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Alternativas

David Brooks
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Cientos de personas se manifestaron el sábado pasado en Atlanta contra la ley antinmigrante HB 87 en AtlantaFoto Ap
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unque aquí aún no hay marchas y manifestaciones masivas de indignados de las dimensiones que se expresan en Europa, ante los costos sociales de la crisis financiera y las políticas de austeridad, detrás del escenario hay diversas corrientes que buscan alternativas ante lo que todos saben que es un sistema que cada vez ofrece menos ante las necesidades y derechos de las grandes mayorías. No son rebeliones, aunque a veces sí gritos de ira y protesta, y muchos son sólo defensivos, de resistencia. Pero muestran señales de que no todo está tan quieto como a veces parece.

Hay cosas que llaman la atención sólo porque no son, literalmente, business as usual, o sea, no comparten la visión dominante de generar más de lo mismo. Cientos, hasta miles, de empresas, sindicatos, fundaciones, ONG y más están participando en promover lo que se llama en términos vagos una nueva economía. En general, son intentos reformistas para civilizar el capitalismo salvaje, que buscan imponer sobre ese sistema objetivos de mayor equidad social y económica, como de protección ambiental.

Gar Alperovitz, profesor y veterano en este llamado movimiento de nueva economía, insiste en que hay todo tipo de iniciativas que ofrecen una alternativa dentro del sistema. Señala que existen 1.6 millones de empresas sin fines de lucro, más de 11 mil empresas cuyos 13.6 millones de empleados son los dueños (total o parcialmente), como también un sorprendente universo de cooperativas –algo poco nuevo en este país–, con por lo menos 130 millones de miembros (más de uno de cada tres estadunidenses). En un artículo publicado en The Nation, Alperovitz detalla diversas iniciativas de responsabilidad social, entre ellas intentos ambiciosos por crear economías locales sustentables (granjeros urbanos y rurales junto con empresas de servicios y agencias gubernamentales que reforman sus mercados locales para beneficio mutuo), alianzas azules-verdes, donde sindicatos industriales y ambientalistas intentan crear industrias ecológicamente sustentables, y más. La vanguardia de este movimiento, señala, es un número creciente de cooperativas igualitarias, verdes, propiedad de sus trabajadores, junto con cientos de empresas sociales que usan sus ganancias para objetivos ambientales, sociales o que sirven a sus comunidades.

En otro ámbito, hay batallas más clásicas, pero con giros contemporáneos. Una de las empresas más emblemáticas del capitalismo reciente es Starbucks –con tiendas en 60 países y un total de 150 mil empleados–, que ahora tiene uno de los adversarios más antiguos del país, el sindicato IWW, con raíces centenarias (más de 106 años) anarcosindicalistas. International Workers of the World, conocido como los Wobblies está impulsando la sindicalización de Starbucks, con el objetivo de que haya un agremiado detrás de cada latte, pero creando con ello un nuevo modelo para trabajadores en el precario sector de servicios.

Un grupo de baristas lanzó el Starbucks Workers Union (SWU) en una de sus cafeterías en la ciudad de Nueva York en 2004, porque los trabajadores estaban hartos de salarios bajos, jornadas programadas al azar, un sistema de seguro de salud fuera de alcance y falta de respeto de gerentes, explicó uno de los fundadores, Daniel Gross, a la revista In These Times. El sindicato amplió su esfuerzo por toda la ciudad, con base en los principios del IWW, sobre todo la llamada solidaridad sindical, la cual implica una estructura no jerárquica con democracia directa. No somos parte de un sindicato. Somos el sindicato, resumió Gross.

Por otro lado, ante el asalto contra trabajadores sindicalizados del sector público en este país –Wisconsin fue el primer estado en anular derechos básicos de negociación de contratos colectivos, Nueva Jersey acaba de implantar nuevas leyes para hacer algo parecido, mientras otros estados promueven versiones mejores y peores de éstas– han estallado movimientos de protesta y resistencia. La de Wisconsin fue la más sostenida hace unos meses, y ahora ha pasado a una etapa donde la estrategia es utilizar el mecanismo de revocación de mandato a los políticos electos responsables del asalto. En los próximos meses varios legisladores estatales que encabezaron la ofensiva contra los trabajadores enfrentarán su posible destitución en elecciones especiales como resultado de estas iniciativas.

El mismo mecanismo fue utilizado en Arizona y ahora el senador estatal Russell Pearce, quien impulsó la ley antimigrante de ese estado, tendrá que enfrentar una elección especial para revocar su permanencia en el cargo. La organización Ciudadanos por una Arizona Mejor lograron reunir más de las 7 mil 756 firmas de su distrito requeridas para convocar la elección especial en noviembre o marzo (un juez decidirá la fecha).

Pero, como siempre, los inmigrantes son quienes continúan expresando las señales más vitales de lo que podría llamarse movimiento social. Este fin de semana, en Georgia, cientos de comercios no abrieron sus puertas y muchos trabajadores inmigrantes y sus aliados no llegaron a sus chambas en actos de protesta contra la puesta en vigor de la nueva ley antimigrante (pese a que algunas de sus peores medidas han sido congeladas por un juez). Miles marcharon el sábado por Atlanta y otras ciudades, informó la Alianza Latina por Derechos Humanos de Georgia (GLAHR).

Son sólo algunos gritos y susurros que rompen el silencio aquí, o por lo menos indican que no existe un consenso sobre las virtudes del sistema actual. Tal vez si logran juntarse podría estallar un coro de indignados de este lado del Atlántico.

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