Cultura
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Primavera salvaje
Olga Harmony
E

s poco lo que se conoce en México del dramaturgo británico Arnold Wesker con algunas escenificaciones de sus obras, y son también muy pocos los textos en español de este autor que se pueden conseguir, salvo quizás la vieja edición argentina de su famosa trilogía (Sopa de pollo con cebada, Raíces y Volviendo a Jerusalem) o la traducción que hizo Roberto D’Amico de Seis obras para una sola actriz. En su vida personal el septuagenario autor sería un brillante representante del sueño americano, sólo que en Inglaterra, ya que de trabajador de diversos oficios ha llegado a tener un título nobiliario. Perteneciendo a la generación conocida como los jóvenes iracundos, su obra trata –aparte del contenido social de muchas de ellas– de la pareja, la soledad y la vejez.

Otto Minera nos ha dado a conocer a muchos importantes autores de habla inglesa mediante sus muy pulcras traducciones de obras que él mismo escenifica. En esta ocasión se trata de Primavera salvaje de Wesker que conserva algunos de sus temas como la soledad y la vejez, pero que fundamentalmente se ocupa de lo que es la actuación y en un segundo plano de las relaciones de madre con hijo o con hija. Gertrudis, una actriz eminente, es la que dará la pauta de todos estos motivos a lo largo de los 15 años, interrumpidos por una larga pausa que sitúa el primer acto en 1976 y el segundo acto en 1991, un año antes de que el dramaturgo la escribiera. Gert, como es llamada cariñosamente, busca el brillo y el aplauso como compensación a una madre castrante, pero resulta un poco chocante que hable de ese problema con todos los que se le acercan, sea el muchachito que cuida los coches o el gerente de la compañía teatral para la que trabaja, aunque ese recuerdo la persiga y la haga madre cariñosa del niñito mudo que adoptó y que no se llega a ver, como tampoco al marido que ya no está en el segundo acto. También sería discutible que a los 60 años una actriz con su entrenamiento olvide los parlamentos del papel que la hizo famosa y que ha interpretado casi continuamente, el bufón de Lear, al tiempo que la entrada en la vejez le produzca una especie de furor uterino, como dirían en el siglo XIX, en que ya no pide amor, pero reclama sexo con burda insistencia. A pesar de estos extrañamientos para una obra del importante dramaturgo, él mismo mucho mayor que su personaje, la obra es importante por todas las reflexiones acerca de la actuación que hace la protagonista.

La acción transcurre en diferentes espacios que el escenógrafo Jorge Kuri Neumann soluciona con cortinas que se corren y descorren y con un tablado escalonado, además de muebles que a veces bajan del telar, como el tocador de la actriz y a veces son colocados por tramoyas, lo que, junto a la pintura de un mar tan deliberadamente falso, posiblemente sea un intento de lograr un efecto de teatro dentro del teatro afín a las escenas que Gertru da al fondo y de espaldas al público real y frente a un supuesto público que la aclama. Minera logra ubicar los lugares que se van dando en los cambios de cortinajes y allí su trazo es muy nítido, pero habría que reprocharle los tonos y movimientos grandilocuentes que Emoé de la Parra, como Gertru, ofrece en las supuestas interpretaciones de los clásicos y que ya eran totalmente obsoletos en 1976. Por eso la actriz está mucho más convincente en las escenas en que el personaje se muestra tal como es, con toques de humor y de tristeza, cuando baila o entrena el Tai Chi con asesoría de Maru Uhthof. Junto a ella, el actor y bailarín brasileño Gutenberg Brito destaca en sus dos papeles, primero con mucha gracia como Sam, el muchachito cuidador de coches con el que Gertru entabla una relación casi maternal y como el negociante Dan, que presume de alma de artista y con el que la actriz tiene un intenso, aunque posiblemente fugaz, amorío, precisamente la primavera salvaje del título. La escenificación se complementa con el vestuario diseñado por Jimena Trigos, la musicalización de Jacobo Liebermann y las caracterizaciones de Amanda Schmelz.

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