Opinión
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Isocronías

La identidad adivinada

H

ará cuatro años se presentó un libro del que no sé haya sido en su momento reseñado, Lo deshojado, lo intacto, de María Rangel, editado por Hotel Ambos Mundos y Grafotec, sobre el que en la cuarta de forros la estudiosa Inés Sáenz indica que precisamente porque la autora no nombra, sino alude, su arte ayuda a entender que el poema es puente que salva la distancia entre el mundo y nuestro entendimiento, entre los objetos y sus nombres. Desnuda, contenida [Rangel] logra con su economía expresiva un raro valor: la exactitud.

El buen lector que es Sergio Luna me comentaría luego que el volumen, de 136 páginas, podía ser menos extenso. De acuerdo, pero aun así, como bien lo da a entender Sáenz, es de reconocer que sus versos buscan siempre decir con lo menos lo más. Veamos Jarya, de muy antiguos orígenes: Mi corazón se va de mí// se va mi casa/ se va mi tierra/ con el viento// se va en el mar/ hacia otras tierras/ con el viento// con el viento/ mi corazón se va de mí.

O el siguiente texto, que a pesar de empezar de modo ingenioso no pierde lirismo: A veces sueño que tengo insomnio/ voy/ como si empujada por manos/ en un oscuro vacío/ arranco una flor de raíz/ y no sé dónde/ colocarla antes de que desaparezca// a veces despierta sueño/ sueño respiro/ como en un tiempo ingrávido/ cultivo la rosalera/ con aquel sol de verano/ y siembro/ la flor que saqué de la tierra// para tocar el miedo de cerrar los ojos.

Con un estilo gráfico sencillo (comienza con mayúscula, sigue con minúsculas, elude la puntuación), limpio, consistente, María Rangel nos habla con frescura del dolor, desde un timbre aquietado, vigilante, sin perder propiedad: Había rosales en mi jardín/ yo no deseaba ni una de sus flores/ sino la que perdí es la primera estrofa de un poema de cuatro (tres versos cada una) rimado de modo algo diluido, tierno, silvestre (en su mayor parte Lo deshojado, lo intacto es verso libre). Citemos lo demás: flor empapada de sol/ la rosa que me espera/ en cierto manantial de dolor// la memoria se deshace azul/ afán quebradizo de arena/ deslave transparente de agualuz// asciende a la voz que dice/ herida/ alcanza tus raíces.

Los títulos de sus cinco secciones (Borroso vaivén, El silencio del canto, Dónde buscar, Tic tac del tiempo y Alcanza tus raíces) dejan imaginar con relativa nitidez la dirección, la atmósfera del libro de esta no profusa autora que mesurada, medidamente, sabe decirse: Entre el oro y el agua/ amanecí sin nombre/ otra vez/ y adiviné quién era.