nueva sociedad.