Opinión
Ver día anteriorJueves 14 de julio de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Elevar la mirada: educación, no papeles
¡U

sted no entiende!, me gritó airada, hace 13 años, una señora ama de casa de Iztapalapa y madre de una jovencita inscrita en la Preparatoria Iztapalapa I, primera de las 17 que hoy integran el Instituto de Educación Media Superior del DF (IEMS-DF). “Lo que le urge a mi hija –continuó– es sacar pronto su certificado para poder conseguir trabajo en el Metro. ¡Le exigen los papeles! Usted, como es un riquillo, no sabe de nuestras necesidades”. La joven había cursado tres semestres de bachillerato en esa preparatoria fundada por los vecinos de la zona en la Ex Cárcel de Mujeres. A ella y a sus compañeros se les había aplicado un examen para conocer sus avances. De acuerdo con los resultados del examen y las exigencias de un nuevo proyecto para esa naciente institución, todos deberían empezar nuevamente desde primer año. Otros padres secundaron a la indignada madre, la reunión se puso al rojo vivo.

“Lo que yo entiendo –le dije– es que a su hija y a todos sus compañeros lo que les urge es tener una buena preparación. Una educación que se traduzca no solamente en un certificado que les ayude a conseguir un empleo, sino que les ayude a enfrentar una vida cada vez más difícil. ¿De qué les sirve conseguir ‘un papel’ que no está respaldado por una formación sólida? ¿Qué significa año y medio si lo que está en juego es su vida entera? Es muy meritorio lo que han hecho ustedes, sus hijos y los maestros que generosamente han trabajado año y medio sin remuneración alguna, pero el proyecto de preparatoria que queremos impulsar es muy exigente. No aceptamos que a los pobres se les dé una educación pobre, tiene que ser una educación del más alto nivel”. Les expliqué por qué estudiarían filosofía, historia, literatura, artes y ciencias.

Ignoro si todos los presentes quedaron plenamente convencidos, pero se aceptó la propuesta. Es muy estimulante constatar que, con una adecuada información, muchas personas pueden elevar su mirada y ver más allá de sus necesidades inmediatas o aparentes. ¡Aceptaron perder año y medio! La maestra Guadalupe Lucio quedó con la delicada y ardua responsabilidad de continuar con el proyecto. Poco tiempo después se constituyó el IEMS-DF y al inicio de la administración de López Obrador como jefe de Gobierno, también bajo la responsabilidad de la maestra Lucio y el firme apoyo de Raquel Sosa, se reprodujo el proyecto de la Preparatoria Iztapalapa I en otros 15 planteles en magníficos inmuebles construidos ex profeso.

Otra experiencia igualmente estimulante ocurrió en los primeros meses de la entonces Universidad de la Ciudad de México. Por causas ajenas a ellas, dos jovencitas estudiantes habían tenido problemas para presentar un examen y se inconformaban por tener que esperar un semestre más para presentarlo. Se celebró una reunión con varios estudiantes y profesores en la que se discutió la situación. En algún momento una de las quejosas dijo: Pero si no podemos presentar ahora el examen, ¿de qué sirvió todo el semestre? ¡Perdimos el tiempo! La respuesta la dio otra joven estudiante quien, palabras más o menos, dijo: “¿Cómo puedes decir ‘perdimos el tiempo’ y ‘de qué sirvió todo el semestre’?” Enumeró entonces las lecturas que hicieron durante el curso, las discusiones que hubo en el grupo y el valor que para ella tenían. Las quejosas no dijeron más.

A Abraham Maslow, sicólogo estadunidense prestigiado por sus estudios y teorías acerca de las necesidades humanas, le consternaba que la preocupación dominante en las universidades fueran los grados, las calificaciones, los créditos y diplomas, en vez de la sabiduría, el conocimiento, la capacidad de juicio y el buen gusto. También le parecía absurdo que solamente se valoraran los conocimientos si estaban consignados en un certificado final. Para ilustrar cómo las cosas pueden ser de otra manera, relató la siguiente historia acerca de su compatriota Upton Sinclair (novelista y dramaturgo, autor de cerca de 100 obras de tanta influencia que generaron la expedición de importantes leyes en su país): “Siendo joven, Sinclair vio que no tenía dinero para pagar sus estudios en la universidad. Sin embargo, al leer cuidadosamente el catálogo de la institución, se percató de que si un estudiante reprobaba un curso no obtenía los ‘créditos’ del mismo, pero estaba obligado a tomar otro curso en su lugar. La institución no cobraba el segundo curso, entendiendo que el estudiante ya había pagado por esos créditos. Aprovechando esta política, Sinclair obtuvo educación gratuita, reprobando deliberadamente”; le interesaba su educación, no los papeles, lo cual ya prefiguraba la clase de intelectual que llegaría a ser.

A la buena educación de nada le sirven los papeles (las calificaciones, los certificados y los títulos). Las instituciones escolares los usan para atraer clientela y para controlar la disciplina en su interior, pero su preminencia aniquila la motivación intrínseca para estudiar y consecuentemente la ansiada calidad de la educación. La pobre y poco confiable información que proporcionan las calificaciones y los certificados para permitir el ingreso a un curso escolar debe remplazarse con evaluaciones diagnósticas ad hoc al inicio de dichos cursos. Lo mismo debería establecerse en todos los niveles del ámbito laboral, en el cual se desperdician valiosas habilidades y conocimientos de personas que carecen de papeles (y se les discrimina injustamente) porque se han formado fuera de las aulas o porque no han podido obtenerlos (los rechazados, los ninis). La doctora Carol Sager, estadunidense especialista en control de calidad, publicó hace ya 15 años un sistemático estudio de los argumentos que esgrimen estudiantes, padres de familia, maestros y empleadores para oponerse a la eliminación de las calificaciones escolares; demostró que son ejemplo, paradigmático, de injustificada resistencia al cambio, de un cambio a favor de la buena calidad de la educación.