Opinión
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El movimiento del 68 y la resistencia moderna
Jesús Martín del Campo
E

l movimiento estudiantil-popular de 1968 no es el principio ni el fin de la historia, pero sí un eslabón importantísimo en la lucha permanente por las libertades democráticas. Es también el momento de irrupción del estudiantado como portador del malestar y la insatisfacción con el mundo industrial de la posguerra y, señaladamente, de las esperanzas libertarias y antiautoritarias, expresadas de manera multitudinaria.

Año de luces intermitentes en el grisáceo contexto de la guerra fría. Año del fantasma de la rebelión estudiantil recorriendo las escuelas y las plazas públicas, del acoso cotidiano de los jóvenes por las fuerzas del orden. Y año también de la cárcel, el exilio y las masacres para responder a la protesta.

Hace 43 años, con la movilización masiva del estudiantado, comenzó a escribirse el epitafio del viejo régimen autoritario y criminal.

Durante dos meses y medio, el en sí y el para sí de los estudiantes se expresó en las marchas gigantescas, en las brigadas informativas, en las asambleas y en la elaboración de volantes y carteles por medio de los que se enteraba a la población sobre las demandas del movimiento.

Las manifestaciones fueron la principal forma en que se mostró y desplegó el poder estudiantil emergente. El entonces rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, encabezó una el primero de agosto; en ella participaron estudiantes de la UNAM y del IPN, y eso no había sucedido nunca antes. Después vinieron las del 13 y el 27 de agosto, esta última con más de 300 mil participantes. Y luego se organizó la manifestación silenciosa del 13 de septiembre, durante cuyo desarrollo sólo se oía el eco de las pisadas de los marchistas y el leve rumor de la respiración de todos conteniendo las consignas que serían gritadas hasta el Zócalo.

Los medios de comunicación no informaban y se dedicaban a vilipendiar el movimiento y a señalar al estudiantado como un peligro para la sociedad. Pero desde todas las escuelas se generaron brigadas que hicieron llegar las demandas a las barriadas, los mercados, las fábricas, las oficinas y los camiones del transporte público. Así se enteraron muchos de que el estudiantado exigía el cese a la represión, el castigo y relevo de los jefes policiacos, la libertad de los presos políticos, la indemnización a los familiares de los heridos o fallecidos y la derogación de los artículos 145 y 145 bis del Código Penal.

Para los gobernantes se trataba de disturbios que había que sofocar, y para justificar la represión continua y la utilización del Ejército hablaron de una conjura internacional. Para el gobierno de entonces, disentir de su política y expresarlo públicamente era un delito grave, y a quienes los cometieran había que someterlos o eliminarlos.

Ante la exigencia de diálogo público del movimiento para resolver el pliego petitorio, el gobierno respondió con engaño y con más represión.

La comisión de dos funcionarios nombrada por las autoridades con el supuesto fin de dialogar con el movimiento para resolver el conflicto sirvió como cortina de humo para preparar una solución violenta y de escarmiento.

Aquella tarde del 2 de octubre, las luces de bengala lanzadas desde un helicóptero fueron la señal de ataque. La tropa avanzó y cumplió su cometido. Como resultado, hubo centenares de muertos y heridos que quedaron tendidos en la plaza y más de 2 mil asistentes llevados a prisión.

Al estupor producido por la masacre sobrevino otra barbaridad: los procesos contra los dirigentes del movimiento estudiantil. El estado de derecho fue quebrantado, prácticamente desapareció.

Después de varias décadas, los responsables de aquel crimen de Estado siguen impunes. Con el esfuerzo de muchos, de toda una generación de luchadores por la transformación democrática de México, hemos mantenido viva la memoria de aquel movimiento. Esa memoria es ya parte de la conciencia crítica y democrática de muchos sectores de la sociedad mexicana contemporánea.

Carlos Monsiváis escribió en su último documento sobre el movimiento: Con el 68 da comienzo, y en forma multitudinaria, la defensa de los derechos humanos en México.Con los actuales movimientos de resistencia se reactiva esa memoria.

Mientras tanto, podemos afirmar que la crispación y el hartazgo que hay en la sociedad mexicana por tantas injusticias acumuladas y por tanta impunidad de quienes estuvieron antes y los que están ahora en el poder, se expresará en una resistencia cada vez mayor y mejor organizada.

Por la memoria, por la verdad, por la justicia: ¡2 de octubre, no se olvida!

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