Opinión
Ver día anteriorDomingo 11 de septiembre de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Las virtudes cardinales y los misterios hacendarios
Rolando Cordera Campos
L

a turbulencia ocupa el lugar de la displicencia con la que el gobierno encaró la primera fase de la crisis en 2009, pero el cambio de términos no permite esperar que haya un cambio de forma y fondo en la política económica para lo que resta del año y el que viene. Por desconcertante que pueda parecer a cada vez más, de la academia y la crítica a la empresa acosada por la caída anunciada y la ya vivida, el mundillo oficial quiere mantener la pauta de paradojas cada vez más grotescas e incongruentes que nos ha traído adonde estamos, sea en la política normal, sea en la conducción de la economía.

En el caso de la primera, pocos antecedentes hay de enfrentamientos tan inopinados, cuanto inesperados, como los que ha promovido el Presidente con los partidos, el Congreso de la Unión y el Poder Judicial. En la segunda, muchos parecían haberse acostumbrado al reino de la verdad consagrada por un supuesto pensamiento único, pero lo cierto es que cada vez son menos los dispuestos a seguir con una liturgia fútil.

La rebaja en las expectativas de crecimiento para este y el próximo año, adoptada como posición gubernamental desde hace unas semanas, no ha llevado a los responsables a, por lo menos, asumir como un escenario probable un decaimiento mayor, resultado de un declive más pronunciado que el actual en la economía estadunidense. Más bien, sea en el plano de la política cambiaria, sea en el de la asignación presupuestal, frente a la pérdida de dinamismo o la creciente probabilidad de una nueva recesión se nos receta un recatado más de lo mismo, amparado en los supuestos éxitos logrados en 2009, que habrían permitido un adecuado tránsito del receso a la recuperación.

El que tal recuperación no haya alcanzado ni para volver a los niveles de actividad, producción y empleo de 2008 no inmuta a los ponentes de la política fiscal y monetaria. Para ellos, desde los laberintos de Hacienda y los sótanos del Banco dd México, todo cambio implica riesgos innecesarios o lleva a caer en una curiosa irresponsabilidad, para cuya calificación se usan criterios incógnitos o meras repeticiones rutinarias de libros de texto, cuya actualidad está en entredicho en todas partes, salvo en los recuerdos de los arrojados guardianes de una ortodoxia ridícula.

Vista en la perspectiva de un agravamiento de la coyuntura actual, la mentada irresponsabilidad más bien tendrá que quedar en la cancha del gobierno federal y de quienes, en el Congreso y en los gobiernos de los estados, decidan acompañarlo sin chistar o contentarse con las migajas de un presupuesto impresentable. La austeridad mal entendida, porque no se asumen con claridad sus costos sociales ni la injusticia de su reparto, puede incurrir en faltas mayores, personales y éticas, pero también políticas y de orden legal, y hasta constitucional.

La honestidad intelectual es otro recurso visitado una y otra vez por los susodichos ponentes. Responsabilidad quiere decir en esta auténtica neolengua aferrarse al dogma del déficit cero, y honestidad debe significar apego irrestricto a un canon cuya validez analítica y conceptual, en realidad, no fue nunca compartida por todos, incluso en la rígida academia estadunidense.

La cuestión es que el mundo da vueltas y sus crisis han traído consigo enseñanzas dolorosas hasta para quienes ven las virtudes mencionadas como cardinales, inmutables y lineales. Negarse a reconocer esas lecciones no sólo contribuye a hacer de la disciplina económica una disciplina avergonzada, como la llamara Lord Skidelsky; lleva también a poner entre comillas la responsabilidad pública y la honestidad intelectual de sus postulantes.

Allá cada quien con sus creencias y adherencias mentales. Lo que no puede seguir aceptándose como si fuera una chiquillada es que estos dogmas se mantengan como criterios de evaluación para diseñar y decidir en materia de las responsabilidades, éstas sí constitucionales, que el Estado está obligado a cumplir.

Aquí sí estamos en el terreno de la mayor responsabilidad política, más grave aún, si se puede, si se toma en cuenta lo que irremediablemente viene con la disputa por el poder más descarnada que hayamos vivido. Y no hay que olvidar el viejo apotegma de la economía y la política clásicas: tanto peca el que mata la vaca…